Acto primero
(Personas: CAROLINA; DOÑA LIBORIA; PETRA; ORTIZ; MARCHENA.)
(La escena es en Madrid. El teatro representa una sala baja. En el foro habrá una roja con vista al jardin. Una puerta á la derecha del actor, otra d la izquierda: la primera es la (¡nc da entrada á los que vienen de la calle, y ambas sirven de comunicación á otras piezas interiores. Entre otros muebles decentes habrá una mesa con recado de escribir.)
ESCENA PRIMERA
(or.Tiz. (Aparece escribiendo.))
(Ya está el último terceto. Catorce versos cabales. — Sudo. — ¡Tres dias mortales para hacer un mal soneto! ¡Soy fatal! Cuando los fragua por vano antojo mi mente y el corazón no los siente, hago yo versos como agua; ¡y hoy, amor, nada me inspiras cuando declararme quiero! ¿Qué mucho? Eres verdadero y los versos son mentiras. ¡Rima impertinente! ¡Ripio! [Borrando. Que sea yo tan inepto!) (Medita un instante y luego escribe.) (Ya está variado el concepto. Leamos desde el principio. [Lee.) «Taño fuera escusar vuestros enojos sellando respetuoso el labio mió. que revelan mi ardiente desvario. lenguas de amor, los afanados ojos. Solo espero desdenes y sonrojos en premio de entregaros mi alhedrío: que, en voz de flores, el destino impio ciñe á mi porvenir duros abrojos. AI menos, si el amor de que me acuso es crimen para vos, bella señora, la merecida pena no recuso. Sola una gracia mi humildad iin|)Iora:
Í:í\j
conceded una lágrima á mi muerte
y al espirar bendeciré mi suerte.»
jQue frialdad! Versos flojos,
forzada y trivial la rima.
¡Puerilidad! Me dan grima
las flores y los abrojos.
Y esa lágrima que pido...
¡Sandez!... Se reirá de mí. —
¿Qué corrección cabe aqui?
(Busca y tira el papel.)
Esta. — ¡Trabajo perdido! — (Se levanta.)
Mas con suerte tan escasa
¿quién me manda á mi querer
á esa divina muger?
No, no. Huyamos de esta casa.
Lejos de su imagen bella... (Se detiene.)
¡Cobardía! ¡Disparate!
Prefiero que ella me mate
á morir ausente de ella.
Cuento por seguro el no,
que el incomparable hechizo
de su cara no se hizo
para un pobre como yo. —
Mas guardar dentro del pecho
el amor en que me abraso
cuando compasiva acaso...
Yo me declaro: esto es hecho. (Se sienta.)
Tomemos otra cuartilla.
(Meditando.) Ya que el soneto no prueba,
adoptemos forma nueva.
Mejor será una letrilla. —
Asi... en lenguaje sencillo
que mi humildad manifieste
y en versitos cortos... Este
ha de ser el estribillo.
(Escribe, luego medita, vuelve á escribir, después borra lo escrito, y todo ocupado en su composición, no repara en quién entra ó sale, ni en nada de lo que pasa á su inmediación.) ORTIZ. PETRA.
(Allí está, y según la traza
acabando está las coplas
que empezadas dejó ayer,
y yo examiné curiosa.
No le quiero decir nada
ni interrumpirle en su obra,
que es tan corto el buen Ortiz...
Y por cierto que no es propia
de este siglo su modestia.
Con tan gallarda persona
bien pudiera declararse
escusando ceremonias;
bien pudiera conocer
que no soy yo una leona.
¡Oh! A no ser por mi decoro...)
(Ya está la primera estrofa.)
El es del estado llano
y no tiene ejecutoria
como yo; pero el amor,
que sabe igualar las chozas
con los palacios...
ESCENA III
(ORTIZ, PETRA, MARCHENA.)
¡Muchacha!
¿Cómo muchacha!...
Perdona.
Este apelativo no es
de menosprecio en mi boca.
Aludo á tu juventud.
No soy ninguna pindonga.
¿Quien dice tal?
Me he criado
en buenos pañales.
¡Oiga!
Y aunque la ingrata fortuna
me tiene humillada ahora,
soy quien soy.
Estoy en eso.
(¡Sudando estoy cada gota!...)
Si hoy sirvo de camarera,
mi ahuela doña Leoncia
tuvo tres por falta de una;
))ero rodando la bola
vino nuestra casa á menos...
(¡Qué iniperlinente!) Son cosas
del nmndo, amable Petrila.
Una comedia famosa
lei yo que se intitula:
«La mas ilustre fregona. »
Aun esa comparación
es inexacta, injuriosa;
que yo no friego.
Lo sé. —
¿Han salido las señoras?
Como mi madre nmrió,
y quedé huérfana y sola,
y no me daban trabajo
en el corte de la tropa,
y aunque una cosa tres guantes
al dia, no hay para sopas...
líasta. Entiendo. — Carolina...
Y como una al íin es moza...
Y buena moza.
Mil gracias
por el favor.
No es lisonja;
y si yo fuese guantero,
por ti baria bancarrota,
Señor de Marchena, usted
n)e tutea, y es muy poca
consideración...
No tal.
(Por Dios, que ya me encocora.)
Si es cariño...
Por supuesto.
Pues siendo asi. á mucha honra.
En iin, ¿no podré saber
si el bien (jiie el alma inc roba
está visible?
Ha salido,
y también doña Liboria.
¿Leyó mi billete?
Sí.
¿Con placer?
Como una loca
se reía.
Buen agüero.
Otra carlita amatoria
te liabrá dado para mi.
Papel de color de rosa...
No. Me lia diclio verbalmente
que autoriza á usted en l'orma
para que escriba cu su álbum
lo que guste.
Pues me adora.
No hay mas que hablar. ¡Si lo dije!
Cuando licencia me otorga
para declararme...
El álbum
está aqiii.
"Toma el que liabrá sobre un velador, y lo entrega d
Como yo ponga
los ojos en mía niña
y diga: aqui ha de ser Troya,
no hay remisión.
¿Es usted
andaluz?
Hijo de Ronda.
Pero aun no te he dado albricias
por nueva tan venturosa,
y es fuerza...
(jTanto borrar!...
Esto ya es un mapa. )
Toma.
¿Qué se entiende... ¡A mi dinero!...
Mira bien. ¡Es media onza!
No pienses que son dos cuartos.
i'etr.x. ¿Quién le pide á usted limosna?
No es mi intento...
¿Asi se ultraja
á una muger de mi estofa?
Yo no creí...
¿Sabe usted
que soy de sangre infanzona?
¡Dios mio! ¿Tanta ignominia
reserváis á Petra Alfonsa
Sainz de Barrientos?
¡Barrientos!
Parece que pide escoba
el apellido.
¡Otra injuria!
¡Otro insulto! ¡Hace usted mofa...
¡Ni pensarlo. Tu abolengo
es celebrado en las crónicas;
pero tiene anomalías
singulares nuestro idioma.
Ahora bien, Petra del alma,
ya que has dado en ser filósofa
y haces ascos al dinero.
acepta, como memoria
de amistad, esta sortija.
(Tomándola.) i Vaya! Eso no me sonroja,
Una prenda de amistad...
O de amor, si te acomoda.
(Dengosa.) \Sayá\...
(Para un episodio
puede pasar, aunque tonta.)
Siento, señor de Marchena,
no dar á usted otra joya
en cambio de la sortija,
mas la funesta derrota
de mi rico patrimonio...
¡Eh!...
Mi padre, que esté en gloria,
tuvo un pleito muy ruidoso,
y el tribunal de la Rota...
¡Oh!...
Pero antes de ese pleito,
que lo perdimos con costas,
mi tio don Baltasar
Maldonado y Escalona...
Por Dios, Petrita, por Dios;
ya me contarás tu historia
mas despacio. Ahora... ya ves,
la mia es la que me importa.
Voy á trasladar al album
la pasión que me devora.
¡Ah! la niña quiere versos.
¿Qué dices?
A toda costa.
Ya olvidaba su mandato.
¡Pues digole á usted que es droga!
Para mí están en vascuence
las reglas de la prosodia.
Ni sé lo que es consonante,
ni nunca las vi tan gordas. —
Mas ¿quién se apura por eso?
Cojo las primeras coplas
que vengan á cuento y ¡zas!
en dos minutos se copian;
ó vóime al café del Principe,
y mientras bebo una copa
de Jerez, cualquiera prójimo
me improvisa una salmodia.
Quieto, que sin ir tan lejos
tendrá usted quien le componga
cuantos versos necesite.
¿Sí? ¿Quién?
Aquel joven.
¡Hola!
¿Y qué hace aquí ese... amanuense?
Es como de casa. Cobra,
administra... Hace ocho días
le encargó doña Liboria
todo ese tegemanege
que no entendemos nosotras.
Come y duerme todavía
en casa de su patrona...
Bien...
Pero aquí le tenemos...
Bien, sí...
Casi á todas horas.
Es mozo de mucho mérito.
No dudo...
Pero con poca
suerte.
Ya.
También dibuja.
Lo de dibujante sobra.
Hágame versos...
¡Qué lindos
los escribe!
¿Si?
I\Ie cüiisla.
Como que ayer principió
unos para mí...
¡Bribona!...
y apostaría á que eslá
concluyéndolos ahora.
(Haciendo pedazos el papel.)
(Esto es insulso, prosaico,
detestable.)
(A Petra.) ¡Con qué cólera
los rompe! Si eres su musa,
no es mucho lo que le soplas.
(Cavilando.) (Me consumiré en silencio.
ó recurriré á la prosa.)
No espero mas. Yo le embisto..
(A Ortiz acercándose.) Perdone usted si me tomo
la libertad... (¿Quién ha visto
un poeta mayordomo?)
(Levantándose.) Caballero... (Es mi rival
el andaluz.) Servidor...
Si usted no lo toma á mal,
voy á pedirle un favor.
En lo que de mi dependa...
Otro tanto ofrezco yo. —
Quiero servir á una prenda
que mi garbo conquistó.
¿Y en eso yo...
Carolina
se ha decidido por mi.
(¡Cielos!)
¿Verdad que es divina?
... Si.
¿Tengo buen gusto?
...Si.
En prueba de que transige
me envia este album...
(¡El suyo!)
Y en él consiente... y exige
que me declare su cuyo.
Ya me declaré ayer tarde,
y anteanoche en el Liceo,
pero quiere hacer alarde
sin duda de su trofeo.
¡Oh! Debe estar muy ufana...
(¡El fatuo!...)
No es vanagloria;
pero mas de una cristiana
ha de envidiar su victoria.
Bien; ¿y á qué asunto...
Es el caso
que esa muchacha, ó demonio,
pide flores del Parnaso
en señal de matrimonio;
mas yo, que soy buen ginete,
y elegante como Adonis,
y tiro bien al florete,
y bailo por diez Taglionis,
y si me visto de majo
y ando de broma y de chunga,
no hay moza de barrio bajo
que no admire mi sandunga;
yo, bravo toreador.
que á Montes me dejo en zaga
y soy la nata y la flor
del circo de Fagoaga;
yo tan hábil, tan esperto
como el que mas en la villa, —
¡admirese usted! — no acierto
á hacer una redondilla.
¡Valiente cosa...
Ahora bien,
señor de... (A Petra.) ¿Su gracia?
Ortiz.
Yo sé que en un santiamen
puede usté hacerme feliz.
¿De que suerte?
Componiendo
los versos que necesito.
Dispense usted. Yo no entiendo...
No se haga usted el chiquito.
Aunque negarlo procura,
yo sé bien que usted coplea.
Esta niña lo asegura.
¿Quiere usted dejarla fea?
(Con monada.) Y si algo mi influjo vale,...
(Con malicia.) ¿Oye usted? ¡Me recomienda!
¡Con bravo influjo me sale! )
Ruego á usted que condescienda.
¡Oh! es difícil resistir
á tal recomendación,
pero...
(No hay mas que decir.
Ya es mió su corazón.)
Ea, ya no admito escusa.
Eso se hace en breve rato;
y si sopla bien la musa,
cuente usted... No seré ingrato.
(Ofendido.) ¡Señor mio...
No. yo no hablo
con ánimo de injuriar.
(¿También ese pobre diablo
quiere aqui filosofar?)
Pero á fuer de amigo firme
agradeceré el versiculo.
(Irritarme es descubrirme
y hacer un papel ridículo.)
(A Petra aparte.)
¿Cuál se hace de pencas! ¿Eh?
