Acto primero
(Personas: MONSIEUR DE RAMIÈRE; FEDERICO; ALFREDO; FLORESTÁN; ELISA; MADAME CARIDAN; ALEJO; BENITO; VIRGINIA.)
(El aclo primero pasa en una quinta; el segando y el tercero en París.)
(Sala en la casa de campo de Mad. Caridan: ventana á la derecha: en el foro tres puertas que dan al jardin.)
ESCENA PRIMERA
(MADAME CARIDAN, ELISA, ALFREDO, FLORESTÁN.)
(Aparecen, Mad. Caridan pintando en un caballete, Elisa tocando el piano, y Florestan á su lado.)
¡Vida envidiable la del campo! (Entrando por el foro.) Sobre todo en esta quinta, donde con tanta gracia y amabilidad nos hace los honores Mad. Caridan; (Mad. Caridan le saluda sonriéndose.) aqui donde brillan en fraternal union las artes, el talento y la hermosura.
Gracias, Alfredo, por la parte que me toca. Por ahora mi talento es meramente auxiliar: alli admiro con los ojos, y aqui vuelvo las hojas.
¿Cómo os ha ido en la caza, Alfredo? ¿Habéis sido dichoso...
Sí; tan dichoso como ayer lo fue en la pesca mi amigo Florestan.
¡Si no trajo nada!
Sí tal, primita. Dos pececillos que estaban creciendo, y una rana...; verdad es que en cinco horas no solté la caña de la mano. ¡Es tan divertida la pesca!
¡Oh, qué bien hecho está ese retrato! ¡Hay un alma en esos ojos... Y tan parecido... (A Elisa.) Quien os conozca y le vea no dudará que es el vuestro, Elisa.
Sí; cuando no está seria y distraida como de dos dias á esta parte. Elisa. (Interrumpiéndole.) ¿Y qué os parece el paisage? Es un valle de la Suiza. Yo se lo he descrito á mi amiga, y lo ha pintado con admirable exactitud.
Como es un sitio que os dejó tantos recuerdos, vuestra descripcion no podia menos de ser verídica y animada. Aquella pradera donde Mr. D'Offely mereció á vuestro labio el suspirado sí; aquel olmo á cuyo pie fue herido por su rival; aquellas rocas...
¡Oiga! Ese retrato es una novela.
(Con pesar mal reprimido.) Sí; una historia algo misteriosa, por lo visto.
¡Misteriosa! ¿Por qué, señor mió? Como la he referido á la señora, os la contaré á vos..., á quien la quiera oir: ¿qué me importa?
Sí, sí; cuenta. Eso abre el apetito.
Me hallaba yo en Suiza con mi buena tia... Vos la conocisteis, señora. Yo tenia entonces diez y ocho años; decian que era bonita, y se trataba de casarme. Entre los aspirantes á mi mano habia dos á quienes yo miraba con particular distinción: el uno, tierno, sensible, apasionado, pero triste, sombrío y de bastante mas edad que yo. Llamábanle el conde Eugenio; no le he conocido otro nombre. — El otro, alegre, vivaracho, aturdido, casi de mis años... Ese era Mr. D'Offely, oficial de caballería... Eugenio me amaba; y á decir la verdad, era el que mas me convenia: D'Offely... me gustaba mas, y le permití que pidiese mi mano. Conocí, no obstante, que mi elección llenaría de afliccion y de despecho el alma del conde, y no tuve valor para comunicársela. Mi compasión hacia él se parecia tanto al amor, que aun se juzgaba preferido, y alimentándose de ilusorias esperanzas, supo lo que pasaba cuando ya no podia tener ninguna.
¡Qué pildora! ¿Eh? ¡Pobre hombre!
Pintaros su dolor, sus amargas quejas, sus lágrimas... ¡Pobre conde! Lloró...; yo me enternecí... y quizá triunfaba ya en mi corazón, cuando supe que después de una reyerta acalorada habia insultado, habia retado á su rival. Era forzoso impedir el duelo: corrimos... ¡Ya no era tiempo! D'Offely estaba herido; el médico no respondia de su vida; él era entonces el mas desgraciado...; le guardé fidelidad; convaleció.... me casé con él. Pero á los seis meses de casados se le abrió la herida, de cuyas resultas murió: á los veinte años quedé viuda, poseedora de considerables bienes, libre..., y resuelta á no volverme á casar. Hé aqui mi aventura: he aqui el gran misterio.
¿Y qué ha sido del agresor... aquel... ¡Oh! ¡Vaya un modo de enjuiciar!
No he vuelto á saber de él.
Pues guarda, no se aparezca por ahí el dia menos pensado, y vuelva á su tema, y te llame perjura...
(Cavilosa.) Sí; tal vez.... Sus quejas.... Podría.... (Con viveza.) Pero basta: no se hable mas de eso. ¿Daremos una vuelta por el jardin?
Después del desayuno. Pronto avisarán.
(Mirando por la puerta izquierda del foro.) ¡Y qué hermoso dia vamos á tener! ¡Ni una nube!
(A Elisa en voz baja.) ¿No me perdonareis?
Sois un zeloso impertinente.
¡A Dios! ¡Se va á caer..., se cae... se estrella...
!
¿Qué es eso? ¿De quién habláis?
De un pobre mozalbete que viene á escape... ¡Cuando digo que el caballo le va á botar como á una pelota...
¡Dios mió! (Todos acuden a mirar.)
¡Qné poca rellexion de animal!
No hay cuidado: cabalga bien el muchacho. Ya entra en el patio: se apea...
¡Aqui!
¡Un desconocido!
(Dentro.) Sí; al salón. Por el jardin.
¡Calla! Esa voz...
ESCENA II
(Los Mismos, y Federico con uniforme de alumno de la escuela politécnica.)
(Entrando por la izquierda.) ¡Ella es! ¡Mi tia, mi buena tia!
¡Federico! ¡Qué. grata sorpresa!
¡Vaya! ¡Estaríais tan agena de mi venida... Me ha llevado mi padre consigo á una legua de aqui, casa de un amigo suyo; y estando tan cerquita, no he querido volver á París sin abrazaros. Con que..., sin encomendarme á Dios ni al diablo... ¡Ah...! Señorita, perdonad... Tengo el honor... Caballeros...
¡A Dios, Federico! ¿Qué tal lo pasas, amigo mió?
Perfectamente, querido... ¿Cómo te llamas?
¡Calle! ¿Con que no me conoces? ¿Con que no conoces á Florestan Buquet... tu antiguo camarada del colegio Estanislao?
(Con indiferencia.) ¡Ah... Flores tan... Ya recuerdo... ¡El mayor perezoso...
¡Eso, eso! Ya dije yo que me reconoceria al instante.
Tia, si hubiera sabido que tenéis visitas...
Son amigos de confianza que se dignan de acompañarme en esta soledad, y ofrecer en tributo sus caras á mis pinceles. Se alegrarán mucho de conocerte.
¡Oh, qué hermoso retrato! (Mirando el que hace su tia.)
Os presento á mi sobrino Federico, y siento no haberlo podido hacer mucho antes; pero es tan caro de ver... Su padre, que tiene cosas de señor mayor... No lo tomes á mal, sobrinito. Su padre se indispuso conmigo el dia después de su boda, y desde que murió su muger, sobrina mia, esta es la segunda vez que tengo el gusto de ver á este caballerito. ¿Cómo ha permitido Mr. de Ramiére...
(¡Federico de Ramiére! No me habia yo engañado.)
Lo diré en dos palabras, tia. Mi padre está siempre triste, pero quiere que yo me divierta. Sabe que vuestra casa de campo es el compendio de todos los placeres, y como los mios se reducen hace año y medio á la geografía y á las matemáticas...
¡Oh, Federico... ¡Um! En matemáticas, no hay quien le tosa. Para mí, siempre han estado en griego. No he podido pasar del medio-partir... esclusivamente
En fin, mi padre me ha permitido pasar una hora en vuestra compañía.
¡Una hora... nada menos!
(Ocupado siempre en el retrato.) Decidme, tia: ¿es de capricho este retrato?
No. — Mira que no te dejo marchar tan pronto. ¿Con que ya has sido admitido en la escuela politéc-
Sí seiiora.
Ahora será mas difícil que te veamos: nueva razón para obligarte á pasar el dia conmigo.
Es imposible. ¡Y si vierais cómo lo siento... Pero he prometido á mi padre estar de vuelta antes de anochecer.
Parece que papá quiere que nos acostemos á las ocho, ¿eh?
Como en el colegio Estanislao.
(Mirando el retrato.) No; á las diez.— ¡Es particular... Me parece que conozco...
Vamos, déjate querer. Ya que no te persuadan mi cariño y mis años, siquiera por mi tertulia... Te quedas, ¿eh?
(Acercándose.) Federico, que os ama tanto, no rehusará...
(Reconociéndola.) ¡Ah, señora... Ese retrato... Bien decía yo...
¿Conocías tú á esta señora?
¡Oh! Sí: mucho. Desde el primer año que mamá me trajo por vacaciones á esta quinta...
¿Con que no me habéis olvidado?
¡Yo! Ni un momento. Ahora por mi buena estrella he fijado la atención en esta pintura bella...; y me ha dicho el corazón: ¡Cómo se parece á ella!
Celebro que te acuerdes...
¿Cómo podía yo olvidarme de Elisa?
Ahora es la señora baronesa D'Offely.
¡Ah...
¡Es prima mia!
(Tomándole la mano.) ¡Tu prima! ¡Mi buen Florestan! ¿Sabes que estás guapo? ¡Cuánto me alegro de haberle encontrado aqui!
¿No es verdad, Federico, que os quedáis? Padre os espera; pero le avisaremos... Montará á caballo un criado...
(Florestan quita el caballete y lo arrima hácia la izquierda.)
Sí, sí; es verdad. Yo no habia caido... Le puedo escribir...
(Mostrándole una mesita que habrá á la izquierda.) ¡Bravo! Ahí tienes tintero y papel... ¡Quédate, chico! Esta quinta es deliciosa, y ¡qué paseos...
(Mirando á Elisa.) No pienso salir... Vaya; dos dias... (Se sienta á escribir.)
Es poco.
Dice bien. Ocho días siquiera.
(Mirándola.) Sí; ocho dias... Eso quise decir* j4lf. (¡Qué interés...!)
(A media voz.) Os agradezco que le instéis para que se quede, Elisa mia; pero no me le hagáis perder la chaveta con vuestros bellos ojos.
¡Lindo muchacho! Y le crían como á una señorita... ¡Bien!
(Tomando la carta.) Venga, venga. La enviaremos con Bernabé. — Ya ves; yo siempre complaciente... ¡y piernas! como en el colegio Estanislao. (V ase por la izquierda.)
¿Y no teméis, amiguito, que papá se enoje?
Capaz sería, porque es tan raro...
(Acercándose á ella.) ¿Qué decis, tia? Mi padre es hombre á quien todos deben querer y respetar. ¡Y cuánto amor, cuánta gratitud merece de mí! Siempre fue mi mas tierno amigo, mi mas celoso maestro. Por el placer de instruirme, de guiarme, ha renunciado á los altos destinos, á los honores que otros codician con menos talento y menos sólida reputación. ¡Si supierais cuánto me quiere! ¡Oh! ¡Yo se lo pago bien! Por evitarle el menor disgusto daria la vida.
¡Bien, hijo mio! Ese fuego, esa sensibilidad son de muy buen presagio. (Oyese una campana.)
¡Oh! Ya está servido el desayuno. Lo aplaudo, porque tengo hambre de cazador.
¿No vienes, Federico?
He almorzado en el camino. Aqui esperaré...
Sólito en este aposento, os fastidiareis. Yo siento...
¿Solo? No, señora mia, porque me hará compañía algun dulce pensamiento.
(^Alfredo da un brazo á Elisa, y otro á Mad. Cari-)
Vanse por el foro.)
ESCENA III
(FEDERICO, FLORESTÁN.)
¡Qué mirada! ¡No estoy en mí...! ¡Ella también me ha reconocido!
(Entrando por la izquierda.) Tu carta ya va andando... y ahora no me aparto mas de tí. (Mirando por el foro.) ¿Pero adonde van?
A almorzar. ¡Corre!
No hay para qué. No tomo mas que lacticinios á causa de los nervios.
¡Cómo! ¿Eres nervioso? Horriblemente. — Calla... Espei'a... Creo que es ella... No; todavía no. {Federico está como en éxtasis delante del retrato.) ¿Qué haces ahí embobado con ese retrato?
¡Qué bien está! Pienso levantarme todas las mañanas tempranito y copiarle.
¡Esa es otra! Diria que estás enamorado de mi prima...
¡Enamorado...! Yo... Tienes unas ideas...
¿Ideas? Jamas. Como en el colegio Estanislao. ¿Oyes? En mala sazón vienes á prendarte de Elisa. Hace dias que anda triste y mal compaginada. Desde que estoy yo aqui no se la ha quitado el fastidio. — Y, vamos... ¿qué te parece?
¡Amabilísima! ¡Encantadora! Tiempo ha que nos conocemos. Anos atrás, cuando yo venia á pasar aqui las vacaciones... ¡Oh! ¡Qué linda estaba! ¡Qué buena era...! Para mí particularmente. Como yo la quería tanto, y no la dejaba á sol ni á sombra... Yo era su amigo, su caballero..., su amante, decia ella. Todos se reían... menos yo, que lo tomaba por lo serio. ¡Si vieras con qué ardor prevenia yo sus deseos! Al levantarse por las mañanas, allí me tenia perenne á su puerta con un ramo de flores, y al lomarlo se sonreía, y me recompensaba con caricias... sin consecuencia... Ella al menos lo creía asi, porque como yo era un niño... Y sin embargo me salían los colores, me estremecía, palpitaba mi corazón... Un dia se puso mala, y lloraba yo sin consuelo, y enfermé también; ¡y quería morir con ella!
