EL ATLAS · LA MISMA CHISPA · MISMO RELOJ, CUATRO MIRADAS  

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La Misma Chispa · cotejo

El paso del tiempo

¿Cómo le lloras a los años que se escapan como agua entre las manos?

La certeza de que envejecemos y morimos es el gran sobresalto de la especie. Cuatro poetas que jamás se cruzaron —separados por océanos y siglos— inventaron, cada uno por su lado, una manera de mirar el reloj de frente. Ninguno se copió; todos buscaban lo mismo.

Náhuatl · México · s. XV

Sólo un poco aquí

¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra? No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí. Aunque sea jade se quiebra, aunque sea oro se rompe, aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.

— Nezahualcóyotl, rey-poeta de Texcoco · poema «Yo lo pregunto» (Cantares mexicanos)

No consuela ni promete cielo: constata. Hasta lo más precioso —el jade, el oro, la pluma de quetzal— se quiebra. Si nada dura, la vida es un préstamo brevísimo, y la única salida digna es cantar mientras toca. La belleza está, justamente, en lo efímero.

España · s. XVII

Los muros de la patria

Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados, de la larga edad y de vejez cansados, dando obediencia al tiempo en muerte fría.

— Francisco de Quevedo, «Miré los muros de la patria mía» (Salmo XVII, Heráclito cristiano)

El barroco rastrea el tiempo como un detective: en las murallas caídas, en los campos secos, en su propia casa vacía y al final en su cuerpo cansado. Cada objeto cotidiano se vuelve un aviso de la fosa. No hay desapego: hay angustia lúcida.

Japón · s. XIII

La corriente que no vuelve

La corriente del río fluye sin cesar, y, sin embargo, el agua nunca es la misma. La espuma que flota en los remansos ya se deshace, ya se forma: nunca permanece mucho tiempo.

— Kamo no Chōmei, apertura del Hōjōki («Crónica de la cabaña»)

Tras ver arder Kioto entre incendios y guerras, Chōmei se retira a una choza diminuta. Mira el río: corre igual, pero el agua siempre es otra. Disuelve su angustia en esa idea budista —todo cambia, nada se posee— y se queda en paz mirando pasar la espuma.

Persia · ss. XI–XII

La copa que fue un hombre

Esta vasija fue un día un amante que ardía; moldeó su arcilla la mano de un alfarero. Bebe en ella sin miedo, que mañana serás tú el barro de otra copa.

— Omar Khayyam, de las Rubaiyat (versión libre del original persa)

Matemático y astrónomo, Khayyam no se resigna ni se encierra: brinda. Si todos vamos a volver al polvo y de ese polvo harán las copas de los que vengan, más vale beber, amar y reír hoy. Su respuesta al tiempo es un carpe diem sin culpa.

Lo que se aprende del cotejo

Cuatro relojes, cuatro éticas distintas: Nezahualcóyotl acepta el fin con dignidad melancólica; Quevedo se angustia y lo persigue en cada rincón; Chōmei se desapega y respira; Khayyam se sirve otra copa. Donde el náhuatl ve quebrarse el jade, el persa ve girar el torno del alfarero.

Y, sin embargo, todos coinciden en lo de fondo: ninguno niega la muerte ni se esconde de ella, y todos descubren que la conciencia de la finitud no paraliza —enciende—. El canto es el único dique que han encontrado contra el olvido. Esa es la chispa: ante el mismo reloj, toda la humanidad decidió que valía la pena habitar el presente con intensidad.

Cuatro lenguas que no se conocían, mirando caer la misma arena. Vuelve a La Misma Chispa →