Dale otra embestida, perla.
(Me echarán y perderé
hasta el consuelo de verla.)
Hará usted los versos; ¿si?
Eso es ponerme en un potro.
No sé hacerlos para mí,
¿y he de hacerlos para otro?
(A Marchena.) ¿Oye usted? ¡Alma novicia!
(A Ortiz.) Con temor nada se alcanza.
Hágase usted mas justicia...
y no pierda la esperanza.
(¿Qué querrá darme á entender?)
(A Marchena.) Si dio palabra de esposa,
atras no se ha de volver
porque usted la escriba en prosa.
Lo que es palabra formal,
todavía no la dio
(Respiro.) Pero es igual.
Su marido seré yo.
Ella es algo coquelilla;
muchos adoran su encanto,
y no será maravilla
que vacile un tanto cuanto;
mas ya que me dan auxilio
la tia y esta doncella,
si entra usted en el concilio
no hay remedio para ella.
No porque yo necesite
esas fuerzas auxiliares.
que entiendo el juego de envite
y no me arredran azares;
y un adagio que no miente
mi esperanza corrobora.
¿Cuál?
Toda muger viviente
tiene su cuarlito de hora.
(¡Hola!...)
¿Y bien?
...Sí.
Hasta después.
Pondérela usted mi amor. —
Vivo en el número tres.
Allí espero el borrador.
(Vase. llevándose el álbum. ORTIZ. PETRA.)
Se ha quedado usted confuso,
y ya comprendo el motivo.
¡Animo! Ya no está en uso
el amor contemplativo.
No prive á usted del reposo
la dicha que otro hombre gana;
que si él es hoy venturoso
usted lo será mañana.
Hable usted; pruebe fortuna;
con gemir no se hace nada,
y no hay belleza ninguna
que sienta ser adorada.
¿Cómo se pondrán acordes
callando galán y dama?
En la casa de los bordes
el que no llora no mama.
Hablar para merecer
á ningún hombre desdora,
y ello... al fin... toda muger
tiene su cuartito de hora.
ESCENA V
(ORTIZ.)
Vaya, no es malo que Petra
tome ese interés por mí.
¡Qué sagaz! ¡Cómo penetra
lo que está pasando aqui!
(Pone la mano en el pecho.)
¡Rara fineza en criada!
pues sin esperar propina...
Mas ¿si obrará la taimada
de acuerdo con Carolina?
¿Quién sabe si iré ganando
en su pecho algún influjo?
¡Está tan amable cuando
la doy lección de dibujo...
¡Ilusión! ¡Sueno! ¡Quimera!
No teniendo yo una cruz,
¿es dable que me prefiera
al opulento andaluz?
¿No le ha dado orden espresa
de que en el album se esplique?
Pero,
él mismo lo confiesa, —
quizá en desierto predique.
¿Qué se escribe sino amores
en el album de una hermosa?
y á cuarenta trovadores
no ha de dar mano de esposa.
Quizá permita mi estrella
que no cuaje ese pastel,
ó por inconstancia en ella
ó por fatuidad en él.
Si con segunda intención
le hago firmar, por ejemplo,
en cada verso ramplon
una sandez como un templo...
¡Brava idea, singular!
Para eso ya tendré vena.
¡Cómo me voy á vengar
del caballero Marchena!
¿Y si él advierte... No. no;
su orgullo le quita el seso;
pero las mugeres — ¡oh!
son muy linces para eso.
Leer mi adorada prenda
tanto concepto importuno,
y enviará ese fachenda
noramala, todo es uno. —
Le dará cara de palo;
si, mas mi suerte fatal...
¡Eh! por de pronto no es malo
quitar de enmedio á un rival.
Luego... ¿Quién sabe... Un capricho.
Quien la ocasión avizora...
Toda Muger,
él lo ha dicho,—
tiene su cuarlito de hora.
Acto segundo
ESCENA PRIMERA
(CAROLINA Y DOÑA LIBORIA. (Aparecen sentadas en un sofá.)
Ya tu veleidad me cansa.
¿Por qué entre tantos amantes
no te decides por uno?
Tienes veinte navidades,
eres rica y no eres fea:
ya es hora de que te cases.
¿Y usted me lo dice. tia!
¡Usted que es mi única madre
desde que el funesto cólera
me condenó á lamentable
horfandad! ¿Tanto deseo
tiene usted de separarse...
No tal. Viviremos juntas.
Si tu esposo no es un cafre,
lo consentirá, que al fin
no soy yo tan intratable;
y pagaría mi escote,
que tengo renta bastante
para no necesitar
vivir á espensas de nadie.
Pero á mi me sobran años
y no me faltan achaques.
Si mañana cierro el ojo...
¡Vaya!... Tan fresca, tan ágil.
Muchas jóvenes pudieran
envidiar ese semblante.
y á pesar de los diez lustros...
Hasta San Miguel arcángel
no los cumplo.
Auto en favor.
No faltarian galanes
que se llamaran dichosos...
[©.» LiB. ¡Ba! No digas disparates. A los quince años de viuda ¿habia de ser tan frágil... No. Pensemos en tu boda. Para la mia... ya es tarde.
Para la mia es temprano.
¿Teme usted que se me pase
el tiempo?
Mucho confias
en tu hermosura. ¿Y no es fácil
que una fluxión la marchite
ó que un divieso la ultraje?
No busques novio perfecto,
que los hombres no son ángeles,
y pues Marchena te adora
y merece en mi dictamen
ser preferido...
¿Marchena?
Buen mozo, de ilustre sangre,
rendido como un Gaiféros,
y de tan bello carácter...
¿Conque usted le elegiria...
Yo estoy fuera de combate;
mas siendo tú, le eligiera
sin vacilar un instante.
Confieso que se distingue
del impertinente enjambre
que me zumba en derredor,
y que entre tantos rivales
es el que miro con menos
antipatía. ¿Quién sabe...
Puede que le llegue á amar
algún dia y que me case
con él; — mas ¡sufra y espere!
Aun no ha penado bastante.
¡Qué orgullito! Quiera Dios
que algún dia no lo pagues.
¿No dicen que valgo tanto?
Pues bien; lo que mucho vale
mucho cuesta.
¡El arrapiezo!...
¡La monuela!....
Ellos nos hacen
allivíis. Pero el orgullo
no es solo el que me retrae,
sino el temor. Son los hombres
muy taimados, muy falaces.
Cuando novios muy humildes,
y luego... ¡Virgen del Carmen!
¿Qué entiende de eso la trasto?
Mi difunto don Melquiades,
que Dios perdone, fue siempre
un santo varón, un mártir.
Algunos hay buenos; si,
pero otros son tan infames...
Al oir «marido» tiemblo
como si viniera el Draque.
ESCENA II
(CAROLINA, DOÑA LIBORIA, MARCHENA.)
(A la puerta.) Señoras, si dan ustedes
permiso...,
Él es. — Adelante.
Siéntese usted.
(Presentando el álbum.) Me apresuro
á ofrecer este homenage...
(Tomando el álbum.)
¡Es tu álbum! Este Marchena
es tan fino, tan galante...
(Sentándose en una silla.)
Gracias. Carolina hermosa
desea que la declare
en el álbum mi pasión...
Permita usted que le ataje.
El deseo era de usted:
solo ha habido de mi parte
condescendencia...
En efecto;
y la orden terminante
de hacer mi declaración
en renglones desiguales.
esto es, en verso.
Es verdad.
La prosa es inaguantable
en un álbum.
Ea, á un lado
cuestiones preliminares
y veamos esos versos.
¡También poeta! Es el diantre,
(Registra el álbum.)
¿No lo he de ser, inspirado
por los ojos celestiales
de Carolina?
¿Son estos?
Si: justamente.
Escuchadme.
(Lee.) « A la hermosa Carolina,
á la bella de las bellas,
cuyos ojos son centellas,
cuya boca es purpurina,
cuyo talle es jaletina,
y cuya frente serena
abochorna á la azucena,
fino, fiel, firme y fogoso
ofrece mano de esposo
Pedro Nolasco Marchena.»
(Hablando.) ¡Bravo! ¿Qué te han parecido?
Son bonitos.
Admirables.
(Con fatuidad.) Favor que usted me dispensa.
Es un in prontu. Eso se hace
jugando.
Es preciosa hipérbole
llamar jaletina al talle. —
«Fino, fiel, firme y fogoso.» —
Estas cuatro efes valen
un tesoro; y ¡con qué gracia,
para servir de remate,
con el nombre del poeta
coincide el consonante!
¡Si digo que es un juguete!
Usted quiere sofocarme.
Tu contestación será,
por supuesto, favorable,
que tantas pruebas de amor
no merecen un desaire; (Se levanta.)
pero te dará vergüenza
si está tu tía delante...
No tal. ¡Si yo...
Y pues no creo
que Marchena se propase...
¡Yo, señora!
Pero. tia...
(Dejando el álbum sobre un velador.)
Mejor es que yo me marche.
A Dios. (Marchena se sienta en el sofá.)
Pero escuche usted...
Me voy, me voy. No te canses.
ESCEINA lil.
Pues se fue doña Liboria
y nadie nos oye aquí.
suene el suspirado sí
que ha de colmarme de gloria.
Ya esos ojos me lo anuncian,
mal que le pese al recato,
pero me será mas grato
si los labios lo pronuncian.
¿De veras? Sea usted franco.
¡Mis ojos lo dicen! ¿Eh?
¡Y en qué lo conoce usté?
¿En lo negro ó en lo blanco?!
En la dulce simpatía...
¡La simpatía está buena!
Mis ojos. señor Marchena,
no han dicho esta boca es mía.
¿Volvemos á las andadas?
¿También denguecitos hoy,
alma mia, cuando estoy
dando ya las boqueadas?
Bueno es que honrada muger
fácilmente no se venza;
santa y buena es la vergüenza...
pero ¡si al fin ha de ser!
¿Y si no quisiera yo
decir que no ni que sí?
(Con petulancia.)
¡Ba! ¡Si ya es tarde! Si á mí...
(Levantándose enojada. Marchena se levanta
también.) Pues no, y veinte veces no.
Se ha picado usted; lo veo;
¿mas no ve usted que ese no
es inverosímil?
¡Oh!...
¡Ba! ¡Sobre que no lo creo!
¡Oh! Eso raya en insolencia.
(¿Hay necio mas contumaz?)
Vayase y déjeme en paz.
y no vuelva á mi presencia.
¡Carolina!... (Pues barrunto
que va de veras.) Yo siento...
Lo he dicho y no me arrepiento.
No se hable mas del asunto.
Como usted me permitió
pedir su mano querida...
¿Y porque usted me la pida
tengo de dársela yo?
No esperaba ese desprecio...
No esperaba yo tampoco
habérmelas con un loco,
por no decir...
¿Con un necio?
Digalo usted sin rebozo,
que en verdad harto lo he sido.
Con que ¿trabajo perdido?
Con que ¿mi gozo en un pozo?
¿Cómo se dice que no?
Pues bien, aténgase usté
á las consecuencias.
¿Qué?
¡No sabe usted quién soy yo!
¡Cómo! ¡Señor de Marchena!...
Roto el pacto entre los dos,
usted dará cuenta á Dios
de un alma que se condena.
Pues mis dulces regocijos
convierte usted en pesares,
quemaré mis olivares
y arrasaré mis cortijos;
daré la muerte al rival
que usted prefiera, y después,
como dos y uno son tres,
me ahorco ó me tiro al Canal.
(Carolina suelta una carcajada.) ¿Se rie usted! Esa cruz
me faltaba. En vez del justo
terror...
¿Qué! Yo no me asusto.
¿I*or qué?...
Es usted andaluz.
Pero esa risa es señal
de bondadosa indulgencia,
que tanta malevolencia
sentaría á usted muy mal.
¡Eh! ¡Vea usted lo que son
las hembras! Rie hechicero
su labio, y manso cordero
es ya el terrible león.
¿Otra vez...
Vaya, amor mio,
hagamos la paz. ¿Pasó
el enojo?
¿Enojo yo?
¿Pues no ve usted que me rio?
¿Me dará usted mas pesares,
cara de sol?
Nada de eso,
no sea que en un acceso
queme usted sus olivares.
Confieso (pie delinquí;
pero de hoy en adelante
seré tan sumiso amante
que... ¿Usted lo permite?
Si.
Gracias. ¿Y ahora no tendré
alguna esperanza justa...
Tenga usted veinte, si gusta,...
como yo no se las dé.