¡Voto al chápiro! Esas son chiquilladas.
Por dicha, no murió Elisa..., ni yo tampoco; mas de vuelta al colegio llevé grabado en el alma el recuerdo de su gracia, de su bondad... Donde quiera la veía; en mis juegos, en mis sueños..., hasta en el aula. Por la dicha de agradarla, de merecerla, estudiaba con ahínco, y me dejaba atrás á todos los condiscípulos. Siempre era yo el primero.
Yo siempre tenía delante unos... sesenta por lo menos. Estraiío mi corazón al amor y sus ribetes, solo en andar á cachetes cifré yo la emulación... á costa de mis molletes.
No tardé en sentir un no sé qué en mi pecho... Ya no era el mismo. La sangre me hervía en las venas; mis ojos se inflamaban... ¡Era ya hombre, y ansiaba volverla á ver! Pero entonces perdí á mi madre; partió mi padre para Alemania con una comisión secreta, y me confió á un amigo, que me llevó lejos de París, lejos de mi tía y de todos los objetos de mi cariño. Desde entonces, ya han pasado cuatro años, no habia vuelto á ver á tu prima, aunque nunca la he podido olvidar. Juzga tú cuál habrá sido hoy mi sorpresa al fijar los ojos en la interesante Elisa... ¡Ah! Ya es baronesa; ya es
D'Offely... Dime: ¿será su marido ese fantasmón que estaba á su lado?
¿Mr. Alfredo de Luzzi? Nada de eso. Él bien quisiera ser mi primo político; pero están verdes. La baronesita no le quiere.
¡Cuánto me alegro! Es hombre que me estomaga. Pero su marido... Sin duda habrá escogido Elisa algún...
¡Oh! Un joven de gran mérito... ¡Dios le haya perdonado!
¿Murió? ¿Elisa es baronesa viuda? ¡Qué dicha!
¡Oiga! ¿Con que tú te propones...
(Reprimiéndose.) No. Nada. Te lo asegui'O. Y... ya una dama de sus prendas... Es tal mi timidez en punto á mugeres... Tiemblo solo de imaginar... ¡Qué pobre hombre!
¡Ah! Si yo me atreviera...
¡Cómo! ¿A qué quieres atreverte? ¿Qué harías si te atrevieras?
¿Qué haria? ¡Oh! Yo... ¿Lo sé yo por ventura? La diria primero que... que la adoro; que sus ojos han hecho nacer mi primer amor..., y que mi postrer suspiro será por ella.
Vamos; eso ya es algo; pero ¡ah, joven incauto! ¡Lástima tengo de tí!
¡Eh... No me compadezcas. Lo que quiero yo es que me animes.
¡Una pasión! ¡Desventurado! Tú no sabes lo que es eso. ¡Tú te precipitas, ciego doncel, en un abismo de cuatrocientas varas y pico. — Escúchame: eres muy joven; y esos son negocios que requieren cierta práctica, cierta estrategia que tú no tienes. Yo ya tengo esperiencia; soy lo que se llama un hombre corrido, y mi hoja de servicios es regularcita... ¡Federico! Dedicarse á esas damas brillantes, á eso que llamamos notabilidades, es una locura..., por no decir que es una majadería.
Hombre..., ¿por qué?
Hay mil inconvenientes, mil percances... Se pierde el tiempo; se gasta mucho dinero; se tropieza con rivales; tiene uno que batirse, y darse luego por bien librado con un chirlo de á tercia... Todo esto es de muy buen tono, si tú quieres, pero no tiene maldita de Dios la gracia.
¡Oh! Yo me gloriaría de pelear por la reina de mi corazón.
Buen provecho. Mis gustos son mas sencillos, mas modestos, y mi carácter menos arriscado, á Dios gracias.— No porque yo carezca de sensibilidad: ¡oh, no! yo soy sensible desde la cruz á la fecha. Pero lanzado, en lozana edad todavía, y sin balancin, sobre la cuerda tirante de la vida, me he formado un sistema de amor esclusivo; una teoría de sentimientos para mi uso particular..., teoría que no me sujeta á dificultades, á camorras ni á dispendios. Ya hace año y medio que la estoy practicando, y me va perfectamente. Yo soy muy fino, muy galante con las bellezas de calidad. Yo las admiro; pero de ahí no paso. Dirán que soy frio; puede que alguna me califique de cruel... Y no soy ni lo uno ni lo otro; sino que mi amor se desenvuelve en otra topografía... Suspire quien quiera por señoras de alto coturno: yo hago la corte... á sus camareras.
¡Qué oigo! Esas inclinaciones son indignas de un caballero.
¡Eh... Yo he estudiado humanidades, mal ó bien, y conozco á las mugeres. El hombre ha de ser despreocupado. La belleza no es planta esclusivamente aristocrática: lo mismo brota y florece en la pieza de labor que en el estrado, y como de esas señoras hay que no merecen descalzar á sus doncellas. Hasta virtudes suele uno encontrar entre esas criaturas... ¡pero virtudes acérrimas, desesperadas! Dígalo Virginia, la camarera de mi prima, que es mi actual quebradero de cabeza. ¡Es un ángel, Federico, un ángel! ¿Querrás creer que no me puede soportar?
(Sin oirle.) Escucha... Se levantan de la mesa... ¡Si quisiera Elisa aceptar mi brazo...
(Mirando hácia el foro por la derecha.) ¡Mira, mira... ¿Ves... alli bajo, junto al emparrado... un delantal verdoso... una papalina... Mira bien. ¡Es ella!
¡Ella! ¿Quién?
¡Virginia! — ¡Deliciosa! Mira ¡qué talle aquel! Apuesto á que va estallando. Se aprieta, se aprieta... sin temor de Dios. Y cuando la veas de cerca... Aquella nariz iu\ si es no es remangada, aquellos ojos garzos, y un airecillo de taco... Voy, voy á saürla al encuentro por la otra calle de árboles..., asi corno quien no quiere la cosa... ¡Gente viene! Yo me escurro... No te des por entendido. (Pase por el foro.)
¡El buen Florestan! Desde chico despuntó por lo grotesco... Corramos... ¡Ah! ¡Elisa!
ESCENA IV
(Federico. Elisa entrando por la derecha.)
¡Ah...! ¿Estáis aqui solo...
Sí, señorita... (Turbado.) Es decir: no, señora.
¡Qué turbación! ¿Os ha dado algo?
No señora... Mil gracias...
Creo que ibais á salir. Mad. Caridan ha ido á dar un paseo por el jardín... Yo voy á distraerme un poco en el piano. No os detengáis por mí. (Se sienta al piano.)
(Yéndose.) No señora; no. Voy... (Se detiene en el foro. Elisa hace una escala.)
¿Queréis algo?
Perdonad. Me parece que yo también... preferiría...
Yo no os despido. Quedaos, si gustáis.
(Volviendo apresurado.) Con mucho gusto... A no ser que os moleste...
¡Molestarme á mí! ¿Por qué, Federico?
¡Ah señora! ¡Aun me llamáis por mi nombre... Pensaba yo que le habíais olvidado mucho tiempo hace.
¿Cómo olvidar lo que recuerda dias de placer y de ventura?
Sí; los mas venturosos de mi vida. ¡Oh! su memoria no se ha apartado de mí un solo momento. Pero no creía yo que vuestra bondad recordase también...
Sentaos. ¿Por qué no os sentáis?
Sí señora; sí: cerca de vos... (Va á tomar una silla.)
(¡Pobre muchacho! ¡Es tan cándido...) (Se sienta Federico muy cerca de Elisa; ésta le mira; él se ruboriza y aparta la silla.) ¿Qué es eso? ¿Adónde vais?
Parece que gustáis mucho de la música.
¿Y vos no sois aficionado...
No señora; no. — Quiero decir... El piano os agradará mas que mi conversacion, porque... ¿qué sé yo? A vuestro lado tengo una cortedad que... Siento una agitación... ¡Es fuerte cosa! Se me agolpan las ideas en la imaginación, tengo mil cosas que deciros...; y no sé por dónde principiar: no acierto... En otro tiempo ¡qué diferencia! Elisa..., asi os llamaba entonces, Elisa se complacia en verme; yo me acercaba á ella sin temor. Elisa me colmaba de atenciones, de halagos, y hasta se complacia en engalanarme...
(Sonriéndose.) Y vos no lo necesitabais, Federico.
Vuestro gusto, amable Elisa, era entonces siempre el mio, y la ley de mi albedrío vuestra mas leve sonrisa. Hoy la suerte me precisa...
Ni yo he variado; ni os riño por mostrarme igual cariño.
Tanta bondad...! ¡Ah! Yo os juro... ¿Es posible...
Me figuro que sois todavía un niño.
Séalo en buen hora para vos, si asi mei'czco...
Caballero, vos sois muy digno...
¡Caballero! Antes no me tratabais con esa ceremonia.
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Bien. ¡Federico... (Forzoso es animarle un poco.)
¡Ah! Sed para mí aquella misma Elisa... Entonces sin embarazo cada mañana la daba un ramo, que ella pagaba con un cariñoso abrazo.
Dadme las flores y el lazo, aunque á mi pecho no os ciño.
¿Ya olvidáis vuestro cariño?
Entonces, bien; pero ahora... Yo...
Figuraos, señora, que soy todavía un niño.
Vaya!
Sí, aquel niño que os amaba como nadie os amó jamas.
Porque he concluido mis primeros estudios, porque me he atestado la cabeza de matemáticas, ¿creéis que ha cambiado mi corazón?
(Sonriéndose.) Las matemáticas no son ahora del caso.
Aquel tierno afecto ha crecido con mis años, y en tanto que vos me olvidabais para casaros con un barón..., que, gracias á Dios, ya no existe, yo, señora, os he guardado fidelidad.
¡Fidelidad... en el colegio!
¿Lo dudáis? Preguntádselo á todos mis condiscípulos.
¡Bien! ¿Con que habéis hecho confidente vuestro á todo un seminario? Eso es dar un cuarto al pregonero... Es preciso ser mas reservado.
¿Os enojáis... señora?
¡Eh... Creo que no.
Os lo agradezco, porque la idea de haberos desagradado me estremecería. — Mirad: el gozo de veros libre como antes, me ha sugerido unos pensamientos... Yo quisiera... pediros un favor.
¡Un favor! Veamos...
¡Ah, qué buena sois! — Escuchadme. Ese mundo que vos conocéis, Elisa... ¡Elisa! — No os alteréis. Delante de gentes os llamaré señora baronesa.
(Algo conmovida.) Bien está. Proseguid. (Su ingenuidad me da miedo.)
Ese mundo apenas me es conocido. Acabo de entrar en él, y tímido, cortado, á cada paso temo cometer una torpeza; temo que se rian de mí; y, sin vanidad, presumo que valgo tanto como algunos de esos entonados elegantes...
Valéis mas, Federico; (Suspirando.) ¡Oh! ¡Mucho mas!
Lo que me falta es un confidente..., un amigo... que me ilustre con sus consejos, que me dirija con su esperiencia.
Pues... ¿y vuestro padre? No tengo el honor de conocerle, pero he oido hablar de él con mucho elogio.
En efecto; ¿quién como mi padre... Pero creo que alguna pasión de ánimo le hace desgraciado..., y acaso me juzgaría con severidad, en vez de consolarme. Mirad: he oido decir que para un joven la guia mas segura, el amigo mas sincero, mas indulgente, mas sensible... ¡es una muger! Asi lo creo yo, Elisa. ¡Es tan perspicaz, tan delicado el ingenio de una muger..., es tan tierno su corazón... ¡Sí, Elisa! (Con mucha pasión.) Yo elegiría una muger para confiarla mis penas, mis secretos...; para que á su arbitrio dirigiese mi espíritu, formase mi corazón...; ¡y diérale la vida en pago de tanto am... (Recobrándose.) de tanta amistad! Si quisierais... vos... ser ese ángel tutelar... ¿Rehusareis, Elisa...
(Que le ha abandonado una mano, y le mira con ternura.) No.
(Fuera de si.) ¿Aceptáis? ¡Oh dicha! ¿Cuándo podré pagaros... ¡Elisa! Mi corazón rendido, fiel, apasionado...
(Poniéndole la mano en la boca.) ¡Callad, niño! Quien os oyese diria que me hacéis una declaración.
(Tímido.) Una declaración... Lo creerían... (Con resolución.) ¡Bien! No importa. Yo no puedo reprimir...
(Déjanse ver por el foro Mad. Caridan y Alfredo.)
¡Silencio!
ESCENA V
(LOS MISMOS, MADAME CARIDAN, MADAME CARIDAN, ALFREDO.)
(Ah... No hagamos mala obra».)
(Levantándose.) ¡Mala obra! ¿A quién? Estaba tocando el piano... Ya veis...
Ya lo veis, tia. Esta señora tocaba... Si ese caballero se quiere tomar la pena de sentarse...
Mil gracias. (¿Si querrá burlarse de mí el estudiantino?)
Pronto nos habéis dejado, Elisa.
