“Dichosa tú, mi avecilla,
Que puedes volar ligera,
Y atravesando los campos,
Y surcando las florestas,
Llegar donde el alma mía
Há tanto tiempo se alberga.
¡Ay! mi linda confidente,
Vuela presurosa, vuela,
Y lleva al bien de mi vida
Mis caricias y mis quejas.
Díle que vivo muriendo,
Sumida en horrible pena;
Que sin la luz de sus ojos,
Que es el sér de mi existencia,
Soy como planta marchita
Que al menor soplo se quiebra.
Cuéntale mis ilusiones,
Mis esperanzas risueñas,
¡Ay! díle cuánto le adoro
Y cuánto lloro su ausencia......
Y si amoroso te escucha,
Y en secreta confidencia
Te dice que de mi amor
En su alma la fe conserva,
¡Oh......! recoge sus suspiros,
Y no te tardes, regresa,
Que el corazón sin consuelo
Aquí anhelante te espera.”
Así una niña graciosa,
De catorce primaveras,
Dulcemente conversaba
Con una tórtola bella,
Destilando de sus ojos
Hilos de nítidas perlas,
Y exhalando conmovida
Suspiros de honda tristeza.
En tanto el doncel amante,
Sin recordar sus promesas,
Corriendo tras los placeres,
Tras el bullicio y las fiestas,
Iba gastando del alma
Las flores de rica esencia,
Y ni un recuerdo tenía
Para la niña hechicera,
Que tanto le idolatraba,
Y á quien mataba la pena.
Pasó un año y otro año,
Y cuando yo volví á verla,
Ya no era la hermosa niña
De faz alegre y risueña,
Sino la planta marchita,
Cuyo tallo se doblega
Al menor soplo del aura
Que la acaricia ligera......
¡Cuántas niñas inocentes,
Guardando la fe sincera
Del primer amor del alma,
Que nace cual pura esencia,
Ven morir sus ilusiones
Y sus esperanzas bellas,
Pagando al sér que las mata
Su ingratitud con ternezas!