ESCENA IV
(MARCHENA.)
Se va y me deja corrido
como un mono. ¡Qué altivez! —
Y ella está muerta por mi:
eso hasta un ciego lo ve;
pero antes de confesarlo
querrá torearme un mes. —
No tengo yo tanta flema,
ni ya me estarla bien
suspirar como un cadete
arrodillado á sus pies.
Eso no, que soy Marchena,
¡y voto á Cristas de pez
que para jugar conmigo
es ella poca muger!
Mudemos de plan: hagamos
lo que hace el conde de Urgél
en la célebre comedia
de El desden con el desden.
Si. la he de abrasar á celos
y no he de darla cuartel
hasta que humilde y contrita
me diga: ¡señor, pequé!
ESCENA V
(MARCHENA, NA, PETRA.)
¿Estamos de enhorabuena?
¿Qué tal los versitos; eh?
Habrán hecho efecto.
Mucho.
La niña se hizo una miel
al oirlos, y no dudes
que se rinde de esta vez;
pero, si quieres que te hable
con franqueza.... yo no sé
qué le diga... Hoy me parece
menos bonita que ayer.
j Qué oigo!
Empiezo ya á mirarla
como cosa propia y... ¡Pche!...
Vamos; usted se chancea.
No tal. Los maridos ven
mas que los amantes.
Pero...
Sea que en efecto esté
desmejorada. ó que á mi
se me haga duro el perder
la libertad de soltero,
para mis ojos ya no es
la misma. ni por asomo.
¿Es posible!
Y al primer
pretestillo que me diera,
j á Dios. casamiento!
i Infiel f
Sí; yo confieso... (Esta fatua
se lo contará después.)
Pero... vamos, ¡si á cualquiera
miro ya con mas placer!
A ti. verbi gracia. ¿Sabes
que tienes tú mucho aquel.
hablando en chulo, y muchísima
de la gracia?
(Dengosa.) ¡Calle usted!
¿Yo?...
¡Y qué cuerpecito!
i Vaya
Usted me quiere poner
colorada. Usted se burla
de las pobres. ¡Si yo sé
lo poco que valgo! ¡Vaya!
Mas que Carolina.
¡Pues!
Y ese aire de scñoi'io
que tienes...
Eso, tal vez,
porque al fin no me he criado
en las malvas.
Ya se ve
que no.
Y quien tuvo retuvo,
y cada cual es quien es. —
Pero usted se está burlando.
¿Cómo puedo yo creer
que llama tan encendida
se apague en un santiamén?
¡Ay verás lo que es el mundo!
¡Qué maldito de cocer!
Y juraba y perjuraba...
( ¿Si será Ortiz como él! )
A juramentos de amantes
nunca se dió mucha fé.
¿Y á qué incomodar al otro
haciéndole componer
los versos
¿Qué se ha perdido?
Medio pliego de papel.
¡Tantos planes para eso,
y tanto tender la red...
¿Y el cuarto de hora?
A propósito;
tú eres de la misma piel
que las otras, y tendrás
tu cuarto de hora también.
¡Miren qué salida ahora!,..
Si en ese trance te ves,
avisa, que aqui hay un hombre.
¿Sí? j Vaya una gracia!
Es que...
Es que me hacen mucho títere
esos dos ojuelos. Ven,
que voy á darte un abrazo.
(Amenazándole.) Apártese, ó de un revés,
¡No lo tomes tan á pecho.
¡Si esto es broma! — Hasta mas ver,
Abur.
(Yéndose.) (Sufrir el desvío
de Carolina, está bien;
pero un bofeton... Barrientos
¡seria cosa cruel! )
ESCENA VI
(PETRA.)
¡Qué osadía! ¡Oh! Si viviera
mi buen tio don Andrés
de Escalona y Escobar,
corregidor de Jerez,
el hidalgüelo de Ronda
no fuera tan descortés.
Mas le perdono, que es victima
de su amor y mi altivez.
Yo te la consagro, Ortiz,
querido Ortiz; y si un rey
viniera... ¡Mas cuánto tarda
en declararse el doncel!
¡Qué versos de mis pecados!
¡Señor, si no es menester
andar con tantos repulgos
cuando una misma da pie! —
« Te quiero, te adoro. Y tú
¿me quieres? — Te amo; » y amen.
ESCENA VII
(CAROLINA, PETRA.)
(Trae una cartera de dibujo que deja sobre la
mesa.) ¿Se fue el señor de Marchena?
Si señora. En este punto
se marcha.
Irá el pobrecillo
atribulado y confuso.
Si señora, porque yo,
que tengo muy malos humos...
¡Cómo! ¿Te habrás propasado
á decirle algún insulto?
Su Petulancia...,
"^''*'^i)
En efecto,
hoy ha llegado á lo sumo,
pero basta mi castigo
sin necesidad del tuyo.
Pero si...
No se me ocultan
sus defectos, pero es mucho
lo que me quiere.
No sé,...
pero hace cuatro minutos
que afirmaba lo contrario.
¿De veras? ¡Triste recurso!
Ayer la amaba, me ha dicho.
mas hoy que tengo mi triunfo
asegurado...
¡Infeliz!
La miro ya con disgusto.
(Riéndose.) ¿Eso ha dicho?
Y al menor
pretesto...
Acaba.
Renuncio
á su mano.
(Otra le queda.)
y acto continuo se puso
á requebrarme.
¡Eso mas!
Y el libertino, perjuro
me quiso dar un abrazo.
¿Tan desesperado estuvo?
Poco á poco. No estoy yo
tan de sobra en este mundo
que solo un desesperado
se enamore de mi busto.
¡Lindo despique!
Mas yo
rechacé su ataque brusco,
que mi honor y mi lealtad...
Laudable ha sido tu escrúpulo;
pero es singular capricho
desahogar asi su orgullo
un amante desdeñado.
¿Desdeñado? Me confundo
de oir á usted. Pues ¡si dijo...
¡Qué pobre hombre! Ya presumo
lo que habrá dicho. Que estoy
muerta por él. No le culpo,
que confesar su derrota
un andaluz es muy duro.
(¿Quién mentirá de los dos?)
Pues juraría...
A otro asunto.
Llama á Ortiz, que es hora ya
de dar lección de dibujo.
ESCENA VIII
(i!/)
(CAROLINA. ¡Cortejar á mi doncella un elegante tan pulcro! ¿Si pensará darme celos con ese espediente absurdo? Antes celebro que tome en su venganza ese ruuíbo. })orque quemar sus cortijos y arr(»jarse en lo profundo del Canal... ¡Jesús! Vo tengo mucho miedo á los- difuntos.
ESCENA IX
(CAROLINA, ORTIZ.)
(A la puerta.) Señorilra. yo...
Entre usted,
y déjese de etiquetas. (Entra Orliz. )
Sabe usted que en esta casa
como amigo se le aprecia.
Mi gratitud...
Y ahora mismo
le voy á dar una prueba
de amistosa confianza.
Gracias. ( ¡Qué amable y qué bella! )
Usted sabrá, porque nadie
lo ignora ya, que me obsequia
ese joven andaluz...
( ¡Ah!...! Si; don Pedro Marchena.
Hoy, cediendo á su porfía,
le di mi álbum... (Va á tomarle.)
(¡Ahora es ella!)
Para que escribiera en él
unos versitos...
(¡Mi décima!)
No los encuentro. (Hojeando el álbum.)
(¡Qué burla
va á hacer de ellos tan sangrienta!)
Aqui están. Ya verá usted
¡qué bonitos!
(¿Se cbancea?)
Léalos usted. ¡Qué gracia!
¡Qué pasión!
(Tomando el álbum.) (¡Habla de veras!)
Veamos. (Hace como que lee.)
(¡Necio de mí
que la crei mas discreta
que vana! ¡Necio mil veces!
¿Cuándo una muger desprecia
al que la adula, aunque diga
mas borricadas que letras?
¡Y yo me mordí las uñas,
mal contento de mi vena,
buscando giros poéticos
por cima de las estrellas!)
¿Qué tal?
Mi voto es inútil.
(Pone el álbum donde estaba.) No.
Cuando usted los celebra...
Sin embargo, diga usted
su opinión.
Si usted se empeña,
digo que usted los merece
mejores.
Pero bien se echa
de ver que los ha dictado
so
el corazón.
Sí; á la legua
se conoce. (¡Qué suplicio!)
Y que los hizo el poeta
con profundo sentimiento...
Sí señora. (¡En eso acierta!)
¡Es tanto lo que me quiere!... —
Y él tiene excelentes prendas.
¿Verdad?
No sé. No le trato...
Muy caballero... Algo peca
de fanfarrón...
(Con viveza.) Y pedante,
y hablador de cuatro suelas,
y embustero...
¡Alto! ¿De dónde
sabe usted esas lindezas
si no le trata?
(Turbado.) Es verdad....
pero... es una consecuencia
que yo saco, una...
Mi tía
está empeñada en que él sea
mi marido. y sus razones
no dejan de hacerme fuerza;
pero yo no sé qué hacer,
porque...—Usted ¿qué me aconseja?
(¡No puedo mas!) Señorita,
tengo yo poca esperiencia
para dar consejos.
(¡Calle!
Se ha picado. ¿Qué hecho fuera
que él también...) Veo lo poco
que usted por mí se interesa.
¡Yo, Carolina!...
¿Es mi amigo,
es mi maestro, y me niega
un consejo!
Es que me espongo
á errar... En tales materias
yo solo consultaría
al corazón. Si ya reina
en el de usted ese... joven,
es escusada molestia...
El caso es que... yo no le amo
todavía.
(¡Ay Dios!...)
(¡Se alegra!)
Entonces, no hay sino dar
tiempo al tiempo...
Sí. No hay priesa.
Otros hombres hay...
Dichoso
mil veces el que merezca...
Demos lección de dibujo.
Bien.
Aqui está la cartera.
(Se sientan junto á la mesa, uno enfrente de otro, y Carolina saca estampas, lapiceros, etc.) Vea usted. (Le da un dibujo.)
¡Hola! ¡Ya está
concluida la cabeza
de Diana!
Sí señor:
hoy acabé mi tarea,
mas dudo haber acertado...
No hay motivo. Usted progresa
visiblemente. Con todo,
hay que hacer unas ligeras
correcciones...
(Borra ó dibuja durante el diálogo, mirando de cuando en cuando d Carolina como á hurtadillas.)
Sin reparo.
El asunto es que yo aprenda.
Mas sombra en esta mejilla.—
Mas arqueadas las cejas...
( ¡Cómo me mira!)
Esta boca
debe estar menos abierta.
No ha de sonreír Diana
como Venus Citeréa.
¿Pero á qué mirarme tanto?
¿Está en mi cara la muestra?
Es para advertir á usted...
La mirada mas serena,
menos blanda...
Por lo visto.
mucha ha sido mi torpeza.
¿Tanto habia que enmendar?
Porque quede mas perfecta
la figura...
(Mi maestro
tiene boy muy poca indulgencia.)
(Mirando el dibujo desde su asiento.) ¿También la nariz?
Un toque
no mas... (¡La mano me tiembla!)
Como está al revés la estampa...
Permita usted que la vea
de frente. (Se levanta, y puesta al lado de
Ortiz mira el dibujo.) ¡Cuánto ha variado
ese rostro! Ya ¿qué queda
de lo que yo dibujé?
¡Si se salvan las orejas
será milagro!
Al instante
concluyo.
¿Pero usted piensa
lo que está haciendo? Esos ojos,
sino es que el espejo mienta,
¡son los mios!
(Turbado.) No por cierto.
Es fácil que se parezcan;
pero yo... cuando...
Esa boca...
No. La mia es mas pequeña; —
pero...
No está concluida.
Y la nariz, y las cejas...
¡Usted me está retratando!
( ¡Se enoja!) No fue mi idea...
No, no hay que negarlo. Usted
me retrata; ¡y á sabiendas!
¿No ve usted que es imposible
aun á la mano mas diestra
copiar tantos atractivos?
¡Oiga! ¿Tnmbien lisonjeras
adulaciones?
Señora.
una deidad está exenta
de adulación.
¿Cómo... ¡Ah! Ya
comprendo. Según las señas,
usted habla de la diosa
Diana.
Y ¡qué! ¿no pudiera,
por ventura, hablar de usted?
Pero, en resumidas cuentas,
¿qué tengo yo de común
con Diana?
Su belleza.
su radiante magestad,
su...
¡Para que yo lo crea! —
Y es que... cuanto mas la miro...