Calentaba mucho el sol; me volví, y este caballerito, que casualmente estaba aqui...
Pues. Yo recordaba á mi señora la baronesa las bondades que en otro tiempo me dispensó... y aun estoy conmovido,
Sí...; ya veo... (Es un alma cándida; un chiquillo.)
(Con risa afectada.) Me ha improvisado un discurso de retórica que me ha hecho morir de risa.
¿De veras?
(¿Se mofará de mí...?)
¡Bravo, amiguito! Eso se llama ser hombre de provecho. — No os ruboricéis. Ya sabemos lo que pueden dar de sí diez y seis años.
¡Diez y seis años! Ya tengo diez y ocho, señor mió.
¡Ba...!
Yo aplaudo tu buena memoria, sobrinilo. En estos días podrás renovar tu antigua amistad con Elisa.
Con mucho gusto, querida lia.
(Pasando al lado de Elisa.) Otra vez será, porque ahora... ¡Qué lástima! ¡Llegar justamente este caballerito el dia en que la señora va á partir!
¿Qué decis? ¡Tan pronto...
(¿Cómo...)
¿Qné. es eso de partir?
Creí que va lo sabíais. La esperan en París esla larde.
¿Quién la espei'a?
La sociedad entera de Mad. Belmont. Cuentan con la baronesita..., y conmigo. (A Elisa.) Yo venia á recibir vuestras órdenes, señora.
Pero no me habiais dicho..»
Tenéis razón. Se me habia olvidado... Sí; estoy convidada para esta tarde... (^En i>oz baja.) ¡Ah... ¡Alfredo!
Sí; una comida...
Que haga por escusarse... A mí me hace falta aqui. Mientras no concluya el retrato, no me desprendo del original.
Bien dicho. El retrato se ha de acabar. Eso es muy importante. ¿No es verdad, caballero? Decidla también que se quede. Ayudadnos...
Lo siento en el alma; pero es un convite de etiqueta; está comprometida, y no puede faltar. (De mí no se ha de burlar ninguna coqueta.)
(A Elisa.) No os dejo, no, aunque pese á vuestra sociedad y á todo París. Reclamo el derecho de posesión.
Bien; sí... Ya veremos... Si el señor vuelve á París esta tarde, podrá escusarme...
Permitid...
Sí, sí. Con decir que estáis indispuesta... Si queréis entretanto, Mr. Alfredo, dar una vuelta con Federico... Puede que veáis á las señoras de la quinta inmediata... Os recomiendo á ese muchacho. Es algo tímido...
No tal. Yo le creo capaz de emanciparse por sí mismo sin mucho esfuerzo.
¿Quién sabe... Puede que sí.
Venid pues, interesante novicio.
( ¡Novicio! )
ESCENA VI
(MADAME CARIDAN, MADAME CARIDAN, ELISA.)
Esa partida repentina... Es admirable el celo con que Mr. Alfredo se afana por mortificarnos.
Dejad... Yo voy á hablarle, y espero...
Un momento, querida mia. Ya que he mentado á Mr. Alfredo... quisiera que hablásemos un poco de él.
Alfredo... quisiera que hablásemos un poco de tfl.
(Esforzándose á sonreirse.) ¡A mí de Mr. Alfredo...! ¿Y á qué santo...
Escuchad, Elisa. Soy anciana, y como tal tengo derecho para decir todo lo que siento. — Algunas veces abuso quizá de esta prerogativa; pero si me permitis...
¿Por qué no, amiga mia? Me habéis visto nacer, y debo oiros como á un oráculo.
Por lo mismo que os he. visto nacer, he podido estudiar vuestro carácter, y conozco vuestro corazón. Teneis buena índole, sois amable, sensible...; pero coqueta. (Movimiento de Elisa.) — ¡Coqueta, sí! Es un vicio tan común entre nosotras... Ahora que ningún hombre nos oye, bien lo podemos confesar: todas lo somos poco ó mucho. — ¡Pero cuidado con serlo en demasía! porque pueden resultar desgracias... Como aquella de la Suiza, por ejemplo; aquel duelo entre el conde Eugenio y Mr. D'Offely...
¡Ah! No me recoi'deis...
Peligros hay también de oti"a naturaleza...; menos aparentes, pero tal vez mas terribles. La vanidad, la irreflexión pueden ponernos en la dependencia de uno de .esos hombres del gi-an mundo..., brillantes, pero astutos, egoístas, cortejantes de profesión, que no se acercan á una muger sino para seducirla; que no la seducen sino para perderla. Aquí conozco yo á uno... ¡Oh! muy complaciente, muy donoso, muy fino... pero en su interior todo lo calcula... La condescendencia, la dulzura, la lisonja... son capitales que él pone á usura, por decirlo asi...; y muger habrá que solo por amor propio procure agradarle y crea someterle á su imperio, ¡cuando la incauta está quizá muy próxima á caer en los lazos que tiende á su virtud, á su honor!
(Procurando reprimir su turbación.) Lo pintáis, amiga mia, de tal modo, que me asustáis. — Sí; tenéis razón. Aquella alma seca, helada; aquel aire de mortal ironía...
(Sonriéndose.) El riesgo, por fortuna, no es inminente: ¿verdad? Tenéis talento, sabéis conduciros...; y creo que no os dejareis engañar.
(Procurando sonreirse.) ¡Oh...! No se me alucina á mí tan fácilmente.
Me alegro; porque creía que, sin pensar en ello, le dejabais cobrar demasiado ascendiente...
¡No por cierto! Yo...
El tal Alfredo se os mostraba estos dias tan solícito, tan galante...
No diré que no; mas...
Hoy mismo, hace un instante, venia tan rendido á recibir vuestras órdenes... Elisa- (Riéndose.) ¡Pues... sí, mis órdenes...
Alfredo procura fascinaros, y si hoy no miráis por vos, ¡pudierais llorar mañana! — Esto es lo que tenia que deciros.
Yo os lo agradezco sobremanera.
Supongo que no lo tomareis á mal.
¿Yo? Nada de eso.
Tanto mejor. Asi podré sin miedo reírme de su presunción. — Voy á dar una vuelta á la casa. — Ah, ah..., el tal Alfredo se figuraba... Es un fatuo. (Vase por el foro riéndose.)
(Riendo.) Sí, sí; reiremos las dos... Ah, ah...
(Luego que desaparece Mad. Caridan deja de reir Elisa, y se cubre la cara con ambas manos sollozando.)
ESCENA VII
(ELISA, FEDERICO.)
(Entrando por la izquierda.) Venid, señora; venid, y no permitáis que en vuestro nombre...
¿Qué decís? ¿Qué ocurre?
Ese detestable Mr. Alfredo... (¡Novicio! Esa palabra no me ha pasado de los dientes adentro.) Está dando disposiciones para vuestra partida: pide caballos; hace andar en un pie á todos los criados... Yo le he dicho: "la señora baronesa no trata de marcharse: es cosa acordada; nos lo ha prometido: se queda." — ¡Nada! ¡Ni por esas! Por dicha, vuestra doncella no parece por mas que la buscan, por mas que la llaman... Pero ¿qué veo? Os enjugáis los ojos...
¡Yo! No, Federico. Os aseguro...
Sí, sí; habéis llorado. ¿Tenéis alguna pena...
j Federico...!
Sí; estais pálida, y aun brotan lágrimas de vuestros ojos. — ¡Oh! ¿Podré saber yo la causa de vuestros pesares?
¡Pesares... Verdad es. No falta quien me los dé... y muchos.
¿Quién, señora? ¿Quién? Yo quiero saberlo...; yo lo sabré. — ¡Oh! No temais: seré prudente: no os comprometeré. Buscaré al insolente... Le pediré razón de su conducta... ¡Le mataré!
¡Oh cielo...!
Es un hombre; sí. Yo le diré...
No, no; os engañais...
¿Me engaño...? Pues recordad nuestro convenio. Si yo tuviese penas, solo á vos las confiarla.
Se supone; y yo espero...
Pero con una condición; y es que en pago de mi confianza, he de merecer la vuestra. ¡Qué ventura, Elisa! ¡No haber ningún secreto entre los dos! — Mas para eso... es preciso amarse... ¡Ah! vos me amareis: ¿verdad? ¿Me amareis como yo os amo?
(Sobresaltada.) ¡Federico!
Perdonadme, señora; perdonadme. No os lo diré mas... ¡Pero os amaré siempre! Perdonadme... ¡Os lo pido de rodillas!
¡Oh Dios... Alzad... Yo os perdono...
Pero... ¡Ay, Elisa! ¿Me amáis?
¡Ah...! ¡Por Dios... Bien; sí, sí... ¡pero levantaos! — (Viendo á Alfredo, que atraviesa por el foro observándolos.) ¡Ah!
(Levantándose.) ¿Quién... ¿Qué es eso? (Elisa da algunos pasos para salir. Federico la sigue.)
¡Oh...! ¡No me sigáis! (Vase por la derecha. Alfredo se dirige hácia la izquierda.)
ESCENA VIII
(FEDERICO.)
¡Es él! ¡Tan Quijote... Con ese coram vobis y esa risa sardónica... ¿Mas qué importa? ¡Soy dichoso! Soy amado... ¡amado! Al pensarlo, toda la sangre se me agolpa al corazón. Mi alma quisiera volar al encuentro de la suya. ¡Se unirán! ¿Y quién osará dividirlas? ¡Ah! No hay delicia como el amor... ¡Como el primer amor! Pero... tengo una inquietud que me ahoga. No sé lo que digo, ni lo que quiero, ni... ¡Yo quisiera llorar! Si consigo que me ame siempre, y que ese Alfredo... Él conoce el mundo: es cortesano, brillante, hombre de tono...; y yo ¡pobre de mí...
ESCENA IX
FLORESTÁN, con un librito de memorias en la mano.
(A la puerta por la derecha.) Descuida: se lo daré al momento.
¡Ah! ¡Eres tú!
(Con un fuerte suspiro.) ¡Ah...! Sí.
¡Qué suspiro! Y vienes pálido, azorado... ¿Qué tienes?
¡Ay! He sido atropellado... ¡Oh Virginia!
¡Ah! La camarera... ¿La has hablado? ¿Qué tal te ha ido...
Amigo mió, ¡es un dragón de virtud! ¡Si vieras qué escena... Una hora mortal ha durado. Yo he sido elocuente, amable... He rogado, he porfiado, he interpelado... ¡Tiempo perdido! Por fin, en un acceso de romántica generosidad he prometido... No sé lo que he prometido; pero sé que no la han hecho mella ni mis gracias, ni mis presentes, ni mi fraseologia... Vamos, desde que hay camareras en el mundo no se ha visto igual contumacia.
¡Pobre Florestan!
Vista su temeraria resistencia, no soy dueño de mí, avanzo resuelto..., y ¡paf! me sacude el mas soberano bofeton...
¡Qué dices!
¡Oh sacrilegio!
¡A tí un bofeton!
Sí, á fé. Mi cara es de privilegio.
¿Y qué harás...
Le archivaré con los muchos que llevé cuando estaba en el colegio. Con todo, no sé en qué hubiera parado la fiesta á no haber sido llamada mi desdeñosa; pero nos volveremos á ver, y es preciso que yo averigüe... Lo que es que hay rival en campaña, nadie me lo quita de la cabeza. Estoy que bramo de zelos.
¡Zelos!
¡Oh! Tú no sabes lo que son estos movimientos tumultuosos..., estas intercadentes palpitaciones de un corazón sensible y desordenado. Cuando á uno se le atraviesa la idea de que otro es el que... ¿Tú no has esperimentado nunca...
(Pensativo.) Sí; creo que ya empiezo á...
¡Calla! ¿Será que mi prima... Á propósito. Ya me olvidaba... Toma tu librito de memorias.
(Tomándolo.) ¡Mi librito... Tú te equivocas.
No por cierto. Al volverme con el corazón preñado de despecho y el carrillo echando chispas, he visto á la baronesita que se separaba de Alfredo: me llama; yo me acerco con las orejas gachas temiendo que me hablase de Virginia...; pero nada de eso: me encarga que ponga en tus manos esta cartera, que te has dejado olvidada... no sé dónde.
(Abriéndola.) ¡A mí...
(Mi dulce dueño tiene una mano sacrilega. Apuesto á que tengo la cara todavía como un tomate. — ¡Bueno! Que se vaya, que se quede, no me aparto de ella, y mas que me casque otro sopapo. Esta ya es cuestion de amor propio.)
¡Oh cielo...! (Lee.) "Tranquilizaos. No partiré; pero mañana en el salon... á las nueve... ¡Tengo tantas cosas que deciros... ¡Silencio!"
¿Qué es eso? ¿Hay intríngulis en la cartera?
"¡Silencio...!" Sí, sí; callaré. Seré cauto, seré prudente...— ¡Florestan! ¡Amigo mio! Soy el hombre mas feliz...! Un billete misterioso..., una cita... ¡Es la primera! ¡Oh placer! ¡Elisa! ¡Elisa! (Besa la cartera.)
¡Vamos, vamos! Ya estoy al cabo de la calle... Eres amado, ¿eh?
¡Sí, Florestan! Dígalo este billete... (Mr. de Ramière aparece en el foro, despide á un criado que le acompaña, y se adelanta despacio sin ser visto.)
¡Oh! Prueba feaciente. ¡Una cartita! ¡Ahí es nada...! Á mí nunca me han escrito mis damas... por razones particulares.
