EL ATLAS · LA MISMA CHISPA · EL MISMO FUEGO, CUATRO LENGUAS  

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La Misma Chispa · cotejo

La poesía amorosa

¿Cómo le cantas al ser amado cuando el deseo quema por dentro?

El amor y el deseo descomponen el orden de cualquier época: son una dulce catástrofe. Para no morir en el intento —y a veces para decir lo indecible sin que te cuelguen—, poetas que jamás se cruzaron inventaron, cada uno por su lado, maneras de convertir las ganas y la ausencia en palabra que aguanta.

Al-Ándalus · árabe y mozárabe · ss. XI–XIII

El grito desnudo de la amante

¿Qué haré, madre? Mi amado se va.

— Anónimo, jarcha mozárabe (versión) · texto medieval de dominio público

Las jarchas son lo más viejo que canta la lírica hispánica: cancioncitas populares que cerraban las cultísimas moaxajas árabes y hebreas. Casi siempre hablan en voz de mujer y resuelven el deseo con una queja directa, sin maquillaje, dirigida a la madre o a las amigas. Frente a toda la pompa cortesana que las rodea, ellas sueltan la verdad en dos líneas.

China · chino clásico (Tang) · s. IX

La bruma del secreto

Difícil es encontrarnos, y difícil despedirnos; el viento del este desfallece y se marchitan las cien flores.

— Li Shangyin, «Sin título» (無題) · dominio público

En la corte Tang, el amor apasionado solía ser cosa prohibida o frustrada por el deber familiar. Li Shangyin no nombra el deseo: lo envuelve. Trabaja con imágenes superpuestas —velas que lloran cera, gusanos de seda que hilan hasta morir— para esconder el erotismo detrás de un velo de melancolía. No te dice qué pasó; te deja respirando el humo.

España (Siglo de Oro) · español · s. XVII

El amor que le gana a la muerte

Su cuerpo dejará, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado.

— Francisco de Quevedo, «Amor constante más allá de la muerte» (cierre del soneto) · dominio público

El barroco recoge el amor petrarquista y lo aprieta hasta que truena. Quevedo usa el soneto para un pulso metafísico contra el tiempo y la muerte, y lo gana en el último terceto con pura paradoja: cuando el cuerpo ya sea polvo, ese polvo seguirá enamorado. No es un suspiro, es una afirmación terca.

Persia · persa clásico · s. XIV

El amado como espejo de lo divino

Si aquel turco de Shiraz tomara en su mano mi corazón, por su lunar daría yo Samarcanda y Bujará.

— Hafez de Shiraz, «Ghazal 3» (paráfrasis del original persa) · dominio público

El ghazal persa borra la raya entre el amor profano y la devoción mística, y lo hace a propósito. Para Hafez, las ganas del cuerpo amado y el deseo de fundirse con Dios se dicen con las mismas palabras: vino, tabernas, cabellos enredados. Ofrece dos ciudades legendarias por un lunar, y nunca sabes del todo si le canta a un muchacho de Shiraz o al Absoluto. Esa es la gracia.

Lo que se aprende del cotejo

La geografía del deseo marca rutas muy distintas. La jarcha descarga la emoción directa, sin andamios, en voz de una mujer angustiada; Li Shangyin hace lo contrario y cifra el amor para proteger el secreto. Quevedo se agarra a golpes con la descomposición y el olvido, mientras Hafez convierte el cuerpo en una puerta: donde el español ve ceniza, el persa ve el portal hacia lo divino.

Y aun así, la chispa común es la misma en los cuatro: el amor como una herida que desordena al que escribe. Sea el llanto descalzo de la península, el humo callado de Chang'an, el polvo enamorado de Madrid o el éxtasis de Shiraz, el deseo aparece como una fuerza que se traga al poeta —y a la que solo se le pone freno con el rigor de la métrica y la belleza del ritmo.

El mismo incendio, en cuatro lenguas que no se conocían. Vuelve a La Misma Chispa →