La semejanza es completa.
¡Soy yo!
Si digo...
Negarlo
es segunda impertinencia.
Casualidad habrá sido,
que solo de una manera
es posible retratar
á criatura tan bella.
¡Calle! Algún secreto... ¿Y cómo?
¿Cómo?
Grabándola eterna
en el corazón.
(Airada.) ¡Ortiz!
¿Qué temeraria insolencia
es la de usted?
(Se levanta confuso y atribulado dejando caer
la cartera.) ¡Carolina!
Yo... sí... Mi labio no acierta...
Pero mejor es reirme,
porque es cómica la escena.
(Observando la consternación de Ortiz suelta la carcajada.)
¡í'orili)!!... f/?/} aclilnd auplicanlc.)
No som iislod holw»,
y recoja esa cartera. (Vase riendo.)
ESCENA X.
ORTIZ, tirándose del pelo.
¡Maldito!... ¿por qué la quiero?
Con mi humillacion se engríe
y como una loca rie
¡cuando yo me desespero!
¿Qué puede ya darle pena
si cuando ve á un infelice
morir á sus plantas dice
que es muy cómica la escena?
Para que ese corazón
la piedad llegue á mover
será acaso menester
que me den la estrema-uncion.—
¡Figura bien triste y rara
sin duda ha sido esta vez
la mia! La estupidez
se habrá pintado en mi cara.
¡Oh! En vano amor me sujeta.
Huyamos de esta mansion.
No quiero ser el bufón
de una frivola coqueta.
ESCENA XI
(CAROLINA, ORTIZ.)
¿Adónde va tan de prisa
Ortiz?
¿Qué sé yo? Al infierno
me iria yo...
¡Dios eterno!
Que alli no tienta la risa.
¿Cómo? ¿Mi risa chancera
le ha picado á usted?
No se;
mas me voy de aqui...
¿Por qué?
No sea usted calavera.
Si yo me enojé primero
y si después me reí,
fue porque no comprendí
el sentido verdadero...
Veo que es característico
de un pintor el entusiasmo,
y no merece un sarcasmo
tan bello arrebato artístico.
¡Oh! Mi arrebato...
(Interrumpiéndole.) No pasa
de lo honesto y de lo justo.
Pero...
Bien, bien... No es mi gusto
que se vaya usted de casa.
No hay voluntad que resista
á la de usted, pero...
¡Dale!
No hay orgullo que se iguale
al orgullo de un artista.
¿Ni el de usted?
Si yo soy vana,
en mí no estará el error.
¿Pues en quién?
En el pintor
que me comparó á Diana.
Es que en todas partes veo
el tipo...
Es cosa notoria.
La imagen...
Sí, de la gloria.
La perfección...
De las artes.
(Como ella hablaré; á lo místico,
porque si otra vez me clavo...)
Con que ¿alaba usted...
Sí; alabo...
Mi ardiente entusiasmo... artístico?
¿No le digo á usted que sí?
Y en prueba de ello, le ordeno
que me dibuje algo bueno
en el álbum que está allí.
(¡Ah!) ¿Firmaré?
Lo permito. —
Abur. ¡Que luzca ese ingenio!
(El pobre es corto de genio,
y hay que animarle un poquito.)
ESCENA XII
(oRTiz, siguiéndola con la vista. Si otra Circe enredadora, si diablo, mas que muger, no eres tú, á todo correr......;iO se acerca lu cuarto de bora..mbaD -.el Mjpioq 18 9iip baíBH f)
Acto tercero
ESCENA PRIMERA
(CAROLINA, PETRA.)
Ya que usted pone en disputa
si puede Marchena amarme
y al conato de abrazarme
llama pecata minuta,
aunque si bebe los vientos
por mi en nada se rebaja
su nobleza, que no es paja
llamarse Petra Barrientos...
Bien; me desdigo. Perdona,
Soy de alto solar.
Mi lio don Baltasar
Maldonado y Escalona...
Digo que fue mucho ultrage...
pero ¡al grano! y lo demás...
Mañana me contarás
los timbres de tu linage. —
Con que. ¿otra nueva perfidia?
Sí, pero tal — ¡Dios benigno! —
que en cometerla es mas digno
de compasión, que de envidia.
¿Por qué? Habrá visto un palmito
que mas que el mió le agrade;
y aunque á tus ojos enfade,
de gustos no hay nada escrito.
Una audiencia solicita
con intención buena ó mala.
¿Qué me importa...
En esta sala...
¿Cómo! ¿Aqui ha de ser la cita?
Aqui, y dentro de un momento.
Si otra belleza le abrasa,
bien; mas traerla á mi casa
es sobrado atrevimiento.
Qué! ¡Si no viene de fuera!
Vive aqui su dulce bien.
Aqui ¡y no eres tú!... Pues ¿quién.
¿Si será la cocinera?
Eso no. que es caballero.
Como es tal su estravagancia...
(Mirando con malicia á Petra.) (Y, á fé, no hay mucha distancia
de la plancha al fregadero. )
¿No acierta usted todavia
quién la usurpa la victoria?
No sé... Aqui...
Doña Liboria.
¿Qué estás diciendo? ¡Mi tia!
La misma que viste y calza.
¿A pesar de los cincuenta?
Solo sus virtudes cuenta.
y hasta las nubes la ensalza.
O ese hombre ha perdido el juicio,
ó el despecho le consume,
y darme celos presume
con tan estraño artificio.
El me hablaba muy formal,
de boda y de...
(Riéndose.) ¡Boberia! —
Y es inútil, que mi tia
no querrá oírle.
Sí tal.
¿Si?... Mejor.
(Ya, según trazas,
la banderilla hace efecto.)
Se reirá del proyecto
y le dará calabazas.
¡Cuidado que el tal Marchena
es mas bobo que el de Coria!
Entre él y doña Liboria
va á ser donosa la escena.
¿No le pica á usted un poco
la curiosidad?
A mí
No.
(Pues yo juro que sí.)
¿Quién hace caso de un loco?
Me voy. Negocio tan grave
á solas se ha de tratar.
(Tú vendrás luego á atisbar
por el ojo de la llave.)
Le diré á doña Liboria...
Que estoy bordando en la reja. (Yéndose.)
(¿También á la pobre vieja!
Esto ya pica en historia.)
ESCENA II
(PETRA.)
No digiere á dos lirones
la píldora que ha tragado.
Ella quisiera imitar
al perro del hortelano;
mas donde las dan las turnan,
dice aquel adagio.
ESCENA III
(PETRA, MARCHENA.)
(A la puerta.)
¿Se fue Carolina?
Sí.
Ya está usted servido.
(Entrando.) ¡Bravo!
Violentando mis principios
y mi carácter, acabo
de ser chismosa como una
criada de tres al cuarto;
pero de alguna manera
he de agradecer el alto
interés que usted se toma
por mi Ortiz idolatrado.
Ya le he dicho, y otra vez
le aseguro que me encargo
de colocarle. Es muy fácil.
Tengo influjo en el senado;
como Pedro por su casa
entro en el real palacio;
tuteo á cinco ministros
y á cuarenta diputados,
y el director del tesoro
hace lo que yo le mando.
(Miente sin temor de Dios,
pero bien puede hacer algo
si quiere.)
Dudas...
No dudo.
Y si das á Ortiz la mano,
me ofrezco á ser tu padrino.
Muchas gracias. Sin reparo
puede usted serlo, que noble
soy por los cuatro costados,
y en mi casa solariega
alguno ha vestido el hábito
de Alcántara...
Si.
Mi tio
don Baltasar Maldonado
y Escalona...
Alguien se acerca.
Ya me contarás despacio...
Es la vieja.
A Dios, ilustre;
¡á Dios!
(Con gravedad.)
Beso á usted la mano.
ESCENA IV
(DOÑA LIBORIA, MARCHENA.)
¡Señora!
¡Marchena amigo! —
Con que ¿usted me quiere hablar
á solas?
¡Ah!... Sí.
Corriente. —
Siéntese usted. (Se sientan.)
Vamos, ¿qué hay?
Se tratará de la boda...
¡Ah! Sí señora, sí; mas...
no de la que usted presume.
¿Qué dice usted! ¿Pues de cuál?
No será ya Carolina
la que me lleve el altar.
¿Como! Desde esta mañana,
qué la dejé en el sofá
con usted, no he vuelto á verla.
Tenia que visitar
á tres amigas...
(¡Me alegro!)
¿Qué ha habido? ¿Se vuelve atrás?
¿Qué sé yo... Creo que no...
¿Pero á mi qué se me da?
¿Qué escucho!
Yo no la hablé
de proyecto conyugal,
porque otra idea, otro objeto
turbó de mi alma la paz,
y embargando mis sentidos
un rapto sentimental,
despegar podia apenas
la lengua del paladar.
La dije al fin... no sé qué
[Mostrando la puerta por donde se fue doña Liboria en el acto segundo. con los ojos hacia allá, y despidiéndome de ella con aire poco galán, en la puerta de la calle me desahogué con un ¡ay!
Pero eso ¿qué significa?
Significa. y claro está.,;;;:;.;íj¿
que el corazón me han herido
los ojos de otra beldad.
¿Otra beldad? ¿Desde cuándo?
DoííN; I)(»y; pero »lias Iiá
(|iie S(!iiiia yo los simonías
precursores de mi mal.
¡Vaya en gracia! ¿Y quién ha sido
la agresora!
¡Singular
pregunta! ¿Quién ha de ser?
Harto me he esplicado ya.
Si usted tiene una conciencia
se lo puede preguntar.
(Admirada.)
¡Calle...
¿A quién miran mis ojos
con ansia de amor voraz?
¿Cuya es la mano que estrecho...
¡Suelte usted con Barrabás,
que me la estruja!
¡Ay Liboria!
¿Qué farsa de Carnaval
es esta?
¡Pluguiera á Dios!
Mal provecho me haga el pan
si miento.
¿Pero usted sabe
que peino ya la mitad
de un siglo!
Lo sé. ¿Y qué importa?
¿Que puedo ser su mamá?
Si señora. ¿Y qué? La mia
está ya en la eternidad.
Usted será para mí
esposa y madre á la par.
Usted ha almorzado fuerte
por lo visto, y el champan...
¡Señora!...,
O desesperado
(,f 'ir. «íii) por alguna iniquidad
de Carolina, desea )*l.aiA
suicidarse....;^i3
No, no hay tal. j h 6íjp
Obro por convencimiento.?.oíq aol
Si lo duda usted, ¿iíay mas 'IiíiJO.;,.ai. I *.((
que cogerme la palabra,
y Cristo con todos?
¡lía!
Déjese usled de embelecos.:
Tengamos la fiesta en paz.
(Muy acalorado.)
¡Señora, que hablo de veras!
Óigalo la vecindad;
óigalo todo Madrid.
O no me caso jamas,
ó me caso con usled.
Pero... (¿Si será verdad?)
Usted no se hace justicia.
El tiempo es un animal
muy destructor, pero hay flores
que respeta el huracán.
¡Adulador!
¿No pasean
hechas un brazo de mar
y llevando al retortero
mas de un Fulano de tal
ciertas crónicas vivientes
con mas fecha que Abraam? —
Mas no hablemos de lo fisico,
que. aunque lo puedo ensalzar
sin mentir, como es usled
modesta, no me creerá.
¿No ha podido usled prendarme
con su mérito moral?
Ese mismo medio siglo
¿no puede entrar en mi plan
filosófico?
¿Es posible
que esté en su juicio cabal
el que...
Señora, me canso
de andar hecho un azacán
galanteando baboso
á mozuelas en agraz,
insustanciales, coquetas...
y algunas un poco mas..üja^il
Ya no hay que esperar constancia.
ni juicio, ni cristiandad
sino en muger que recuerde
el terremoto de Oran.
(Con viveza.)
¡No ha sido en mi tiempo!
Bien.
Le anduvo cerca. Es igual.
En fin, usted me conviene,
porque usted me mimará.
¿Sí?; y con usted estoy libre
de un ataque cerebral,
y usted tiene religión,
y no me derrochará
en diges y miriñaques
mi renta patrimonial.
¡Compadre!, no será mucho
lo que haya que derrochar,
(|ue siendo usted segundón...
Es que mi hermano Tomas
lira á tisico, y espero...
Por dicha, tengo caudal
muy suficiente y no me urge
que muera nadie,
¡Pues ya!
No decía yo...
Y si al fin
me tentara Satanás
á casarme con usted.
me holgara de compensar
de algún modo... Pero... vamos...