(Bajando la voz.) Florestan, nada quiero ocultarte. ¡Soy tan dichoso! ¡La amo tanto! Quisiera decírselo á cuantos veo, y... (Viendo á Mr. de Ramière, que está ya entre los dos.) ¡Ah! ¡Mi padre!
ESCENA X
(Los MISMOS. Mr. de Ramiére.)
Su... ¡Ah! ¡Me ha dado una pavura...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Federico! ¿Asi me recibes? Parece que mi presencia te aflige... le desconcierta...
¡Á mí! ¿Podéis imaginar... Ranií ¿Por qué bajas los ojos?
¡Ah! Padre mió...
Como le coge asi... tan de sopetón...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Tu carta me ha sorprendido. ¿Á qué fin tan larga ausencia? ¡Ocho dias! Y nosotros que nunca nos separamos... Yo he temido alguna desgracia. Como el caballo que montaste es tan fogoso...
El caballo... ¡Cá! No es eso; sino que...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¿Eh? (Mirando á Florestan,)
(Vivamente.) Mi tia me ha recibido con tanta amabilidad...; me ha instado tanto... Y luego, la casualidad de encontrar aquí á un camarada de colegio... ¡Mi amigo Florestan! Tengo el gusto de presentárosle. Es escelente muchacho. Él se ha empeñado tambien en que me quede...
Caballero... (Ahora me adula el bribonzuelo.) JRam» Ah... Muy servidor vuestro. — Y acaso otras personas habrán iniluido... {Observa que Floreslan vuelve la cabeza sonricndose.) ¿Por qué te sonrojas, Federico?. ¿No soy yo tu amigo..., tu confidente? iFlot (¡Este padre es una alhaja!) Mam, ¡Qué turbación...! ¡'Qué inquietud... I ¡Muchacho! ¿Estás por ventura...
(Con viveza.) Muy contento de veros, padre mio.
(Aparte á Mr. de Ramière.) Enamorado. MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(¡Ah!)
Padre, aqui viene la tia. (Aparecen por el foro Mad. Caridan, Elisa y Alfredo.)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Aparte con Florestan.) Enamorado... ¿De quién?
De mi prima...; el ama de Virginia... ¡Chist...
ESCENA XI
(LOS MISMOS, MAD. CARIDAN, ELISA, ALFREDO.)
(Entrando.) ¡Mr. de Ramière...! ¡Vos en mi casa! ¡Qué dicha inesperada...! Ea, pues, olvídense nuestras antiguas rencillas, ¡y seáis mil veces bien venido! ¿Tendré el gusto de que me acompañéis unos dias...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Señora..., Si mi hijo desea...
(Aparte á Alfredo entrando.) No señor; de ninguna manera.
(En voz baja,) ¡Un desaire...! ¡A mí...!
(A Elisa,) Amiga mia, os presento al padre de mi Federico..., á Mr. de Ramiére. Rarn, (friendo d Elisa.) (¡Cielos!)
(¡Qué veo!)
¡Qué sorpresa! ¡Se aumenta mi sociedad... Ahora sí que no dejo partir á nadie.
(¡El conde Eugenio!)
¿Lo oís, Elisa? Me habéis prometido...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(¡Elisa!)
(Turbada.) Perdonad, señora... Perdonad, amiga
Me es absolutamente imposible... Seré muy censurada si fallo á ese convite... Me es forzoso partir; indispensable... Mr. Alfredo, hacedme el favor... Perdonad. —
manda enganchar los caballos.
Al momento; y si hay un ladito para mí en el coche, lo agradeceré.
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Aparte á Florestan.) ¿Es vuestra prima esa señora?
(En voz baja.) Pues; sí... El ama de Virginia. (Vase por el foro.)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(¡Ella! ¡Dios mió!)
(¡Se va! Ese intrigante...) Salgamos á despedir á esta señora... (Todos se dirigen hácia el foro.)
(¡Su padre!)
(¡Me la llevo!)
Padre, esta tarde nos volveremos á París.
Acto segundo
(Salón amueblado con elegancia: una puerta á la derecha y otra á la izquierda en los segundos bastidores: en el foro una chimenea de marmol, sobre la cual habrá una luna de espejo sin estañar, que mira á un jardin: á cada lado de la chimenea una puerta pequeña: hácia el primer bastidor de la derecha una mesa, y á su lado un sillón; sobre esta mesa habrá papeles y periódicos: inmediata al primer bastidor de la izquierda otra mesa cuadrada cubierta por todos lados con un tapete verde que llegue al suelo, y sobre ella una escribanía. El salón estará alfombrado.
ESCENA PRIMERA
(Florestan, y luego Benito. Florestan entra misteriosamente por la puerta izquierda del foro en trage de baile y con clac. Viene pálido y como asustado, y marcha con lentitud.)
¡LjLoi-rible noche! ¡Execrable noche...! Y aun la entrada, tal cual, pero ¿y la salida? ¿Cómo me escapo? ¿Por dónde? Heme aquí coí^ido en ratonera. (Mostrando la puerta de la derecha,) Allí la habitación de mi prima. (Señalando la puerta de la. izquierda,) Enfrente la sala principal, y á su estremo en la antecámara dos lacayos fariseos. {Mostrando la puerta izquierda c/e/ /oro.) Por allá el corredor que va derecho 'al cuarto de Virginia; y no es cosa de volver. Con una basta..., ¡y aun sobra! — ¿Pero quién se habia de figvirar... Desde nuestro regreso del campo parccia que iba humanándose... ¡Sí señor! ¡Los síntomas eran muy favorables! La aprieto la mano al pasar, y se aguanta; me insinúo con piropos significativos, y los ove sin indignación; la envió el lunes unos confortantes y unas ligas de goma elástica..., y i'í'cibp con b?ncvolencia mi agasajo... ¡Pues señor! Eslo es hecho, digo yo pai'a mí. Apresuremos el deseulace. Me escurro pues anoche del baile donde me hallaba con mí prima; vuelvo á casa, y en vez de dirigirme á mi tugurio, piso tercero, me cuelo en el principal sabiendo que Virginia espera á su ama; desfilo por el corredor, y penetro en el dormitorio de la fámula con los ojos centellantes v el clac en facha como quien ya cantaba victoria, y... ¡oh cielos! en vez de una suave tórtola, me encuentro con una arpía. Quiero avanzar, y llora, gime, gruñe, me tira las chanclas, y me amenaza con alaridos espantosos pidiendo socorro. Suena en eslo la campanilla. ¡Es mi prima que vuelve del baile! No hay medio de escapar; ¡y la virtud de Virginia erre que erre! ¡Oh! Es la Lucrecia de este barrio... Probablemente la única. No ha habido mas remedio que pasar galantemente la noche en ese corredor enti'e dos puertas. (Tose-) Estoy yerto, estoy abismado; no hay hueso que me quiera bien. ¡Lo menos que tengo encima es la gn'ppe — Probaré á ver si puedo sin ser visto... (Escuchando.) Siento ir y venir... ¡Imposible...! j Ah! Virginia me ha hablado de una puertecilla á esotra parte... (F'a d la puerta derecha del foro.) Esta sin duda ha de ser... ¡Cerrada! (Ojese una campanilla.') I Ah! La campanilla... {Retrocede hacia la mesa del tapete.) Si me encuentran solo aqui, con este trage, y tan malparado, tan cariacontecido... (Otro golpe de campanilla mas fuerte.) ¡Oh! Esa campanilla me desorganiza el sistema nervioso. Jíen, (Dentro por la izquierda.) ¡Virginia!
¡Dios poderoso! (Se acerca con prontitud junto á la mesa.)
(A la puerta de la izquierda.) ¡Virginia! La señora llama. (Preséntase Virginia por la puerta izquierda del foro. Florestan se esconde debajo de la mesa.)
ESCENA II
(Florestan escondido. Elisa, que entra por la derecha. Los CRIADOS.)
(Con un ramo de flores y una carta en la mano.) ¿Qué es esto? ¿Nadie acude cuando yo llamo? (A Virginia.) ¡Ah... Creí que aun estabais durmiendo. Id á mi tocador y esperadme alli. (Virginia entra en la habitación de Elisa.)
(Asomando la cabeza.) ¡Oh Virginia!
(A Benito.) ¿Quién ha traído esto?
¿Esas flores?
(Tirando el ramo sobre la mesa del tapete.) ¡Eh! No te hablo de eso. ¿Qué me importa... (¡Otra espresion de su parte! ¡Siempre él! ¡Siempre... ¡Ese hombre me matará!)
Mr. Alfredo es el que...
Bien, bien. Pero esta carta... ¿quién os la ha entregado?
Un criado desconocido y sin librea. Se ha ido sin esperar respuesta.
Es particular... (Va á irse Benito.) Espera, Benito. (Se detiene el criado.) ¿Quién me escribirá... Veamos. (Lee.) "Un amigo antiguo os ruega que le oigáis á solas un momento en esta misma mañana. No le negueis esta gracia, pues tiene derecho á vuestra compasion." — ¡Y no hay firma! Hoy quiere hablarme... No es posible. Son mis dias; tengo convidados... y por cierto que me van á fastidiar de lo lindo. — Pero me habla de compasion... Podré acaso hacer algún bien, y esto me consolará. Benito.
Señora.
Es regular que vuelvan por la respuesta. Introducirás á quien sea (Mostrando la puerta derecha del foro.) por aquella puerta... llamando primero. — ¿Oyes? Ha pasado un carruage.
(Mirando por la luna de la chimenea.) Es un tilburí: de él se apea Mr. Federico con un ramo de flores en la mano.
( ¡Federico... )
(Sacando medio cuerpo.) Me vuelvo al corredor...
(Benito se vuelve hácia el proscenio, y Florestan torna á esconderse.)
Anda: di que no estoy. (F'ase Benito.) ¡Oh! No
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Valor, Elisa! — Pero el pobre Federico... Viene con su ramo... ¡Ah! ¿Y aquel? (Corre á tomar el que está sobre la mesa.) ¡Siempre temer! ¡Siempre engañar... ¡Ah! ¡Cuánto aflige esto... cuando ama el corazón!
(Dentro.) ¡Eh! Sí tal. Eso no se entiende conmigo. Ya sabe que yo...
¡Ah! (Levanta el tapete y echa el ramo bajo la mesa viendo entrar á Federico.)
ESCENA III
(Florestan escondido. Federico. Elisa. Federico viste un elegante negligé. Su aire es ya mas desembarazado, pero viene inquieto y fatigado.)
(Con el ramo en la mano.) Perdonad, señora baronesa. He forzado la consigna.
(Con alguna severidad.) ¿No advertis que podría enojarme con razón?
¡No, por Dios, señora! ¡Soy tan desgraciado... ¡Esa desventura sola me faltaba!
Pues ¿cómo... ¿Qué. tenéis... Esa palidez, ese abatimiento...
Nada; no es nada... Me siento un poco desazonado...
Siendo asi, ¿por qué habéis salido de casa?
Por veros, Elisa; por traeros este ramillete... Como debíais recibir el mio antes que otro alguno... Yo soy el primero; ¿no es verdad?
(Tomándole.) Sí por cierto. Es hermoso. Están casadas las flores con mucho gusto.
¿De veras?
(Sale con tiento de debajo de la mesa.) Descoyuntado estoy, vive Dios. (Pasa de puntillas á la puerta izquierda del foro, y vase por ella.)
Supongo que le llevareis prendido... ¡Este solo! Me lo tenéis prometido. jElisum (Con ternura,) Cumpliré mi palabra. {Suena la puerta por donde ha salido Florcslan.) — ¡Ah!
¿Qué es eso?
Nada. Esa puerta... No es nada. (Pone el ramo sobre la chimenea, y prosigue muy cariñosa.) Pero vos, amigo mio, ¿qué teniais anoche en el baile? Tan triste, tan caviloso...
Seré franco. De solo pensar que habiais sido convidada por Mr. Alfredo... me puse de muy mal humor... Ya me iba á retirar, cuando le vi dirigirse á la pieza de juego; le seguí, y á pesar de que pretende echármela de Mentor, jugué contra él. Como es tan vanidoso, derramaba oro sobre la mesa con un desden y una frescura que me enfurecieron. Yo no tenia oro, pero jugaba sobre mi palabra...
¡Imprudente!
El juego es fatal manía. Le odio; bien lo sabe Dios. Ni yo con el jugaría, que opuestos somos los dos; pero con gusto perdía, porque asi le detenía, señora, lejos de vos.
(Tomándole la mano.) Pero eso es una calaverada, criatura... Y tengo entendido que en ese punto no pecasteis anoche por primera vez.
¡Qué! ¿Me reprenderéis porque procuro brillar como esa turba de jóvenes que me rodea? ¿Como ese Alfredo... ¡Criatura me llamais! ¡Ojalá lo hubiera sido siempre! Cuando lo fui me amaba Elisa, y ahora...
¡Ingrato! ¿Y vos me amais por ventura? (Bajando la voz.) ¡Vos, que no ha mucho pasasteis la noche en una orgía, entre libertinos...
¡Oh Dios! ¿Sabéis...
Lo sé todo.
¿Y quién es el infame que os ha dicho... Perdonadme. No me atrevo á alzar los ojos...; pero mi escusa está en mi propio corazón... Jamas he amado sino á vos, Elisa; ¡á vos sola! Ardiendo en un amor exacerbado por la esperanza, por una esperanza cuyo término dichoso no logro alcanzar... ¿Qué os diré, señora? Enardecida mi imaginación..., trastornado mi juicio... ¡Ah! ¡Nunca me perdonareis!
