El rey de los animales
Quiso tener en un tiempo,
Para que le divirtiese
Del descanso en los momentos,
Al pajarillo que fuera
En la música más diestro.
Prometió grandes honores,
Y además crecido sueldo
Al que ser cantor de cámara
Lograra por su talento.
Entre varias avecillas
Que tal plaza pretendieron,
Se presentó un ruiseñor,
Cuyo canto dulce y bello
Era de aquella comarca
El hechizo y embeleso,
Aunque inútil para el caso.
Quiso competir un cuervo
Con el ruiseñor canoro,
De los pájaros maestro,
Y en presencia del monarca
Abrióse el certamen luego.
Infinitas armonías,
Blandos trinos y gorjeos
Desprendió de su garganta
El ruiseñor hechicero.
Cuando concluyó su canto
Tocóle su turno al cuervo,
Que sólo lanzó graznidos
Desapacibles y fieros.
El mérito de los dos
Califican en secreto
Los animales peritos
Nombrados para el efecto.
Esperan los circunstantes
Que el respetable consejo
Optara como es debido
Por el ruiseñor parlero.
Se hace por fin conocer
Lo que el jurado ha resuelto,
Y con asombro se sabe
Que admiten....—¿á quién?—¡al cuervo!
¿Cómo preferirse pudo
Á ese pajarraco negro?
Por la protección de un tigre,
Que era en los tiempos aquellos
De su majestad leonesa
Favorito y consejero.
En muchos casos análogos
Del saber no se hace aprecio,
Y habiendo favoritismo
Y compadrazgos por medio.
No alcanzan los ruiseñores
Lo que consiguen los cuervos.