¡Si es una temeridad!
No. señora. Estoy resuelto.
Usled lo meditará.
No hay meditacion que valga.
(¡Qué dura está de pelar!)
Si usted me retarda el sí.
me cuesta una enfermedad.
Pero, hijo, si yo... iAbauicándose.
Jesús!
Hace un calor infernal.
¿Será fuerza que lo jure
de rodillas? Pues bien... (Hay
alfombra.) A tus plantas yace
el mas rendido mortal...
ESCENA V
(DOÑA LIBORIA, CAROLINA, MARCHENA.)
¿Qué veo!
(¡Alce usted, demonio!)
¿Es mi tia el capellán
(con quien usted se confiesa?)
(Levantándose.)
Sí, y pecador contumaz,
(si el adorarla es pecado. no me enmendaré jamas.)
(Yo no sé lo que me pasa.)
¡Qué trapalón tan audaz!
¿Con que usted ama á mi tia?
Es mi gloria. es el imán...
¡Calle usted! Si mi desvio
(lanto que sentir le da, si por un necio despi(|nc quiere á otra dama obsequiar, siquiera urda usted la farsa de un modo mas natural, mas verosimil.) (No creo que es tanta la impropiedad.) No hay farsa aqui, señorita. Yo soy hombre muy formal.
¡Mofarse de una señora...
¡No!
¡Tan respetable y tan...
Pero eso, perdone usted,
¿es envidia ó caridad?, bjgell;.jo.iaI^
¡Envidia! ¿Creerá ese sandio
que tengo celos?
Quizá. i (..-,...,.
Amante que yo desdeño ftíjob JLj.naaAM
¿qué celos me puede dar?
¡Ah!... Con que ¡usted me desdeña!
Me alegro. ¿Y de cuándo acá?
Otra insolencia. ¿Pues cuándo
quise yo á usted?
¡Eh! Callad.
que esas disputas...
Ocioso
es volver la vista atrás.
Si usted me ha querido, bueno;
si no me ha querido, en paz.
Vida nueva, y de su capa
haga un sayo cada cual.
¿Qué prendas tiene usted mias
para tanta fatuidad?
Pero usted ¿podrá negarme
que con amoroso afán
ayer me escribió un billete...
Si; fue un capricho fugaz...
¿Y hoy me ha declarado en verso...
Señora, ¿en qué tribunal
haria fé semejante
documento? Y ademas,
no es hoy cuando yo he compuesto
esa décima.
¡Es capaz
de negarme...
En cuarenta álbumes —
¡qué revesado plural! —
la he puesto ya, por mi cuenta.
j Qué oigo!
Con solo variar
el nombre de la agraciada
sirve para todas..u<r,^.:
¡Ah!
Es un comodin, es una
especie de circular...
¡Basta, hombre indigno! ¡Villano!
(Se sienta sofocada.)
Si una culpa tan venial...
(]arol. ¡Basta digo!
(A doña Liboria.)
Nos veremos
luego que la tempestad
se pase.
(A Carolina, que le vuelve la espalda.) A los pies de usted.
(A doña Liboria muy tierno.) ¡A Dios, cara celestial!
(Con agrado.) Abur.
(Mirando á Carolina.)
(¡Pobre!... Ya la tengo
mas blanda que un cordobán.)
ESCENA VI
(CAROLINA, DOÑA LIBORIA.)
(Levantándose.}
¡Qué infamia! ¡Qué osadía!
¡Negar que me ama el necio
y vengar mi desprecio
cortejando á mi lia!..mT' Ci-
Pero usted... ¡oh! no espero
que al cabo de sus años
crea tales engaños
y ame á tal embustero.
Vengar con ese ardid
mi desamor desea,
y acaso que usted sea
la risa de Madrid,...i-.j.vj
Si es cierto lo que ha dicho,
si es para su alma el fuego
de amor cosa de juego
y efímero capricho;
si asi la fé que ostenta
con las muchachas muda,
¿qué hará con una viuda
que raya en los cincuenta? u;.;:¿<íí,^í
Mas son vanos antojos,
que cuando vuelva y charle
como hoy... sabrá usted darle
con la puerta en los ojos.
No lo digas, ni en chanza.
¿Eso habia de hacer?
No, no soy yo muger ni.J *,íl
de tan mala crianza.
Y aunque con mil estremos
de su amor haga alarde,
¿cree usted que él se guarde
para usted?
¿Qué sabemos?
¿Y usted le dijo amen!
Aun no,
¿Y le oyó con gozo?
Lisonjas de un buen mozo
á todas suenan bien.
Pero es estraordinario
que en la edad de mi lia...
Aun tengo yo, hija mia,
el alma en el almario,
Si tal; pero ¡por Dios!
ajuste usted la cuenta.
De veintiocho á cincuenta...
Catorce.
¡Veintidós!
Bien... Deja con su tema,
sobrina, á cada loco. —
Ni hay locura tampoco,
que él obra por sistema.
Y él, que no habla en vascuence,
lo esplica con tal gracia...
¿Sistema? ¡Es mucha audacia...
Si le oyes le convence.
Con que es decir que usted,
aunque un enredo fragua...
Nadie dice: de esta agua
no beberé... con sed.
Tia, la cosa es grave;
los hombres no son buenos;
¡casarse usted...
De menos
nos hizo Dios. ¿Quién sabe...!
Todo eso es mogiganga.
Tal vez.
Tramoya, enredo,
farsa, ficción...
Concedo;
mas si es verdad ¡qué ganga!
¡Y usted decide...
¿Yo?...
No sé, ¡pobre de mí!
(Con la mano en el corazon.) Este dice que si;
(Con la mano en la frente.) Esta dice que no.
Estoy como en un potro.
No sé, al fin de la fiesta,
(Repitiendo la acción.) si este vencerá á esta,
ó esta vencerá á estotro.
La cosa en conclusión,
bella sobrina amada,...
merece ser tomada
en consideración.
ESCENA VII
(CAROLINA.)
Para acabar de volarme
faltaba la estravagancia
de mi tia. Cuando debe
enviar enhoramala
á ese hombre... Mas ¿qué me importa?
Allá los dos se las hayan.
Ella llorará su engaño
y él llorará mi venganza. —
¡Insensato! ¿Pensará
que la que fiel no le amaba,
inconstante y fementido
le ha de querer? ¡Qué bobada!
Y aun fingir otros amores
aunque ridiculos, ¡vaya!;
pero venirme con fieros,
y aquella risita falsa,
y aquel tonillo burlón,
y ¡la circular... ¡Oh! Cara
le saldrá la grosería.
(Toca la campanilla.) A mí ninguno me ultraja
impunemente.
[A un criado que llega á la puerta. Que venga el señor de Ortiz, y traiga el álbum. (Vase el criado.) ¡Ah! ¿Será cierto? ¡Una circular! De rabia no veo; y quisiera ser hombre... Si ayer toleraba su enfadoso galanteo, hoy le odio con toda el alma.
ESCENA VIII
(CAROLINA, ORTIZ.)
Señorita...
Venga el álbum.
(Lo loma con enfado y lo hojea.)
(¡AyDios! Lo toma enojada...
¿Qué será? ¿Qué busca en él?
Hoy va á morir mi esperanza.)
Si busca usted, Carolina...
Busco, y ya tardo en hallarla,
una hoja que está demás
en este álbum.
(¡Me desahucia!)
Si busca usted, señorita,
la que estaba destinada
á mi pincel y á mi nombre,
todavía...
¿Qué?
Está blanca,
Pues entonces falta una
y otra sobra.
¡Ah!... Yo pensaba.
(¡Hespir o otra vez!)
Y mal
puede sobrar la que falta.
(Avimado.)
(¡Qué oigo, cielos!)
Esta es
la que yo busco.
O me engañan
los ojos, ó son los versos
de Marchena.
Sí. ¡Mal haya
quien los escribió!
(¡Ay! ¿Sabrá
que fui yo...)
Cosa mas mala
no la he leido en mi vida.
Pues ¿cómo... si esta mañana...
No supe lo que me dije.
Para tan hermosa dama,
pobre es la lira de Herrera,
tosco el laúd de Petrarca;
mas bien puede amar un hombre
con delirio, y por desgracia
ser mal poeta.
Es verdad;
pero el blanco de mi saña
no es el poeta.
(¡Oh ventura!...)
Sino el amante.
¡Ay Dios! ¿Habla
de él ó de mi?)
Unas ligeras.
¡Volando!
(Toma unas de la mesa de escritorio y se tas da.) ¿Para corlarla?
Es claro. Téngame usted
el albura.
(Lo hace asi Ortiz. y Carolina corta la hoja.)
( ¡Qué linda Parca!
(Concluyendo de cortar la hoja.)
Apártese usted, que puedo
darle una tigeretada.
Señora... Yo... (Soy un tonto.
Ahora no encuentro palabras.)
Se echará á perder el álbum...
(¡Ya dije una palocliada!)
El albura es lo de menos. —
Pero esta injuria no basta.
(Hace pedazos la hoja.)
¿Rompe usted la hoja?
Si.
No quede una letra sana.
Grave motivo sin duda...
Sea cual fuere la causa,
para mí ese hombre acabó.
(¡Oh boca de miel y de ámbar!)
Mas... si viene arrepentido...
Le volveré las espaldas. —
Digaselo usted asi.
Bien. ( ¡Cielo, á mí me lo encarga! )
¿Y el dibujo prometido?
(Toca la campanilla.)
Lo haré. lo haré sin tardanza. —
¿Acabaré de rasgar
esta hoja?
(Mostrando el margen que quedó de la que cortó Caro-)
No. Se planta
otra encima...
Sí, señora.
(Entrando.) Señorita...
Asi no salta
la del otro lado.
Bien.
(A Petra.)
Vé á mi tocador y aguarda. (Vase Petra.)
Medio pliego de marquilla...
No. Mejor será una estampa.
¿Cuál pondremos?
¿Qué sé yo?...
La cabeza de Diana.
ESCENA IX
(ORTIZ.)
¡Oh divina criatura!
¡Y yo, corazón de mandria,
temia... ¡Y después de oir
tan halagüeñas palabras
no la digo mil locuras
y no me arrojo á sus plantas
y muero de gozo en ellas!
Porque ¡no hay duda! me ama.
Menosprecia á mi rival;
me lo dice á solas; rasga
sus versos... ¿Y la donosa
monería con que amaga
mi mano con las ligeras,
y se sonríe y esclama:
« apártese usted, que puedo
darle una tigeretada?»
Si yo no fuese un estúpido
la hubiera dicho: « Otra llaga
mas profunda me han abierto
esos ojos en el alma. « —
« ¿Y darme á mí la sabrosa
comisión de echar con cajas
destempladas al compadre
andaluz? ¡Y con qué gracia
para remendar la hoja,
en buen hora mutilada,
dijo al partir: «ponga usted
la cabeza de Diana! »
¿Qué mas prueba de su amor? —
Feliz décima prosaica,
(Recogiendo los pedazos.) recogeré tus fragmentos
como si fueran de plata.
ESCENA X
(PETRA, ORTIZ.)
(Se turba al verme y esquiva
el peligro de un desden.
Al fin me obligas, mi bien,
á tomar la iniciativa.)
Oiga usted, señor de Ortiz.
(Volviendo la cabeza.)
¡Ah!,.. Voy. (Cierra el álbum.)
(De un modo indirecto...
Me da lástima en efecto
y quiero hacerle feliz.)
¿Qué se ofrece, amable Petra?
[Se acerca á Petra quedando enfrente de ella y de la puerta por donde se fue Carolina.)
Hay una hermosura aqui
que usted idolatra...
¡Ah! Si.
(¿No digo. Al pie de la letra.)
Pero usted, joven modesto
y tímido en demasia,
no le ha dicho todavía:
yo te amo con fin honesto.
¡Temo tanto sus enojos!...
¿Es algún gato montes?
Mas ya muestro mi interés
por rodeos,... con los ojos...
No lo echa la dama bella
en saco roto. Es ladina...
Yo... (La dama es Carolina;
si. Viene de hablar con ella.)
Deja usted pasar los dias
por un liviano temor.
Sí; acaso...
Pero el amor
sabe igualar gerarquías;
y ella ha soltado tal vez,
sin ofensa del recato,
prendas que del mas pacato
vencieran la timidez.
¡Ah! Si. Ya es delito y grave
mi silencio.
Yo lo digo,
y haga usted cuenta, mi amigo,
que de ella misma lo sabe.