(Dándole la mano.) ¿Qué mas quereis..., si os amo todavía...? ¡Y vos no podeis dudarlo!
(Besando enagenado la mano de Elisa.) ¡Elisa...! Pero los continuos obsequios de ese Alfredo...; su aire imperioso...
¿Todavía? ¿No os he dicho que median relaciones de familia; que administra mis bienes con inteligencia y con celo... Será ya por poco tiempo, pero... aun no me atrevo á romper con él... (¡Ah! ¡Cuánto lo deseo!)
¡Si hubierais oido con qué insolencia decía ayer: "Si una muger me sacrificase á mi rival, me vengaría de ella deshonrándola, y el amante dichoso..., ¡moriría á mis manos!"
¿Eso dijo...? (¡Ah! Sí; ¡le mataría!)
Es un petulante sin delicadeza, que se mofa del honor de las mugeres... y acaso también del de los hombres. Juzgad cuál será mi suplicio al considerar que le soy deudor...
¿Por qué no habeis acudido á vuestros amigos..., á,...
(Interrumpiéndola.) ¡Elisa! Yo he querido confesárselo todo á la única persona de quien me es lícito recibir favores de esta especie; ¡á mi padre! Pero no me he atrevido.
(Conmovida.) Pues ¡qué! ¿tan severo es vuestro padre?
¡Oh! No creais que es un censor adusto para mí. A mi lado depone la autoridad de padre, me trata con la cordial franqueza de un amigo, y aunque tiene cuarenta años, mis gustos son los suyos, y mis placeres le regocijan. Sin la menor revelacion ni súplica de mi parte, me ha triplicado las asistencias. Aun no me basta: he contraido deudas... ¿Cómo satisfacerlas? No sabia qué decirle; no osaba mirarle cara á cara... Pues para probaros hasta qué punto es bondadoso para conmigo, sabed que anoche al volver á casa hallé sobre la mesa todas mis cuentas pagadas.
¡Escelente hombre! (Con encogimiento.) ¿Y... no le habeis hablado nunca... de mí?
Nunca, y es cosa que no me puedo perdonar. ¡Ocultarle mis secretos; mi amor..., un amor en que cifro todo mi orgullo! No me he portado en esto como buen hijo. ¡Oh! Lo sabrá... He formado un proyecto... Pero es preciso que antes merezca vuestra aprobacion.
¿Qué proyecto? ¿Qué quereis decirme...
Vais á decidir de mi suerte y de la vuestra... Escuchad...
(Anunciando.) Mr. Alfredo de Luzzi.
(¡Siempre él! Y ahora... ¡qué bochorno! Los cien luises que le debo...)
ESCENA IV
(ALFREDO, ELISA, FEDERICO.)
¡Ah... Señora baronesa, me habéis de perdonar si... {f'iendo á Federico.) ¡Mr. Federico! ¡Es cosa rara! Lo mismo en París que en el campo siempre encuentro á este caballerito á vuestro lado cuando yo llego.
Ya; es que siempre llegáis cuando yo estoy.
Baronesita, muy buena estrella es la de Mr. Federico, que os encuentra en casa, cuando de algún tiempo á esta parte, jamas tengo yo esa dicha.
(A Elisa aparte.) Despedidle: tengo que hablaros... indispensablemente.
Mr. Alfredo, no esperaba yo que tan de mañana...
Perdonad, señora. Deseaba saber si aquel recadito...
(Vivamente.) Sí, sí: le he recibido. Os doy mil gracias.
(En voz baja.) Entre las flores venia un billete. ¿Le habeis leido?
(Mirando á la mesa.) ¡Un billete...
Mr. Federico, estoy muy quejoso de vos. ¡Qué diablo... No urgía tanto... Ya nos hubiéramos visto. Este placer lo tenemos muy á menudo: ya lo veis.
( ¡Demasiado! )
Me tratais como á un desconocido, como á un hebreo. Los cien miserables luises que os gané anoche no valían la pena... ¿Por qué os habeis dado tanta prisa á remitírmelos? Como si yo no pudiera esperar...
(Mirando á Elisa.) Caballero, yo... Ese dinero...
Yo que al levantarme veo entrar á un criado con la librea de vuestro padre... Creí que era olra cosa...
(Ah, ya comprendo...)
(¡Mi padre...)
Otra vez no seáis tan ejecutivo: tratadme como á un amigo..., que asi os trato yo. (^En voz baja á Elisa.) Haced que se vaya.
Gracias por tanta atencion. (A Elisa en voz baja.) Una palabra...; ¡una sola palabra!
(Con cortedad.) Disimuladme, señores... Yo no os esperaba hasta la hora de comer...
(¡Asi: clarito! No me iré yo el primero.)
(¿S^ comprenderá la indirecta el colegial? Yo, perenne.)
Siento sobremanera... pero tengo que ir á mi tocador... (Se oye llamar á la puerta derecha del foro.)
Han llamado.
Sí; á aquella puerlerilla.
Con efecto... Ya sé lo que es. He recibido una carta... Desean verme á solas.
¿A solas?
¿Lo habéis otorgado?
¿Por qué no? Imploran mi compasión...
Algún desgraciado...
Algún petardista... {Llaman olra vez.) Puesto que lo deseáis, sola os dejo, señora. (No me alejaré mucho.)
(En voz baja d Elisa.) Me retiro, pero luego... (Por la misma puerta... ) y4lf. (A la puerta de la izquierda.) No permitiré...
¡Oh! Vos primero...
(¡Qué martirio! Esto no es vivir.)
ESCENA V
(Elisa. Mr. de Ramicke.)
(Sola.) ¡Ah! El billete tic esi; liombic... {Saca el ramillete de debajo de la mesa y lo regislra. ) lien, (Abriendo la puertecilla,) Aíjiii, caljallero. (Entra Mr. de Rami'erc.)
(Dejando sobre la mesa el ramillete.) ¡Cielo... ¡Vos! (A Benito.) Déjanos. Vete. (Vase Benito.)
(¡Oh meniorias de amargura...)
¡Vos en mi casa, señor... y como suplicante! Jiam, ¿Cómo qtiereis que se presente, señora, un padre que viene á pediros su hijo?
Señor conde..»
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
A eso vengo, señora; y á no mediar tan poderoso motivo, bien conocereis que nunca pisaria yo esos umbrales; nunca me aventuraria á veros, á oiros..., para despertar fatales recuerdos; para abrir dolorosas heridas.
¡Ah! Sí... ¡Yo os creo!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Federico estaba aqui. No me lo neguéis. Aqui viene á todas horas; aqui se ciega, se precipita, se pierde... ¡Volvédmele, señora!
¡Qué lenguaje! ¿Tan baja opinion os merezco que os juzgais autorizado á despreciarme? ¿Soy yo acaso una muger perdida... para que un padre venga aqui, á mi casa, á pedirme imperiosamente su hijo?
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Señora, si esto es un ultraje, ¿no habeis podido vos prevenirle? ¡Sojuzgar el inocente corazon de mi Federico! ¡Encadenarle á vuestros pies! ¿No habeis temido que indignado su padre os recordase...
¡Piedad, señor conde, piedad! Cuando le vi por primera vez era un niño, y yo no os conocía. Después... cuando de improviso os vi aparecer y él os nombró..., yo me estremecí, temblé... ¡y la imagen de lo pasado se alzó delante de mis ojos... horrible..., sangrienta...! Yo quise huir del padre que me traía á la memoria tantos infortunios, y del hijo que tal vez me preparaba otros nupvo.s... Pero Federico me seguía como una sombra, j me agobiaba con su amor...; y yo acaso no debía rehusarle mi amistad... siquiera por el nombre que lleva. Han). ¡Amistad,..! ¡Oh! Ya conozco esa funesta amistad que exalta á los hombres, y los alucina..., jy lo» mata!
¡Señor...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Con agitación reprimida.) Escuchadme, Elisa. Yo he sido muy desventurado...; lo soy todavía... Todos mis males son obra vuestra... No os los echo en cara, señora; no os vengo á acusar de ellos. ¡No! Gracias al cielo, mi corazon está ya en calma...; quiere estarlo... Pero, jóven todavía, uno solo me quedaba de aquellos bienes que halagaban mi existencia, que embellecian mi porvenir; uno solo que me servia de consuelo en la pérdida de los demás: ¡mi hijo! Por él he vivido; por él no renunciaba todavía á la felicidad en este mundo...; ¡y tambien quereis arrebatarme este único bien, esta última esperanza!
¡Oh Dios mío! Yo os juro...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Federico os ama, y vos también... {Movimiento de Elisa.) Sí, vos le amáis... Como amiga, como dama... ¿Qué importa? Poco se necesita para trastornar la cabera de muchacho de diez y ocho años, y para incendiar su inesperto corazón. Ya lo veis; abandona su carrera; empieza á desconocer los buenos principios en que ha sido educado; y, lo que es mas, he perdido aquella ingenua y afectuosa confianza con que me bacía partícipe de todos sus deseos, de todas sus sensaciones. Yo no podia ver esto con indiferencia. El cariño de padre me movia á mirar con indulgencia ciertas faltas que la edad lleva consigo... Pero no se trata ya de una muchachada sin consecuencia, de un capricho pasagero, ¡sino dp una pasión en mal hora engendrada, de un amor Irene tico que le arranca de mis biazos para ari'ojai'le seducido á vuestros pies!
(Con dignidad.) ¡Conde de Ramiere...!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Ah! Perdón... La desgracia me ha hecho injusto. Sois coqueta, sois poco reflexiva... pero vuestro corazon era puro, y las virtudes que yo respetaba..., que debo, y quiero todavía respetar en vos... son las que cautivan el corazon de mi Federico. Os ama con toda la violencia de una pasion que enardece la esperanza y emponzoñaria el infortunio: os ama como un insensato, como un fanático...; ¡como yo os amaba cuatro años ha! Paréceme que fue ayer. ¡Oh! Y á mí no me escusaban los años; pero romper aquel encanto era empresa superior á mis fuerzas. Olvidé mis deberes por vivir á vuestras plantas, por extasiarme en vuestros ojos, por embriagarme de vuestras dulces palabras. Para mí ya no habia amigos, ni hijo, ni patria. ¡Erais tan bella! ¡Derramabais sobre el alma mia tantas y tan halagüeñas esperanzas...! ¿Lo recordais, Elisa? Yo era feliz cuanto puede serlo un hombre; no cabia en mí de orgullo; me parecía que habia vuelto á los veinte años. ¡Día de gloria inefable! ¡Sueño celeste! Y al despertar... ¡sangre!
(^Dando un grilo.) ¡Ah!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Doleos de mi hijo! ¡Que no despierte como su padre! Romped esa cadena en la cual es imposible la felicidad.
(Con fuego.) ¿Y si yo le amase...! ¿si este amor fuese mi suplicio..., mi espiacion...!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Tambien me amasteis á mí! ¡Y jurasteis ser mia...! ¡Y debisteis, y pudisteis serlo! ¿Olvidais vuestros juramentos? Pero un capricho de muger lo cambió todo. Vuestra perfidia me dió un rival y me llevó al trance de combatir con él, de herirle... Erais muy jóven entonces, erais una niña; lo sé... ¿Pero qué son cuatro años mas? ¿Y creeis que yo, cuando debo desvelarme por la felicidad de mi hijo, podria consentir...
¡Ah! ¡Con qué crueldad os vengais de mí! Vos no sabeis... Pero hablad, disponed, señor conde... ¿Qué exigís de mí?
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¿Qué exijo? Que os apiaden mis ruegos..., ¡mis lágrimas! Servios del mismo imperio que tiraniza á Federico para arrancar de su corazón el amor que le consume, para estirpar su loca esperanza. ¡Volvedme mi bien, mi vida, mi hijo!
¿Y creeis vos que eso está en mi mano? (Reprimiéndose.) Pero sí; yo os lo prometo: yo misma romperé ese nudo halagüeño...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Asi lo espero de vuestra bondad.
¡Os obedeceré! Si mi locura laceró en otro tiempo ese corazon tierno y generoso..., (Llorando.) hoy rasgaré el mio por complaceros.
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Oh Dios! ¿Qué tenéis...
¿Qué os importa? ¡Ya no podéis ver mis lágrimas, ya no podéis comprender mi dolor!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Vuestro dolor! ¿Y el mio...? ¿Tuvisteis lástima de él? ¿Qué impresion hizo en vuestra alma el despecho del infeliz que os adoraba, y que hoy mismo al veros de nuevo... (Recobrándose.) ¡Ah! Yo creí tener mas calma y mas valor. — A Dios, señora. Aun os veré otra vez; aqui, dentro de poco... para saber mi suerte. ¡Mirad que no me alejo de vos! ¡Ah! Me volvereis mi hijo. A este precio todo lo olvido, Elisa; callo... y perdono.
Señor...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡A Dios! (Se detiene en la puerta por donde entró; Elisa está cerca de él y la dice con dulzura.) ¡Por Dios que me le volvais!
(Vase; Elisa da un paso hacia su habitación, y cae en una silla junto d la chimenea, cubriéndose el rostro con el pañuelo,)
ESCENA VI
(FLORESTÁN, ALFREDO, ELISA.)
(^Abriendo la puerta de la izquierda sin entrar,) Ya no se oye hablar... Bien puedo...
(Abriendo la puerta del corredor.) ¡Nadie! ¿A ver si ahora me puedo largar... (Va á salir precipitado, y tropieza con Alfredo, que entra.)