¡Cuánto te duele mi pena,
Petrita, y cuánto agradezco...
Sin otras pruebas que ofrezco,
digalo el pobre Marchena...
Tronó; lo sé.
Y mas de cuatro
que quisieran merecer
la dicha...
(Entusiasmado.)
¡No mas! ¡Muger
celestial, yo te idolatro!
(¡Gracias á Dios!) ¡Eso sí!
Al galán le toca hablar.
Yo... ¿qué mas me he de esplicar?
Todo te lo debo á ti,
linda Petra.
Y cuando el lazo
venturoso...
¡Oh! Cuanto quieras.
Tuyo soy de todas veras.
¡Ay Ortiz!...
(Fuera de sí.) ¡Dame un abrazo!
(La abraza.)
(Sin desviarse.)
¿Qué hace usted...
Sin juicio estoy.
Pero estando ya resuelta
la...
(Ortiz se desprende de los brazos de Petra y pasea con suma agitación.)
¡Qué gozo!
(¡Ya me suelta!)
No me ofendo.
(Dentro.) ¡Petra!
¡Voy!
(Siguiendo á Petra.)
Yo también, que mi alegría
va no consiente demora.
No, no entre usted ahora,
que no es tiempo todavia.
(Vase cerrando la puerta.)
OUTIZ.
A'olveré loco de amores
;i jurarla eíerna té.
Ahora es probable (¡ue eslé —
¡ay Dios! — en paños menores.
Acto cuarto
ESCENA PRIMERA
(¡Qué angustia! Petra no sale,)
no me llama Carolina...
¿Si aquella declaración...
por embajada... sería
un capricho de los suyos
y ya estará arrepentida?
¡Quizá me supone loco
y se ha propuesto la impia
mofarse de mí! ¿Y no pudo
equivocar la consigna
su doncella? ¡Ay infeliz.
que ya llegado creía
el cuarto de hora... Han abierto
la puerta. ¿Será ella misma...
No. Es Petra.
ESCENA II
(ORTIZ, PETRA.)
(Viene llorando.) ¡Ay Ortiz de mi alma!
¿Qué es eso? ¡Lloras! ¡Suspiras!...
Carolina es inflexible.
¿Qué oigo!
¡Corazón de víbora!
¿Es posible!...
¡Ella no ama,
ni amó jamas!
¡Oh desdicha!
¿Con que me desahucia?
¡Ah! Sí;
¡nos desahucia!
¿Cómo... Esplica...
¿Nos desahucia?
Si señor;
la he contado la recíproca
ternura de nuestras almas...
Si; ¡de la tuya y la mía!
( ¡Pecador de mí! )
¡Y me ha dado
un sofión.
( ¡Cayóme encima
el castillo que en el aire
fabricó mi tontería! )
¡Qué abatido y pesaroso
está usted! No es maravilla.
¿Quien había de pensar...
Si; ya ves... (¡Brava conquista
hemos hecho! )
Yo he creído
que era un acto de política
darle parle de la boda...
(¡La boda!)
Y me prometia
un buen regalo nupcial
siendo ella nuestra madrina;
mas ya me pesa en el alma...
¡Y á mí!
Mi orgullo se irrita
de un paso tan imprudente.
Apuesto á que mis mejillas
están ardiendo. — Pues — ¡digo!
las de usted...
Echando chispas,
¡Si es natural! (¡Voto á bríos!)
¡Mirarme, soltar la risa
suponiendo que mi triunfo
es ilusión ó mentira,
y sin dejar que me esplique
esclamar hecha una harpía:
« ¿Quién es ella, la muy zafia,
para aspirar á la dicha
de casarse con Orliz!'»
¿De veras! (Esto es harina
de otro costal. No perdamos
la esperanza todavía.)
Bajo los ojos y callo,
que la vergüenza y la ira
me echan un nudo á la lengua.
¡Yo zafia, Virgen Santísima!
¡Yo, Petra Alfonsa Barrientos!
¡Yo. que soy por ambas líneas...
No te sofoques. (Si ahora
la desengaño, me tira
de los pelos.)
¡Zafia yo! —
¿Ha estado usted en Mengibar?
No; pero...
Pues alli están
las armas de mi familia.
Un grifo, cuatro calderas...
Si, si; ya tengo noticia...
Mi lio don Baltasar
Maldonado...
(Sonriéndose.) (¡Qué ridicula
vanidad! )
(Observándole.) ¿Se rie usted?
Es que... tengo una alegría...
(Disimulemos.) ¡Qué escucho!
¡Si, Petra! Mi pecho abriga
un corazón entusiasta
que redobla su energía
cuando otros menos ardientes
desmayan y se acoquinan.
¿Si?
Los obstáculos son
la salsa mas esquisita
del amor. Yo los quisiera
de aquellos que ponen grima;
grandes, terribles...
¡Oh dulces
palabras que me electrizan!
Como los trabajos de Hércules.
¡Orliz mió!
(¡Pobrecilla!)
¿Y quién se apura por eso?
Lo que urge no es la madrina,
sino...
(Con prontitud.) El marido.
(Lo mismo.) La novia.
Por mi, si quieres que riña
ahora mismo y nos marchemos
aunque sea á una guardilla...
No. Todo se compondrá.
Al fin cederá la niña;
lo espero. Yo la hablaré...
( ¡Pues no tiene poca prisa
la Barrientos!)
Como quieras.
No le des por entendida...
Bien.
Y hasta el momento crítico
te aconsejo que suprimas
cuando haya testigos ese
tuteo... que es mi delicia.
¿Qué plan es el tuyo...
(Suena dentro una campanilla.) ¡Voy!
( ¡Qué oportuna campanilla! )
A Dios, á Dios... Hablaremos
despacio...
A Dios, vida mia.
ESCENA III
(ORTIZ.)
¡Ea! sonó el cuarto de hora
de esa pobre. — Y la maldita
pudiera comprometerme.
¡Vaya, que es rara mania
figurarse... Siento pasos. —
Es mi amada Carolina.
CAROLINA. ORTIZ.
Me alegro de ver á usted.
Señorita, siempre estoy
anhelando...
¿Estamos solos?
Tenemos que hablar los dos.
(¡Ah cielo!) Solos estamos.
Mi tia...
Al jardín bajo.
Estamos reñidas.
¿Qué oigo!
¿Puedo saber la ocasión...
Es mi rival.
¿Es posible!
¿Desde cuándo?
Desde hoy.
(¿Se habrá prendado de mí
como la otra?)
El señor
de Marchena...
¡Ya! Se trata
del andaluz... (¡Es que soy
muy necio!)
En un arrebato
de vengativo furor
se declaró su galán,
y como es tan embrollón
que juraría muy serio
que es de noche haciendo sol, —
¡asómbrese usted! — la pobre
de mi tia le creyó.
¿Y quién sabe...
Mas cuando ella
lo reflexione mejor,
esa nube que la ofusca
se disipara veloz.
(Ahora conviene llevar
la contraria. ) ¿Qué sé yo!...
Cuando el diablo se apodera
de una señora mayor...
Mi tia conocerá
que esa es una burla atroz,
infame...
¿Y si no lo fuese?
Tan joven y hombre de pro,
¿iría á buscar Marchena
consorte en un panteón?
Al fin, aunque entrada en años,
no es ningún monstruo feroz
doña Liboria. Es muy rica»
y esta es una tentación...
Galán que me quiso á mí
¿pondría en ella su amor?
No trato yo de poner
en absurdo parangón
la tia con la sobrina.
¿Quién compara el arrebol
del alba con las tinieblas
y la zarza con la flor?
Pero no todos los hombres
son iguales, y la voz
del resentimiento suele
ahogar la de la razón.
¡Qué sofístico está usted!
¡Qué sutil procurador
de malas causas!
Señora...
(Armas contra mí la doy!
En nada acierto.)
No es mucho
que defienda con calor
semejante estravagancia
un hombre que, acá inter nos,
ama con tan poco gusto
y con tan poca ambición.
¡Ah! ¿Lo dice usted por Petra?
Ese ha sido un quid pro quo.
Esa muchacha está loca,
ó aquí se me arma un complot,
una... ¡Por Dios, Carolina,
no la crea usted, por Dios!
(¡Pobre mozo!)
¿Quiere usted
que la llame y...
No señor.
¿Qué me importa á mí...
No es ella
quien reina en mi corazón.
Otra...
(Interrumpiéndole.) Bien. Siéntese usted.
(Desconcertado.)
¿Yo!... ¿Dónde...
Á la mesa.
...Yoy. (Lo hace.)
Será usted mi secretario
de cámara.
Tanto honor...
Tome usted papel y pluma.
Muy bien está. (¿Qué intención
podrá ser la suya?) ¿Carta
para alguna amiga?
No.
Es carta para un galan.
Hágame usted el favor
de escribir lo que yo dicte.
( ¡Un galau! ¿Si seré yo? )
« Señor don Pedro Marcliena. »
¿Cómo? (Vivamente.)
Yo hablo en español.—
«Señor don Pedro... »
(Escribiendo.) «Don Pedro...»
«Marchena.»
Sin remisión
le va á despedir.) «Marchena.»
«Mi apreciable amigo.»
(¡Ah! ¡Soy
perdido!) ¿Apreciable?
Sí.
«Amigo.»
«Hay culpas que son
imperdonables.»
(¡Bien! ¡Bien!)
«Pero podré sin rencor
escuchar...»
(¡Malo!) «Escuchar.»
«Los descargos de usted.»
(¡Oh!...)
«Descargos de usted.»
«Y acaso
perdonarle...»
(Yo me voy
á desmayar.) «Perdonarle...»
(Acercándose.)
¡Qué torcido va el renglon!
¡Tengo hoy un pulso tan malo!...
Vea usted...
Eso al doctor. —
Acabemos el período.
«Si luego que dé el reloj
las nueve...»
(¡Ay Dios!)
«Viene usted
á pedirme absolución.»
¡Pero esto es darle una cita!
Claro está que se la doy.
Escriba usted.
(¡Ah!) «Las nueve...» —
Si aun le tiene usted amor.
¿por qué escribirle de mano
agena?
Esta precaución
puede ser útil. Jamas
ha visto mi letra.
¿No?
Pero conoce la mia.
¡Oh! ¡Cuánta contradicción!
Pues bien; ponga usted: «Post data.
No escribo yo misma por...»
«Post data.»
¿Por qué diremos?
(¡Triste de mí!)
«Porque estoy
sangrada.»
(Asustado.) ¿Sí? ¿De qué mano?
De ninguna de las dos.
¡Al)! Crei...
¡Feliz idea!
Vendrá muerto de dolor...
«Sangrada.»
y tierno, amoroso
como nunca.
(¡Maldición!)
Y cuando muerta lloraba
la esperanza que abrigó,
oirá el dulce sí...
Al contrario;
un no de marca mayor.
(Con alegría.)
¿Qué oigo! ¡Carolina!
Quiero
castigar su presunción;
despreciarle, escarnecerle,
y que aprenda desde lioy
á conocer el menguado
quién es él, y quién soy yo. —
Mi nombre debajo; el sobre;
que lleve pronto Muñoz
el billete y... (Sonriémlose.)
muchas gracias.
señor secretario. A Dios.
ESCENA V
(ORTIZ.)
¡Soy dichoso! Le aborrece.
Quiere postrarle á sus pies
para tratarle después
con el baldón que merece.
No temo ya cual temí
que un rival mi bien destruya.
En cada derrota suya
veo un triunfo para mi,
¡Tanta franqueza conmigo
cuando mi pecho la adora
y sé yo que no lo ignora,
que harto sin hablar lo digo!.
Mas tan extraño rigor
de celos puede nacer,
y Carolina es muger,
¡y no hay celos sin amor!
Si le mira con desprecio,
¿por qué á verle no renuncia?
El desprecio no se anuncia
con un temporal tan recio.
No me fio de su saña,
que. ciegos por la pasión,
nuestro mismo corazón
muchas veces nos engaña.
Si me ama, ¡bendito Dios!;
si ama á otro, me aniquila;
mas si entre los dos vacila.
¿quién vencerá de los dos?
Quizá su perdón no alcance
el orgulloso Narciso.
pero ¡esa cita... es preciso
evitarla á todo trance.
Con gemir como un pobrete
¿qué hago yo? El papel de tonto. —
Intriguemos... Por de pronto,
yo no le envio el billete.
Veremos qué viento sopla...
¡Ah. qué idea! ¡Singular!
Pongamos en su lugar
los fragmentos de la copla.
(Los saca.) Aqui están. ¡Fuera pereza!
(Les pone un sobre.) Cuando rompa el sobrescrito
y los vea — ¡pobrecito! —
se va á quedar de una pieza.
(Toca la campanilla y luego escribe el sobre.)
Ahora con mano veloz
finjo letra de muger...
¡Perfectamente! ¡Oh placer!
(Entra un criado.) Toma esta carta. Muñoz.
(¡Oh ventura! No habrá cita.)
Llévala al instante. — -(¡Pobre
Marchena!) — á quien dice el sobre.
Lo manda la señorita.
(Vase el criado con la carta.) Si yo no canto victoria,
al menos la hermosa prenda
no será de aquel fachenda...
¿Qué traerá doña Liboria?
ESCENA VI
(DOÑA LIBORIA, ORTIZ.)
Vamos á tener los dos
un rato de conferencia,
amigo Ortiz.
En buen hora.
Nadie como yo desea
complacer á usted...
Mil gracias.
Hábleme usted con franqueza.
¿Cree usted que una muger
que frisa ya en los cincuenta
puede pensar sin escándalo
en dar que hacer á la iglesia
casando en segundas nupcias
con un prójimo de treinta?
Si creo, si, como usted,
la contrayente conserva
en otoño sazonado
ambientes de primavera.
Cuidado, señor de Ortiz,
que yo no pido halagüeñas
lisonjas, sino consejos...
Lo digo de todas veras.
(La adularé, que es preciso.) No dude usted que hay bellezas
estacionarias. Las damas
como usted no tienen fecha.
(Ya son dos los que lo aflrraan.
Tal vez el espejo mienta.)
Pero con mi feclia y todo.
que es positiva y auténtica,
¿cree usted que, prescindiendo
de si tengo ó no talegas,
haya un joven tan filósofo
que por consorte me quiera?
Si creo, (¡ue en este siglo
de las luces nos presenta
fenómenos singulares
la sabia naturaleza.
¿Cree usted que ese filósofo
sea don Pedro Marchena?
Sí creo y confieso y juro,
que lia dado mas de una prueba
de buen gusto...
Con efecto.
Mi sobrinila es muy bella,
y fuera temeridad
ponerme yo en competencia...
¿Y por qué no? ¿Es por ventura
esa niña alguna Elena.
alguna Venus? (¡Ay Dios,
si Carolina me oyera!)
¡Tiene veinte años!
¿Qué importa?
No es su hermosura de aquellas
que llamo yo... impermeables...
( ¡Maldita sea mi lengua!)
perenes... La especie humana
cada dia degenera,
y hay complexiones... (No sé
lo que me digo.) En fin ¡si ella
no le quiere!...
¿Cree usted...
¡Oh! Lo sé con evidencia.
Me lo acaba de decir:
le tiene por un babieca...
Pues en eso se equivoca.
Vivo es como una centella.
Si señora; y muy galán,
muy donoso... (¡Qué blasfemia!)
¡Interesante figura.
¡Mucho! ( ¡Quemada la vea!)
Si es verdad que no le quiere...
¡Nada! Y dice que se alegra
de que case con usted.
pues con eso se liberta...
No puede ser. ¡Si decia
no ha mucho que era grotesca
y estravagante la boda,
y me puso esta cabeza
de reflexiones morales
y físicas... ¡Santa Tecla!
Es porque entonces no estaba
convencida de ser cierta
la pasión de ese individuo.
Ahora ya no duda de ella.
¿De quién sabe...
De él, de usted,
de mi. de la casa entera,
de todo Madrid. ¡Si ya
no se habla de otra materia
en los cafés, en la bolsa!...
(Esto es mentir sin conciencia.)
¿Luego él se lo dice á todos...
¡Y estoy viendo que lo inserta
en los diarios!
¡Me va
á comprometer!
¡Simpleza!...
No hay compromiso tratándose
de relaciones honestas...
¿Quién lo duda? En esta carta
bien claramente lo muestra.
Léala usted. (Se la da.)
(Leyendo.) «Cara esposa,.. » —
Ya da la cosa por hecha.
¿No decia yo... (Sigue leyendo para sí.)
Temiendo
que se repita la escena
de esta mañana. me pide...
(Volviendo la carta á doña Liboria.)
Sí; ya lo veo; una audiencia
reservada; y es preciso,
forzoso que usted acceda...
No acabo de decidirme.
¡No sea que me arrepienta
Iiiogo...
No hay motivo, que es
muy caballero Marchena,
y no seria capaz
de atropellar... (á una vieja.)
No es mi honor el que peligra:
basta que yo le defienda;
sino el concepto en que estoy
de muger prudente y cuerda. —
Aun siendo cierto el cariño
que don Pedro me pondera,
¿quién me libra de las sátiras
de mugeres y poetas?
Ni poetas ni mugeres
impedirán que usted sea
venturosa.
¿Y si don Pedro
me engaña?
No liay apariencia
de tal cosa. — Y sobre lodo,
señora, el que no se arriesga
no pasa la mar. Las truchas
a pie enjuto no se pescan...
ni se muere cada dia
un obispo. El tiempo vuela;
la ocasión es calva...
Cierto;
y andarse con etiquetas
á mi edad...
Es boberia.
Y ello, hay que darle respuesta.
Pronto se escribe un billete.
Aqui hay papel, tinta, oblea...
¿Un billete? No me atrevo,
que si es todo estratagema
y él obra de mala fe...
¡Válgate Dios... ¡Ah! Una idea.
Escriba usted de su puño
sin nombre y sin cruz ni fecha:
«Esta noche en el jardin.»
¡Bien! A estilo de comedia
de Tirso ó de Calderón!
(Llamándola á la mesa y ofreciéndola una
pluma.) Pues ¡vamos!
(Yendo á la mesa.) Con que él me entienda,
es lo bastante. (Escribiendo.)
« Esta noche
en el jardín.»
Bien. Se cierra,
se le pone el sobrescrito...
(Cerrando el billete y poniéndole oblea.)
No. Para mayor reserva
irá sin él.
(¡Tanto escrúpulo!...)
Corriente.
Ya está.
(Tomando el billete.)
Pues venga. (Yéndose.)
Lo haré llevar al momento...
¡Oiga usted! ¡Que no lo sepa
Carolina!
Pierda usted
cuidado. (Todo se arregla
á pedir de boca. Luego...
¡salga el sol por Antequera!)
ESCENA VII
(DOÑA LIBORIA.)
¡Ay! De pensar en la cita
el corazón me palpita.
Cual si luciera otra vez
en la vejez
mi lozana primavera,
huirá del alma el esplin
con la dicha que me espera
esta noche en el jardín.
Noche, tu curso apresura;
no retardes mi ventura.
Los ojos del andaluz
sean mi luz,
y su grata voz mi gloria
cuando tierno paladín
me diga: te amo, Liboria,
esta noche en el jardín.
Caro difunto Melquíades,
duerme en paz y no te enfades,
i Tantos años de viudez!...
¡Qué pesadez!
Perdona si al largo duelo
pone tu Liboria fin;
perdona si me consuelo
esla nocbe en el jardin.
Mas si al cabo de mis años
lloro pesares y engaños,
si esto se vuelve después
un entremés,
si el galán dice: no hay mus,
mentí como un galopín,
me va á dar un patatús
esla nocbe en el jardin.
No. que Marchena es hidalgo
y sabe lo que yo valgo.
y no me ha de hacer traición
mi corazón.
¡Ah! Ya estoy fuera de quicio
con la boda y el festin
y el... Voy á perder el juicio
esla nocbe en el jardin.
Acto quinto
ESCENA PRIMERA
(CAROLINA.)
Venganza mia, ya tarda
tu ansiado triunfo halagüeño,
¡No sabe lo que le aguarda
el compadrito rondeño!
Ya arrodillado le miro
con amante contrición
entre uno y otro suspiro
implorar mi compasión.—
Me ama, si; la imagen mia
reina absoluta en su pecho,
y se burla de mi tia
ó no sabe lo que ha hecho.
Mas si arrepentido llora,
¿por qué le reservo un no?
Mas si en efecto me adora,
¿por qué le aborrezco yo?
Si él se muestra vengativo
es porque yo fui cruel.
¡Era tan leve el motivo
que me indispuso con él!...
Yo culpé su indiscreción,
pero ¿soy yo mas discreta?
El no fuera fanfarrón
si yo no fuese coqueta.
Cuando en su plácido error
tuvo por seguro el si,
fue en él esceso de amor
lo que fuera orgullo en mí;
y bien merece mi indulto
el galan que en su demencia
creyendo hacerme un insulto
se ha impuesto una penitencia;
que mostrarse ebrio de amor
por una vieja, aun en broma,
es penitencia mayor
que ir descalzo de aqui á Roma. —
Pero otro amante mas fino,
aun perdida la esperanza.
no hiciera tal desaliño
ni de veras ni de chanza.
Ahi esta ese pobre Ortiz
que. amándome con delirio,
ni siquiera el infeliz
se queja de su martirio.
¡Para que él pudiera el cuello
á otra muger humillar!
¡Para que él dijera aquello
de la infame circular!
i Oh! Si amor diese la palma
á quien la merece mas... —
El otro tiene mas alma...
¡Pero alma de Satanás! —
No obstante, él me amó primero.
y al cabo... la antigüedad...
Es bizarro caballero
en persona y calidad. —
Pero Ortiz es como un oro,
y sus prendas... ¡Justo Dios!
¿Cuánto va á que me enamoro...
de cualquiera de los dos?
No sé qué pasa aqui dentro.
¿Quién vencerá?... ¡Dios lo sabe!.
Pero ello es que yo me encuentro
en una crisis muy grave;
y voy perdiendo la calma,
y ya con grito importuno —
¡ay! — me está diciendo el alma...
que es fuerza querer á alguno.
CAROLINA. PETRA.
(Dios la ampare, si se aflige.) ¡Ay señorita! ¡Olí maldad!...
¿Qué hay?
(Pero mi Ortiz lo exige. Y no comprendo en verdad...) ¿No hablarás?
¡Tengo una pena!
¿No esperaba usted — ¡Aleve!—
al caballero Marchena?
No tardará. Son las nueve.
Pues le espera usted en vano.
Le he visto junto á la noria
del jardin.
¿Si?
Mano á mano...
¿Con quién?
Con doña Liboria.
¡Eh! Casualidad...
¡Que no!
El galán pidió una cita...
¿Y mi tia se la dio?
¡Si señora. señorita!
Por detras de los enebros
los vi. Están como topos.
El decia ¡unos requiebros!...
y ella... ¡vaya! — ¡unos piropos!...
¿Cómo!...
i El diantre de la vieja!
Vamos, ¡si no puede ser!
Yo no...
Si abre usted la reja
desde aqui los puede ver.
(Abriendo la reja.) ¡Oh! Si. Retira esa luz.
Observaré sin ser vista...
(Retirando la luz.) ¡Al fin hombre y andaluz!
Abierta la reja, aparecen sentados en un banco del
jardín doña Liboria y Marchena, mostrando en
los ademanes que es muy animada su conversación.)
Allí estan. ¡Ah! ¡Dios me asista!
¿Quiere usted mas regocijo?
¡Y mi tia se enamora...
Toda muger. como él dijo,
tiene su cuartito de hora.
¡Su cuarlito de hora! ¿Y cuándo ti
le lo dijo?
Esta mañana.
Por cierto que estaba hablando
de usted...
(Con enfado.) Cierra esa ventana.
(La cierra Petra.)
Y aun por eso yo presumo
que él ha tendido la red
á la tia...
( ¡Me consumo! )
Para dar celos á usted,
¿Celos yo? ¡Qué disparate!
Y que al fin tierna y sumisa...
Mas ¡qué error! ¡Un botarate
como él!... A mi me da risa. (Riéndose.)
Ria usted también,
(Con risa forzada.) Si. sí...
De ese amor de chirinola.
Si; pero... vete de aqui.
que quiero reirme sola.
(Rabiando está. Dios es justo.)
ESCENA III
(CAROLINA.)
Si es cierto que ama á mi tia,
i digo que es hombre de gusto!
Vamos, yo le arañaria.
CAR OLINA. ORTIZ.
(A la puerta de la derecha con el álbum.) Buenas noches. Carolina.
Si usted me da su permiso...
Si, si; entre usted.
(Acercándose.) Como sé
que don Pedro no ha venido
á la cita,... ni vendrá,
porque en el jardin le he visto...