¿Qué viene á ser esto? (Elisa los mira sorprendida.)
¡Un hombre! ¡Voto á... Permitid...
(Asiéndole.) Sepamos qué objeto... ¡Calle! ¡Es Mr. Florestan!
( Heme aqui pillado infraganti, como decían en el colegio Estanislao.)
Y en trage de baile todavía... Parece que desde anoche...
(Poniéndole la mano en la boca.) ¡Chit... ¡Ni una palabra mas! Entre hombres... ¿Eh? Haceos cargo...
(^Elisa se levanta»)
¡Cómo... ¿Será posible... (Eso ya pasaria de castaño oscuro.)
¡Eh... Ya veo que comprendéis... Aventuras... Me voy á acostar. Buenas noches.
(Deteniéndole.') No. Deteneos. Yo lo exijo.
(Acercándose.') Y yo también.
(¡Cielos, mi prima í ¡Qué situación... tan perpleja! )
(Picado,') Perdonad, seíiora. Me retiro. Aqui hay algún... misterio, y no debo yo...
Misterio... Ya se ve que lo hay; para mí, a lo menos.— Pero Mr. Florestan tendrá la complacencia de declararnos cómo y por qué ha entrado en mi casa esta noche.
No te acalores, prima. Aqui me trajo una bagatela...; ó si se quiere, una tontería... (Aunque dijese una bestialidad no iba descaminado.)
Lo de la tontería no me parece inverosímil; pero de todos modos, vuestra conducta es equívoca, haciéndoos mucho favor.
Sí; bien puede ser que haya habido algo de equivocación; pero no es tan atroz mi delito que...
Con esas palabiMS preñadas no os justificáis.
Cuando os digo que yo... Pero ¡por Dios que ya soy demasiado complaciente en responderos! Yo no tengo que daros cjienta de mis acciones.
¡Oiga! Mucho levantáis el tono, amiguilo.
Mi tono es de una estatura regular, amigazo.
¡Señores... Aqui sola yo puedo pedir esplicaciones. (En voz baja á Alfredo.) Sola yo: ¿lo entendeis? Y escusaos de tomar por mí ese interes... que ya me fatiga.
(En voz baja.) Bien: asi me gusta. Ya empezamos á entendernos.
Respóndeme, Florestan. ¿Qué hacías aqui? Fio, ( ¡Oh malhadada doncella!) y^lf. (En acto de irse,jr sonriéndose.) Mi presencia impide tal vez...
¡No! Quedaos. ( A Florestan. ) Acabemos* Responde. Fio, Ya que es forzoso...; ya que no hay otro arbitrio para salir de la ratonera en que me ha metido una pasión exorbitante, yo te diré, prima... ¡Pero á tí sola! (^Alfredo se aparta, toma un periódico j?ee.)
¡Oh! i Acabaré yo de saber... Fio, (^Bajando la voz.) Todo lo sabrás... Y no sé cómo ya no adivinas, siendo tan agudas..
Habla claro. Yo no gusto de enigmas.
(¡Ciudadano mas comprometido que yo...!)
Vamos á ver...
Pues señor..., ya que es forzoso cantar de plano, has de saber que todo se reduce á un error..., á una trabacuenta... ó mas bien, á una majadería, hija de un corazon sensible... ¡ay! acaso en demasía: de un corazon que ha dado en la flaqueza de amar... de idolatrar al bello sexo... de cuyo sexo es parte integrante una camarera; vulgo, doncella de labor. A la luz de un ciego amor penetro en un corredor. Camino... Mi rumbo era hácia una puerta vidriera. Tropiezo; me descalabro casi, casi... Por fin, abro... Mas ¡ay! la pasion me engaña. Mi adorado iman ¡me araña! — Mira que soy yo, maldita, la digo: y blasfema, y grita... Su furor me da tal miedo que desisto y retrocedo, y con zapatito y clac paso la noche al vivac. — Ya sabes toda la historia...; y aqui paz, y despues gloria.
Bien eslá. {Tira del cordón de la campanilla, jf saca una bolsa de un cofrecillo que habrá sobre la chimenea.)
(Pues ícííor, ¡la hemos hecho buena!)
Vaya; ¿estamos ya confesados?
Soy culpable, pero te juro, prima mía, que mi delicadeza... (Entra Benito.')
Acércate. Toma. Darás este bolsillo á Virginia, y dila que inmediatamente se vaya de mi ca'sa.
(Innióí'il.) (¡Qué catástrofe!) ¡Cómo... ¿Con que... ¡Vaya, vaya! Con que Virginia... (Con risa falsa.) Ah, ah, ah. ¡Pobre muchacho... (Se acerca para tomar la mano de Elisa, y ella la retira rápidamente.) Hasta luego... (Mirando á Florestan.) Ah, ah, ah... Lo siento en el alma, querido.» ¡Por Dios que la aventura ha sido deliciosa!
(Dando carcajadas.) ¡Ah, ah, ah... Sí, deliciosa... (Vase Alfredo.) ¡Malos demonios te lleven!
ESCENA VII
(FLORESTAN. ELISA. MR. DE RAMIÈRE.)
(Mirando hácia la puerta por donde acaba de salir Alfredo.) ¡Qué insolencia! ¡Ah! Yo tendré valor... ¡aunque supiera perderme!
Pero, prima, considera que un coi'azon combustible...
¡Imbécil! Mi enojo no es contra tí.
Es que... Hablemos en plata. Despedir á Virginia es una injusticia, un absurdo, una abominación. No es la virtud lo, que le falta á esa criatura. Al contrarío: ¡demasiada tiene la infeliz!
¡Eh...! ¿Quieres dejarme en paz? (Mr. de Ramière entra por donde antes.)
¡Señora! ¡Mi hijo... Le he visto. Me sigue... Va á entrar...
(¡Mr. de Ramière! ¿Por dónde se nos ha aparecido?)
¿Decís, señor conde...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Ahí está... ¡No olvidéis vuestra promesa!
Bien; sí señor; sí... Retiraos... Puedes irte, Florestan.
Estoy en eso..., pero sepa yo antes que la suerte de Virginia...
Mi resolución es irrevocable. Se irá. (Se dirige á la puerta derecha del foro.)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Venid, caballero...
(Entre dientes.) ¡Qué arbitrariedad! Ser tan cruel para los otros, cuando ella...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Prestando atención.) (¿Qué dice ese hombre?)
Pero volveré, y plantaré delante de sus ojos el bílletito de Alfredo; el que venia entre las flores con que rae azotó la cara. Ya veremos...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(¿Qué dice...? Un billete de Mr. Alfredo...)
(Volviendo.) Aqui está. — ¡Idos... idos!
Hasta mas tarde, inflexible prima. {Vase por la izquierda.)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Siguiendo á Florestan.) No me separo de él.
ESCENA VIII
(ELISA, FEDERICO.)
¿Estáis sola?
Ya lo veis.
Perdonad... Me pareció que alguien subia precipitadamente por la escalera delante de mí.
Cierto. No os engañabais. En este momento sale de aqui.
¿Cómo... ¡Y esa turbación... ¿Quién era?
¡Vuestro padre!
¡Mi padre en vuestra casa! ¿Os ha visto? ¡Ah, cuánto me alegro...
¡Os alegráis!
¿No he de alegrarme? Ahora que os conoce, que os ha visto tan bella, tan apacible, tan interesante..., tendré mas aliento para declararle mi amor, mis proyectos, mis esperanzas...
¡Desventurado! Guardaos bien de hacerlo.
¿Por qué decis eso? — ¿Os ha hablado de mí?
¡Sí; de vos! Me pide cuenta de su hijo; me quiere obligar á desesperarle, á echarle de mi casa..., ¡á no volver á verle jamas!
(Consternado.) ¿Eso ha exigido de vos! ¡Ah...! ¿Qué habeis respondido?
¡He prometido obedecer!
¡Elisa! ¿Habéis tenido corazón para tanto...? ¡Oh! no; no puedo creerlo.
¡Ah, Federico...! Vuesti'O padre suplicaba..., mandaba...
¡Mandaba...! ¿Y vos no le habeis dicho que os amo; que este amor es mi ventura, mi vida? ¿No le habeis dicho que perderos sería mi muerte, mi condenacion? ¡No! Nada le habeis dicho. Muda, helada... ¡no habeis arrancado del corazon un ruego, una lágrima, un ay que enterneciera su alma! ¡Desterrarme de vuestros ojos! ¡Ah... señora!
¡Federico! ¡Federico...! Recobraos; tened valor..., y no seáis injusto para con vuestro padre.
¡Suya es la injusticia! ¡Tratarme como un esclavo..., como á un niño...! ¡Y qué! ¿no respondeis...? ¡volveis los ojos... ¡Oh! ¡Nunca, nunca me habeis amado! ¡Me engañabais, Elisa!
¡Ah...! No lo creeis asi, Federico. Sabeis que os amo..., y yo no me avergüenzo de confesarlo. Desde el dia en que os vi en casa de vuestra tia, no sé lo que ha pasado en mi alma. Vuestro candor, vuestra edad tan cercana á la mia..., aquellos dulcísimos recuerdos que con tanta ternura me pintó vuestro labio..., engendraron en mi corazon un afecto que nunca habia yo sentido, ¡nunca! Sí; yo amaba por la primera vez... ¡como vos! ¡Ah! ¿Por qué os educaron tan lejos del mundo? ¿Por qué volvisteis tan tarde á aquella quinta? ¡Tan tarde!
¡Señora...
Desde ese dia... ¡Sea mi testigo el cielo; séanlo mis lágrimas...; sedlo vos, Federico! Desde ese dia solo á vos he amado, solo á vos; ¡como á un amigo, como á un hermano! Considerad cuánta habrá sido mi amargura cuando vuestro padre ha venido á reclamaros de mí, ¡y á acusarme de haberos perdido! ¡Federico... ¿No me justificará vuestro corazon?
.-Elisa!
Vos me fnfiinflircis valor» S¡asi vuestro bien •« labra f yo campliré mi palabra..., aunque muera de dolor. ; Ah! Pues de tin padre el amor con el mió os arrebato, hciid mi vista y mi trato, recobrad vuestro sosiego, olvidadme: yo os lo ruego... j mas no me culpéis, ingrato!
Basta. Mi suerte está decidida. — Siempre solitario, triste, zeloso..., ya no puedo soportar este martirio; ya no puedo vivir asi. ¡Elisa! Vos sereis mia. Sereis mi esposa.
;Yo! ¿Pero no reflexionáis...
No. Ya lo habia resuelto. Os lo venia á proponer. Se lo diré á mi padre...
¡No, por Dios, Federico!
¡Y decis que me amais! ¡Y decis que vuestros votos son los mios! ¡Oh! Miradme, Elisa; Elisa mia...; ¡esposa mia! ¡Si supierais... Desde que esa idea ha entrado en mi pecho, no puedo reprimir mi alegría. ¡Estoy loco...! ¿Consentís, Elisa? ¡Decidme que sí... y esa palabra me elevará al trono de los ángeles!
¡Ah... pobre de mí... No me hableis de esa manera,
Yo no os debo responder...; yo no os debo escuchar. No me quitéis el valor de que tanto necesito. Ese porvenir que tan halagüeño os pinta la imaginación, sería un manantial de prsares..., de infortunios tal vez... El mundo culparla nuestro enlace; vuestro padre también...
¡Eh! ¿Qué me importa el mundo? — Y mi padre... ¿Qué razón tiene para ser tan cruel conmigo? Hablad, Elisa; dadme el sí que imploro; y á trueque de ser vuestro, todo lo arrostraré; sí, todo... hasta la oposición de mi padre. (Ve á su padre que entra por la izquierda, y oye las últimas palabras.) ¡Ah! (Mr. de Ramière mira á Elisa: ésta baja los ojos, y mostrando á Federico con la mano da á entender que no le ha podido persuadir: vase por la izquierda lentamente, y vuelve la cabeza antes de desaparecer.)
ESCENA IX
(MvL. J>B Ramiére. Federico.)
¿Todo, Federico...? ¡Hasta la oposición de tu padre...! (Con ternura, acercándose á él.) ¡Tu padre! (Federico le toma la mano sin mirarle,) No te atreves á mirarle! ¡Temes sonrojarle a su aspecto!
¡Sonrojarme...! ¡Oh! No. ¡Jamas! lianí, ¡Ya no merezco tu confianza!
Sí, padre mió. Ahora iba á buscaros... para deciros..., para deciros...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¿Qué ibas á decirme? Acaba.
(Con resolucion.) Que amo á Mad. D'Offely, que soy correspondido; y en fin... que quiero casarme con ella.
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Casarte con ella! ¿Y ella lo consiente?
¡Padre...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¿Y tú has imaginado que tu padre lo consentiría?
Sí señor, porque ¿cómo ha de oponerse á mi dicha un padre tan bondadoso? ¡Un padre que siempre fue mi mas tierno amigo!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Sí, Federico; dices la verdad: siempre fui tu amigo. Enviudé siendo muy jóven todavía, y desde entonces juré vivir para tí; juré consagrar á tí solo el resto de mi existencia. Te eduqué á mi lado; mis ojos te veían crecer, y prefería al brillo, á los placeres del mundo, aquellos tus inocentes juegos, en que, como otro niño, tomaba parte embelesado. Mas adelante, advertía con paternal orgullo los progresos de tu inteligencia, que habia yo preparado; tus triunfos, que eran obra mia. No alimentaba mi alma otra ambicion que la de asegurar un bello porvenir ¡á mi amigo, á mi alumno, á mi hijo! Ese porvenir era el mio, y la idea de otro casamiento, jamas... ¡Ah! Sí; una vez..., una sola vez..., hace cuatro años... ¡Oh! ¡Yo creí que el cielo me habia ya castigado bastante!
¡Padí'P mió...!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Y cuando ya tocaba el término de mis votos, de mis deseos cuando me gozaba, contemplando que esa vida, yedra amorosa de la mia, es tan bella, tan lozana, tan rica de amables dones y de risueñas esperanzas; cuando por ganar tu corazon todo lo he sacrificado..., ¡tú me afliges, me abandonas, me dejas solo y sin consuelo en la tierra...! Renuncias á tu carrera, á tus esperanzas..., á mi amor, para vivir entre gente ociosa y corrompida, para iniciarte en la perniciosa escuela del lujo y de los vicios! Yo veo marchitarse, caer una á una, como las hojas de una agostada flor, todas las bellas cualidades que me afané por sembrar en tu alma. Tú no osas mirarme sin rubor; te guardas de mí, y yo, sin tú saberlo, reparo tus faltas, que otros me revelan; ¡no tú! ¡Yo me veo reducido á rastrear tus secretos á los pies de una coqueta! ¿Y presumes que he de permitir yo, niño inconsiderado, que en los lazos de una muger frívola y fementida perezca tu porvenir, y se consuma miserablemente tu existencia? ¡No! Tu ingratitud me dará la muerte; pero sancionar yo tu desventura... ¡Jamas!
(Con halago.) Padre mio, yo no he olvidado ni podré olvidar mientras viva vuestros beneficios; pero... si no temiera agraviaros..., diria que en este momento sois injusto para conmigo, para con ella y para con vos mismo. Volved en vos: no me condeneis... No nos separaremos de vuestro lado. Seremos dos para amaros.
¡Aparta! ¡No!
Ya la habéis visto, padre mió. ¡Es tan bella...! Si supierais cuan amable es, cuántas prendas... Harii, La conozco hace dias.
¡Ah...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
La conozco; sí. ¡Tú no sabes que es una peligrosa Sirena, y que sus halagos son precursores de lágrimas y desastres! Sabe que yo tambien...
¡Vos...
(Conteniéndose.) Sí; yo... tuve un amigo que la amaba; que se creía amado de ella..., porque le habia prometido ser suya. Pero mediaba un rival..., amado también; mas dichoso quizá... Este rival recibió una estocada..., y luego se casó Elisa con él para dar fin á la novela.
(Admirado.) ¡Ah... Tal vez el otro era algun mala cabeza...
No. Un hombre de houor... que tenia doble edad que ella.
(Con ligereza.) ¡Oh! Siendo asi, Elisa solo hubiera podido amarle como á un padre. Yo soy jóven; y no espero tener zelos, porque seré muy feliz.
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¿Pero crees tú que eres solo...
¡En su corazón! Estoy seguro de ello.
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¿Tú lo crees? ¿Y si ella te engañase? ¿Y si amase á otro? ¿Y si te estuviera burlando infamemente?
¡Oh! no. ¡No es posible...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¿No es posible? Pues yo te probaré... Es un secreto que deberia respetar; esperaba poderlo hacer asi, pero, ya que no hay otro medio de salvarte... (Dándole un papel.) Toma. Lee.
(Mirándole.) ¡Ah padre... ¡Un billete... (Va á abrirle, se detiene y le aja con ira.)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¿No le abres?
No me atrevo... Tiemblo... (Mirando alternativamente el papel y á su padre.) Elisa... Padre, ¿de dónde os ha venido este papel?
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¿Qué te importa saber eso? — Léelo.
(Abriéndole.) ¡Un billete...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Mostrándole la fecha.) Es de esta mañana.
Sí, sí... (Leyendo.) «Mi amada Elisa...» (Hablando.) ¡Ah... ¡No es de ella!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Prosigue.
(Leyendo.) «Mi amada Elisa, ahí va mi ramillete. Él os recordará la promesa que me hicisteis anoche en el baile, de despedir al escolar...» (Se detiene y mira á su padre.) «La promesa que me hicisteis...»
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
El escolar..., eres...
(Vivamente.) Acabemos. (Lee.) «Ya sé que es demasiado simple... para darme cuidado; pero tratad de eliminarle, si quereis evitar una campanada que os perdería...»
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Que la perdería...!
(Sofocado.) A este precio, amor y silencio. — Alfredo." (Con risa forzada.) ¡Alfredo...! Ya... Sí... Ella le habia prometido... y su reserva..., su... (Se echa sollozando en los brazos de su padre.) ¡Ah, padre mio!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Federico! ¡Amigo mio! ¡Hijo mio! Vuelve en tí. Eso es horrible..., infame... Comprendo cuál será tu dolor... No fue menos el mio... ¡Ven, ven, hijo del alma! ¡Vive tu padre! Yo te consolaré... Siento pasos... ¡Sé hombre, Federico!
Sí, sí... Pedid el coche. Partamos; pero dentro de un instante... Yo no puedo... ¡Ah, padre! (Lleno de amargura se deja caer en un sillon.)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Al momento... Abajo están mis criados... (Vase por la puertecilla derecha del foro.)
ESCENA X
(ALFREDO, FLORESTÁN, FEDERICO.)
Pues señor, he resuelto comer aqui por varias razones: la primera, porque aqui se come divinamente; la segunda, porque tengo que ajustar una cuentecilla... (Tentándose los bolsillos.) ¡No le encuentro ¡¿Qué habré yo hecho de ese maldito billete... ¡Calla! ¿Qué hace ahí Federico?
(Entrando.) ¡Ah... No se ha presentado aun mi señora la baronesa...
(Levantándose.) (¡El es!)
¡Chico! ¿Qué tienes? ¡Válgame Dios, y qué pálido estás... ¿Quién... Mr, Federico...
(Acercándose á Alfredo.) ¿Qué me queréis, señor mió?
Yo... Celebraré que no sea cosa de cuidado...
Sois un insolente.
¡Caballero...
¡Muchacho! ¿Estás en tu juicio?
Un insolente; sí..., y, aunque soy escolar, podria yo daros una lección.
¡A mí...
(En voz baja.) (¡Temerario...!) Caballeros, vamos, vamos; eso...
(Con desdeñosa frialdad.) ¡Una lección... Estoy pronto, Mr. Federico. Hace tiempo que deseo recibirla de vos.
¡Pero hombre... armar ahora una de populo bárbaro...
(Acercándose á Alfredo.) ¿Qué hora? ¿Qué arma? ¿Qué sitio?
A las diez: florete: puerta de Auteuil...
Alli os esperaré.
(En voz baja.) Mira que es un tirador...
(Viendo á su padre, que llega.) ¡Silencio!
(^Después de observar á los tres torna la rnano de)
y le dice en voz baja.) ¿A qué hoi'a?
¡Padre...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Del mismo modo.) ¿A qué hora? (Hesitacion de Federico.) ¿A qué hora?
A las diez.
ESCENA XI
(Los mismos. Elisa, vestida de etiqueta. Aparece un criado en el foro con una servilleta bajo el brazo.)
Mil perdones, caballeros. Os he hecho esperar...
(Dirige una mirada á Federico.)
Llegais muy oportunamente, señora baronesa, porque vienen á anunciaros que estais servida.
Señores, cuando gustéis... Pero advierto en esas caras... ¿Ha ocurrido algo...
(Sonriéndose.) Nada, señora...; nada.
(Aparte á Elisa.) Tengo que hablarte, prima. (Elisa le mira.) Despues, despues de comer. Los negocios son primero.
(Con desenfado y alegria.) ¡Alegrémonos! ¡Gocemos... El dia lo exige. El placer es la gloria. (Ofrece la mano á Elisa.)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(En voz baja á Elisa.) ¡Dia de gloria..., sueño celeste; y al despertar... ¡sangre!
(Rehusando la mano de Alfredo y dando un grito de terror.) ¡Ah! (Mira con inquietud á Mr. de Ramière y á Federico. Cae el telon.)
Acto tercero
(Sala bien amueblada, aunque con algun desorden, como habitación de un soltero. Dos floretes colgados; un sofá en el foro: á la derecha, en el primer bastidor, una chimenea, y en el segundo la puerta que guia al gabinete y al dormitorio de Florestan: en el foro, á la izquierda del sofá, la puerta que da al recibimiento: á la izquierda, frente á la chimenea, una poltrona. Estampas, una péndola, una guitarra, mesa revuelta con papeles, tintero, algun libro, un cajon de cigarros &c.)
ESCENA PRIMERA
(Fi.oREST.\N. Alejo. ^l levantarse el telón suena fuertemente una campanilla,)
\\y Xuc\\diC\\o.;\ (Desde su alcoba.) ¡Alejo! (5t/<'na mu/ fuerte la campanilla,) ¡Espere quien sea...! ¡Mnchacho...! (^Aparece acabando de ponerse una bata, rameada. Lleva gorro griego, chinelas encarnadas y camisa de color, sin corbata.) ¿Hay quien me haga el obsequio de decirme dónde para mi criado Alejo? {Otro campanilla zo.) ¡Dale,..! ¡Ya van...! Vamos; ya abre; ¡loado sea Dios! ¡Ese bigardo es todavía mas perezoso
(|ue yo! {Entra Alejo.) ¡Haragán!)
Vengo de un recado...
No es eso lo que quiero saber, sino quién llamaba.
Benito, el criado del cuarto principal. Venia á avisar que la señora baronesa os espera esta mañana temprano.
Mi prima... Ya sé; querrá hablarme de ese duelo de mis pecados... ¡Ah! Dime: ¿has ido allá abajo...
¿A casa de mademoiselle Virginia? Sí señor: de allí vengo ahora. Por cierto que hay una legua de camino; ¡y qué calle! ¡y piso sesto!
¡Ángel de Dios... — Dame un cigarro. — ¡Sed virtuosas, oh hijas de Eva, para vegetar en sesto piso, conversando familiarmente con los vencejos!
(^Dándole el cigarro.) Alli la ha recogido su prima la encagera...
¿Qn^ hacia Virginia?
Cuando entré se estaba levantando...
¡Profano! ¿Osas le verla en paños menores?
¡Ah señor... La pobrecilla me saludó con una tempestad de lágrimas...
Siempre son tempestuosas sus salutaciones. ¡Es admirable fenómeno cómo lloran las mugeres en general, y Virginia en particular!
La he dicho que la señora baronesa cediendo á vuestras súplicas consiente en volverla á recibir.
¡Qué buena es mi prima! Ya se ve, como yo la he hablado al alma... Virginia estará muy contenta, ¿eh?
No señor: al contrario. Rehusa...
¡Bravo! Esa chica se ha propuesto rehusar á diestro y á siniestro.
Dice que vos la habéis comprometido...
¿Qué es eso de comprometer... (Co/i vanagloria,, mudando de tono,) Yo no diré que en cierto modo... si olla lo toma á pechos... Sí, sí: lo que es compromiso...
(No es cosa de confiar á un criado que ha habido calabazas y pescozones.)
Dice que su decoro no la permite volver á esa casa..., que no hay mas que una persona en el mundo á quien ella pueda pedir asilo...; y que esta persona sois vos.
¡Yo! ¡Pues estamos aviados! Amarla, adorarla..., cuanto quiera. Y celebro en el alma que cuente con mi protección. Eso es de buen agüero. Pero tanto como darla hospitalidad...
(Observándole con afliccion.) (¡A Dios! No la va á recibir... ¡Nuestro gozo en un pozo!)
Ya la habrás dicho lií que eso es imposible...
Es que... ella dice que vos debeis reparar...
¡Ehf ¿Qué dices' Yo iio leugo nada que if parar ¡Eso faltaba! _(Su amor es mi delicia; pero os una injusliria que al prójimo se embrome haciéndole paf^ar lo que no come. Que mude la sentencia, y obremos en conciencia. Vuélvame mis abrazos, y yo la volveré sus arañazos.)_ Supongo que aunque haya dicho esa tontería, no vendrá...
Sí señor; ¡vaya! Esta mañana sin falta. Yo la dejé haciendo el atillo...
¡Misericordia divina...! ¡Pero eso es apeai-se por las orejas!; Tenia mas que estarse en su guardillón esa mal aconsejada moza? Yo ii'ia á visitarla, como está en el orden; pero encajárseme aqui, donde todo bicho la conoce; dar un cuarto al pregonero... ¡Eso es lo mas incoherente y estraparlamenfario... Que preparen el desayuno.
¿Para dos?
¡Hem... ¡Ah! Sí... ¡Voto á... Ya se ve; si viene... preciso será que coma el bien de mi vida.
(¡Ahí La recibe... ¡Somos felices!) ¿Qué queréis que mande hacer...
Para mí lo de costumbre: para Virginia..., algún plato suculento..., y delicado... Lengua de vaca con salsa de piñones. Dame esa guitarra.
Tomad. (Le da la guitarra, y vase.)