Sí; ya sé...
En dulce coloquio
con doña Liboria...
¡Indigno!
Aprovecho esta ocasión
para venir con el libro...
¡Ay Ortiz! Estoy volada.
No se logró mi designio.
No me vengo de un villano...
Si tal. O es cierto el cariño
que muestra á doña Liboria,
y en la culpa va el castigo;
ó lo finge. y es peor,
que, como dice el antiguo
refrán, al que escupe al cielo
en la cara...
Eso es muy lindo,
pero yo quiero vengarme;
yo misma, ¡y no lo consigo!
Y en mi casa y á mis ojos,
sea ó no sea artificio,
á otra muger galantea,
y para mayor ludibrio
tiene en su poder mi carta,
¡la carta en que yo le cito!
Esto me inquieta, me aflige,
me desespera. No aspiro
á su amor. Sea en buen hora
cortejo, amante, marido
de quien quiera... ¿Qué me importa?
Pero ¡mi carta. Dios mío!
Sosiégúese usted. La carta
descansa en este bolsillo.
(La saca, y Carolina la toma.,)
¿La ha devuelto?
No señora.
Es que... no la ha recibido.
¿Asi cumple usted mis órdenes?
Doña Liboria me dijo
que esperaba en el jardin
á su Marchena querido,
y por no esponer á usted
á un desaire...
Ese peligro
era quizá imaginario.
A la prueba me remito. —
Mas si lo que usted queria
era humillar al altivo
andaluz, completamente
su deseo se ha cumplido.
¿De qué modo?
Un pensamiento
me ocurrió muy peregrino,
y sin vacilar lo puse
en práctica.
No concibo...
Detras de la mesa estaba
hecha doscientos añicos
aquella nefanda copla
que usted con justo motivo
arrancó del álbum.
Bien;
¿y qué?
Bajo un sobrescrito
le remití los pedazos...
¿Qué oigo? ¿Con recado mió?
Claro está.
¡Es muy singular
el interés que yo inspiro
al señor de Ortiz!
Señora,
yo sentiría infinito
haber errado...
(Me quema
con ese aire de novicio.)
Mas para enmendar mi error
hay un medio muy sencillo.
Del cambio de los papeles
discúlpese usted conmigo,
y envíele usted la carta...
¡Si; á buena hora;
El camino
desde aquí al jardín no es largo.
¡Pues ya!
Se pide permiso
á doña Liboría...
¡Dale!
¡Si no quiero! ¡Qué suplicio!
Ya que está usted tan airada
contra mi...
No.
Me retiro.
No señor. Quédese usted.
Entiendo. Será preciso
que usted se vengue de alguno.
Si señor.
Pues me resigno
á ser la víctima.
¿Usted?...
Si es tan grave mi delito...
(Con ironía.) ¡No tal! Usted procedió
con la inocencia de un niño.
Señorita...
¿A ver? Veamos
el dibujo...
(Abriendo el álbum.)
( ¡Llegó el critico
momento! )
(Da á Carolina el álbum abierto, y en seguida toma una luz para alumbrar con ella.) Aquí está.
(Examinando el dibujo.) Una joven
con aire contemplativo
puesta en el pecho una mano
y otra en la frente...
Eso mismo.
¡Cómo se parece á mi!
Es muy posible. He querido
pintarla muy bella.
¡Vaya,
que es donoso el eslrivjllo!
En lodo lo que usted piula
danza mi cara.
¡Si es vicio
que ha tomado ya la mano I
Nunca podré corregirlo.
¡Ortiz!... — Prosigo. Dos genios
la cercan. Con ceño esquivo
y fiero ademan, el uno
alza la frente al Empíreo. —
¿Quién es este caballero?
El orgullo. Asi lo pinto...
¡Señor de Ortiz!
Todo es pura
alegoría. Caprichos
de pintor...
El otro genio
se da cierto aire á Cupido
y está á los pies de la ninfa
como pidiendo un asilo...
¿Quién es esta criatura?
Si usted le ha reconocido
será el amor; y si no,
cualquier pelón del Hospicio.
¡Ortiz!... — A cierta distancia
un caballero distingo
con aire ufano y sonrisa
de triunfo. — ¡Calle! ¡Es el vivo
retrato del andaluz!
Tal vez. Yo he pintado ad libitum,
¡Señor de Ortiz!... — Con el dedo
muestra hacia el opuesto sitio
un reloj; pero una nube
se le oculta.
Está entendido.
Y entre tanto una figura,
que lleva por distintivo
corona y palma, se escapa
de sus manos.
A mi juicio,
esa es la victoria.
¡Orliz!...
¡Carolina!
¿Y qué destino
tiene aqui el reloj?
Ninguno.
Sirve de adorno.
(¿Habrá pillo!...)
Apunta las nueve y cuarto,...
¡y esa hora tiene el mió!
¿Si? Casualidad...
¡Orliz!
Con gesto humilde y contrito
á estotro lado hay un joven...
( j Ahora |)ierdo los estribos!)
(Queda en la actitud que va á describir Carolina.)
(Mirando á Ortiz furtivamente.)
Con una mano en el pecho;
y al parecer tiene fijos
con suma inquietud los ojos
en el reloj consabido.
¡Ah!
Pero ¿qué tiene usted,
que se le escapa un suspiro
y tiembla como el azogue?
Nada... ¡Estos nervios malditos!...
¡Se le cae á usted la luz
de la mano!
Ya la afirmo...
Mejor estará sobre ese
velador.
(Muy turbado.)...Es positivo.
Pone la luz en el velador, que estará inmediato á la
i reja.)
¿Se pone usted malo?
(ORTIZ. No; pero el calor del estio... Ya se me pasa.)
Abriremos
la reja.
¿Siente usté alivio?
[Abre la reja y quedan los dos enfrente de ella. Vuelve á descubrirse la pareja del jardín. Marchena mira al gabinete y gesticula con muestras de la mas ri- ta inquietud. Doña Liboria procura ocupar su aten- ción, pero solo lo consigue momentáneamente. Pe- tra asoma la cabeza por la puerta de la izquierda, la vuelve á retirar al instante, y repite esta acción varias veces hasta el fin de la escena.)
¡Oh! Sí señora. (Nos ve
mi rival. ¡Qué compromiso!)
Acabe usted de esplicarme
el dibujo. Este individuo
¿quién es? Yo no reconozco
sus facciones.
(¡Jesucristo!...
¿Está ciega?)
Este es, sin duda,
un personage ficticio,
ideal.
(Desanimado.)
Eso; si; un ente
de razón.
El pobrecillo
¡mucho debe de sufrir!
¡Oh! ¡Si señora; muchísimo!
Pero como está pintado...
y tiene cerrado el pico,
¡vaya usted á averiguar
la causa de su martirio!
¡Carolina!...
Pero usted
no ha pintado sin designio
esta escena.
¡Carolina!
Y ya tendrá concebido
en su mente el desenlace.
Yo esperaba que el divino
ingenio de usted...
¡Eh! Nunca
descifré yo logogrifos.
El drama puede tener
dos desenlaces distintos.
¿Dos desenlaces?... Entiendo.
El adverso y el propicio; —
el clásico y el romántico.
( ¡Ah! j Se rie! Soy perdido.)
Pero el uno de los dos
habrá de ser mas legítimo,
mas verosímil que el otro. —
Podríamos divertirnos
representándole. — Vamos;
yo soy ella; yo adivino
lo que piensa. Usted ahora
(Con el dedo en el dilnijo.) saque á este pobre del Limbo.
Pues bien; figúrese usted
que el amante...
¡Ah picarillo!
¿Con que es un amante? Ya
lo habia yo presumido.
Suponga usted que el amante
postrado á los pies de su ídolo...
Señor de Ortiz, yo no puedo
suponer lo que no he visto.
(Arrodillándose.) ¡Carolina! ¡Carolina!
(Marchena se levanta muy azorado. Petra se asoma, suspira y observa angustiada. Doña Liboria se queda sentada con muestras de sorpresa y abatimiento.)
(¡Ah!...)
¡Bravo! Y ahora el amigo
¿qué dice?
¡Mi bien! ¡Mi gloria!
¡Yo te adoro!
(¡Ah!)
(Riéndose.) ¡Muy bien dicho!
Y ella ¿qué responde?
¡Ay! ella
se burla de su delirio.
Le desprecia, le aborrece,
le sepulta en el abismo;
y él se levanta (Lo hace.)
resuelto
á terminar su conflicto
dándose muerte...
(Riéndose.) Y no puede...
porque no tiene un cuchillo
á mano, y porque la dama
quiere que viva cien siglos...
(Con sarcasmo, yéndose.)
Mil gracias.
y le detiene
entre sus brazos cautivo. (Se abrazan.)
Ortiz, Petra, March. ¡Ah!
[Después de su esclamacion, que ha de oir el público, desaparece Marchena corriendo. y un momento des- pués le sigue doña Liboria.)
(Llamando d Marchena.)
¡Eh!
Me hacen venturosa
este abrazo... (Señalando hacia el jardin.)
y aquel grito.
¡Oh delicioso momento!
ESCENA V
(CAROLINA, ORTIZ, PETRA.)
¡Ah traidor! ¿Cumples asi
tu amoroso juramento!
Hija...
¿Á qué vienes tú aqui?
Á poner impedimento.
Ya dio tu máquina al traste,
muchacha, y si no te enojas
te diré que equivocaste
los frenos...
Y que tomaste
el rábano por las hojas.
jOh rubor! ¿Con que el almibar
de mi risueña esperanza
se ha convertido en acíbar?
Mano plebeya no alcanza
al escudo de Mengibar.
Yo...
Calle la impertinente.
ESCENA VI
(CAROLINA, ORTIZ, PETRA, MARCHENA.)
(Entra apresurado.) Aqui estoy yo — ¡y arda Troya!
¡Abrazará un escribiente!
Esto ¿es verdad ó es Tramoya?
Hábleme usted francamente.
Este es mi marido.
¿Si? —
Pues que sea enhorabuena.
Lo decia porque á mí
no me gustan... (¡iMe perdí!)
chanzas pesadas.
ESCENA VII
(CAROLINA, ORTIZ, PETRA, MARCHENA, DOÑA LIBORIA.)
(Llega jadeando.) ¡Marchena!
(¡Maldita vieja!) Señora...
Esa fuga repentina...
¡Perdón!...( Esto acaba ahora
como se acabó en Medina
el rosario de la Aurora.)
¡Dejarme plantada allí!...
Señora, fui cuerdo ayer;
hoy loco. ¡Perdón! Mentí...
¡Qué infamia!
¿Cómo ha de ser!
También me han plantado á mi.
Ya en el jardín yo advertía
mi necio y pueril error.
y pues fue la culpa mia,
no me irrita el desamor.
sino la descortesia.
Cien veces y de cien modos
pido peidoii y coiiHeso...
(Con gravedad.) Basta.
(Mostrando á Carolina.) Ese diablo travieso
tiene la culpa, que á todos
nos hizo perder el seso.
Yo no siento la entruchada,
que mi gozo es verme libre;
mas ¿qué ha hecho usted, camarada,
para desbancar — ¡no es nada! —
á un hombre de mi calibre!'
¡El lance ha sido estupendo;!
mas recuerde usted la arenga
que siempre está repitiendo.
¿Cuál?
No hay muger que no tenga
su cuarto de hora.
Ya entiendo.
Como acechaban el mió
dos galanes...
Si; el y nos.
El mas listo de los dos
fue dueño de mi albedrío.
Entiendo... y me largo. A Dios.
ESCENA VIII
(CAROLINA, DOÑA LIBORIA, ORTIZ, PETRA.)
(Llorando) ¡Ay! ¡También mi cuarto de hora
llegó, y con sal y pimienta!
j Una Escalona! ¡Qué afrenta!
¡Una Barrientos!
(Con altivez á Carolina.) ¡Señora!...
(Llorando otra vez.) Ajústeme usted la cuenta.
Y ahora ¿qué dice mi tia?
¿Salió lo que yo decia?
Pequé tambien; ¡pese á tal!
¿mas quien se libra, hija mia,
de un cuarto de hora fatal?
Mi amor propio se lastima
del desengaño que llora;
pero en verdad, causa grima
que sueñe cuartitos de hora
la que ¡tantos! tiene encima.
Por dicha, pasó el chubasco;
y aunque me causa rubor,
Dios me venga de un traidor;
que, si grande fue mi chasco,
el suyo ha sido mayor.