(Repantigándose en la poltrona.) Virginia en mi casa! Aqui... ¡L'na rauger...! Esta va á ser la página mas vohipluosa de mi ida. Y si no lucra por las consecuencias..., vo que para bajá valgo lo que peso, no obstante mi afición al vino de Bui'deos... {Puntea maquinalmente la guitarra.) Pero yo me conozco. Sov también estúpidamente sensible; y una de dos, ó mi dulce libertad de soltero..., ó la moral piiblica corren peligro con el desafuero que provecía esa desventurada. ¡Oh! Y es capaz de venir; porque esas virtudes de los arrabales son tan emprendedoras una \ez lanzadas en la palestra del escáncalo... (5uena la campanilla,) ¡Dios de los e)¿r« cites! ¡Ella es! ¡Siento unos calosfrios...
(Anunciando.) Mr. Federico de Ramière.
ESCENA II
(Federico con levita y corbata negra, FtoaESTAic.)
; Ah! ¡Es Federico!
(A Alejo,) No dejéis entrar á nadie. (Vase Alejo,) Buenos dias, Florestan.
(Riéndose.) Ah, ah... Me tenia ya tragado que eras Virginia.
(Aplicando el oido.) Temo que me hayan visto.» que sigan mis pasos...
¿No sabes lo que me pasa? Va á venir aqui... hoy..., á casa de tu amigo..., de tu pecador amigo. De veras. Palabra de honor.
(Sin atenderle,) Florestan, vengo á pedirte «n favor.
¡Un favor! Dos si quieres. Yo siempre soy buen camarada, servicial..., como en el colegio Estanislao, cuando me prestabas dinero... Siéntate, hombre.
Gracias. Me voy al momento. Aqui estoy sofocado.
(Mirándole.) En efecto. Parece que no estás muy católico... ¿Quieres fumar un cigarro?
¡Eh... No.
Mal hecho. Todo el mundo fuma, y ello..., será mal tono, pero es buen género.
¡Silencio... Me parece que oigo... No; nada... ¿Sabes que me voy á batir?
Sí; y por cierto que esa bestialidad es superior á cuantas yo pude hacer en el colegio Estanislao.
Yo no vengo á pedirte consejo, sino un favor. Necesito un padrino: tú lo serás. Cuento contigo.
¡Conmigo! ¡Bien! Asi me pruebas tu antigua amistad... (Dándole la mono,) No le puedo servir.
¡Cómo! ¿No quieres...
¡Escucha, hombre! Yo sov un espadachín masque decente. Mas te diré. El arle de la esgrima es lo unífo que lip aprendido tal cual. (Mostrando los floretes»') Ahí cslaii mis llóreles que no me dejarán menlir. Verdad es que esta habilidad es absolutamente supérUua para quien se dedica á cortejar camareras. Mas me valdría ser diestro y vigoroso en el pugilato. Pero voy á decirte... Mr. Alfredo rae ha rogado que sea su padrino.
Eso es diferente. Buscaré pues á otro...
Espera... (Deteniéndole.) Yo rehusaré... Mi prima me lo ha mandado.
¡Elisa....'
Sí. Anoche después de comer... Tú habias desaparecido antes con el rostro pálido, y los ojos encendidos: mi prima te buscaba por todas partes; estaba muy agitada, lloraba como una Magdalena; y tanto, que no tuve valor de hablarla acerca de una carlita... que se me ha traspapelado; á no ser que tu padr.', que ayer mañana salió tras de mí del cuarlo de mi prima...
j Ah... Una carta... ¿La leisle? Asi... por encima... ¿No has oido tú hablar de ella?
No... Nada...
¡Pues mejor para tí! En fin, mi prima estaba muy apesadumbrada, y yo creo que esto hubo de escitar las fibras de su sensibilidad..., porque, sin hacerse de rogar, me otorgó el perdón de Virginia..., víctima deplorable de un amor sin resultado; pero con la espresa condicion de que la ayudaria á impedir...
(Sin oírle, y aplicando el oido hacia In puerta.) Alguien viene... Oigo pasos...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Dentro.) Aqui eslá, os digo; aqui está.
¡Mi padre! Eslo es lo que yo temia.
¿Tu padre? ¡Tanto mejor!
(Dentro.) Me engañáis. Yo entraré...
¡Ah...! Pronto... Me escapo... por tu alcoba... (Va á irse, y entra su padre.)
ESCENA III
(LOS PRECEDENTES, "M R, MONSIEUR DE RAMIÈRE.)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Federico! No me engañé.
(Deteniéndose.) ¡Padre mio!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Abrazándole.) ¡Hijo mió! ¡Federico! ¡Qucrias huir de mí!
No señor. Os aseguro...
(Aparte á Mr. de Ramiere.) ¡Sí tal; sí tal! Iba á buscar una cosa... aqoi dentro...- Vuelvo al instante.
(Aparte á Mr. de Ramière.) ¡Ojo avizor, que hay otra puerta...
{Lanzándose entre la puerta de la derecha j Federico.) ¡Ah! ¡Federico!
Permitidme, señores... voy á ponerme mas decente... Estoy hecho una vision. (Haremos llamar á la prima...) Hasta luego. (Vase por la derecha.)
ESCENA IV
(Federico. Mr. de Ramiere.)
(Queriendo seguir d FloreStan.) Perdonad, padre..-.
¡No! No saldrás sino conmigo. ¡Tú no puedes imaginar cuál ha sido mi tormento esta mañana..., cuando al levantarme ron el alba... ¡En toda la noche había pegado los ojos! Aplicaba incesantemente el oido; nada
Creía que aun estabas en la óama; corro á tit cuarto... ¡Nadie! ¡No sé cómo entonces no caí muerto! ¡Cruel! ¡Sustraerse de ese modo á mi vigilancia! ¡Ah! No me engañaban mis presentimientos... ¡Al fin te vuelvo á ver! Ya no te escaparás. ¡No te dejo un solo instanle!
Pero padre, ¿no consideráis... que mi deber...
Tu deber es oirme, obedecerme. ¡No te batirás!
¡Y sois vos quien me habla asi! ¡Vos que tantas veces me habéis recomendado los principios de honor...
¡De honor... ¿Hay honor acaso en batirse con un hombre vil... por una coqueta despreciable?
¡Elisa... ¡Oh¿padre mió! No digáis eso de ella. Ha cometido errores; lo confieso; mas no creo todavía...
¡Cómo! ¿Aun será tanta tu debilidad...
Sí, sí: lo creo lodo..., y vuelo á vengarme. Alfredo no me esperará...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¿Qué dices?
Mas yo debo ir por mi honor, por el vuestro. Ayer mismo habló de vos en casa de la baronesa con tan poco miramiento, que á no haber sido por ella...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Me insultó! ¡Ah! ¡Pluguiera á Dios que fuese verdad! — Pero á tí... ¡te mataria! Maneja las armas con una destreza infernal: lo sé. Yo conozco á esos matones sin valor, á esos duelistas de profesión... ¡Te mataria! Para ellos el combatir es un placer, un oficio, si dan con jóven novicio, que solo sabe... ¡morir! ¿Y habremos de consentir que hagan de su infamia alarde? ¿Y es justo que se les guarde del honor el noble fuero...? ¡Oh! no; que no es caballero un asesino cobarde.
Pero padre, ¿qué dirán de mí...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Digo que no irás. No lo permitiré.
Mirad que yo soy quien le provoqué; que yo le pedí la hora, el lugar... ¿Cómo he de faltar á la cita? Donde quiera que me encontrase tendría derecho para afrentarme. ¡Y queréis que yo abrace una carrera en la cual el honor es la vida! Si rehuso ese lance, dirán que tengo miedo; ¡y queréis que yo ciña una espada!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
No, no dirán eso los hombres sensatos... Pero... ¡Ah! ¡Qué horroroso recuerdo atormenta ahora mi corazón! Cuando armado yo mismo por la falsedad de esa muger... ¡Oh Federico! Aquel desdichado de quien ayer te hablaba..., aquel incauto engañado, vendido por Elisa..., ¡fui yo!
¡Oh cielo...! ¡Vos, vos, padre mio... ¡Pero el duelo se consumó! — Decidme, oh padre: ¿si después de haber retado á vuestro rival... os hubieran aconsejado la fuga, la deshonra...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Oh! ¡Jamas! ¡Jamas!
Pues bien...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Pero tranquiliza al menos mi espíritu. Dime que puedes lidiar con ese hombre... ¡y volver á mis ojos! Pruébame que sabes manejar una espada...
¡Yo...! Sí señor. Aprendí...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Sí; en el colegio..., como todo lo que aprenden los niños: cuatro dibujos... y nada de provecho. (Viendo los floretes, y tomándolos.) ¡Ah! Veamos... Toma, toma ese florete. Ensayemos...
(Tomando el florete.) ¡Cómo! ¿Queréis que yo...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Sí; sí... Vamos; en guardia... No te dé cuidado... Vamos, hijo mio... Quiero ver lo que sabes.
Por tranquilizaros lo haré, padre...; ¿pero me dejareis partir?
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Sí; con tal de que me toques... Vamos; en guardia. (Cruzan los floretes y figuran un combate.) ¡Bien... ¡Bien... Mas inclinado el cuerpo... ¡Atras...! ¡Asi...! No; ¡tú vacilas, Federico! ¡Firme! Avanza ahora... ¡Ánimo...! ¡Desdichado! ¡Que te pierdes! ¡No retrocedas...!
No, padre...; no...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Vamos; ¡no tengas miedo... ¡Estocada! ¡Vamos ahora... (Haciendo saltar el florete de Federico.) (¡Ah...! ¡Es perdido!)
ESCENA V
(LOS MISMOS, ELISA, FLORESTÁN.)
(A la puerta de la izquierda.) ¡Qué oigo! Esas voces...
(A la puerta de la derecha, ya vestido.) Aqui se baten...
¡Elisa...!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Dejando el florete.) Señora, señora... Vos que teneis la culpa... ¡Venid...
(Sospecho que están tocados de la cabeza todos los individuos de esta familia.)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(En voz baja á Elisa.) Ayudadme á salvarle. Si se bate ¡es muerto!
¡Batirse! ¿Quién... ¡Federico!»
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Mudando de tono.) Es forzoso. Yo no me puedo oponer á ello.
¡Padre...
¿Qué decis, Federico?
¡Vamos á ver!
(Acercándose á Federico.) Lo único que yo exijo es que me permita dirigirle, porque su inexperiencia... ¿Dónde están tus armas?
¿Mis armas...? No tengo...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Bien. Yo me encargo de buscártelas.
¡Qué! ¿Vos queréis... (Mr. de Ramière la aprieta la mano sin ser visto.)
(¡Cuando digo que están locos...)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(A Elisa aparte.) Entretenedle. — (A Federico.) ¿Y tu padrino? Mi padrino...
(Mirando á Elisa.) Yo me he negado...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Mirando el reloj.) Bien. Eso corre de mi cuenta.
¡Cómo! ¿Queréis tomar sobre vos...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Bajo á Florestan.) Las señas de Mr. Alfredo. ¿Eh...?
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(A Federico.) A las diez es la cita... Son las nueve y media... (Bajo á Florestan.) ¿Dónde vive... (En voz baja.) Calle de San Lázaro, número 10.
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Tu causa es la mia. A Dios. (A Elisa al oído.) Si le detenéis, le salvo. (A Federico.) El ensayo me ha satisfecho. No te creí tan hábil. Nada temas. Vuelvo pronto. (En voz baja.) ¡Por Dios, Elisa... (A Federico.) Soy contigo. (Si ahora entra Virginia la logramos. Acecharé en el portal...) Os dejo solos por un momento.
¿Pero adonde vais, padre? Yo...
Vuelvo al instante. Tenemos tiempo.
ESCENA VI
(FEDERICO, ELISA.)
(¿Cómo haré para detenerle? ¡Amor, inspírame!)
(¿Qué proyecto será el suyo? Acompañarme al duelo... ¡Él! ¡Mi padre... No le esperaré.) (Hace un movimiento para irse, y le detiene Elisa.)
¿Dónde vais, Mr. Federico? Oídme un instante.
¡Qué, señora! ¿Sois vos la que me quiere detenei...
Esa voz, esa mirada me anuncian que no me concedéis tal derecho, pero... ¡Oh Federico! Hablad... Desde ayer estais... He oido hablar de una reyerta en mi casa, de un duelo, de una cita... Todos me lo aseguran; y aun no me determino á creerlo. ¡Vos un desafío...! ¿Y por qué?
¿Por qué...? ¡Vos me lo preguntáis! Elisa» Sí. Decidme, os i'uego...
Por vengarme, señora, de un insolente que me disputa vuestro corazón...; ¡de vos, que le amais! ¡Dios mio! ¡Yo amar á Alfredo...! ¡Cuando le detesto... aun mas de lo que os amo á vos!
(Sacando el billete del acto segundo.) ¡Vos le detestais! ¿Y esta carta, señora? ¿Y esta carta...? Tomad. ¿La conocéis? (Tomándola.) Esta carta...
¿Quién la ha escrito? ¿A quién se dirige?
A mí..., sí; á mí; pero yo no la he recibido. Yo no sé lo que contiene: os lo afirmo. (La abre.)
¿Qué importa eso, si la carta es para vos? Su lenguaje es el de un amante favorecido... ¡á quien yo debía ser sacrificado!
(Leyendo.) ¡Hombre infame!
Infame, vil... ¿Pero qué digo? Si él tiene derechos... los puede reclamar. No sois vos quien tiene motivo para quejarse, sino yo. Mia es la queja; ¡mia debe ser la venganza! Ni podéis amar á dos, ni sufrir rivales puedo. ¡Antes me arrebate Alfredo la vida... que fue de vos!
No. ¡Deteneos...! ¡Ay Dios...! Si juzgáis que os ofendí, odiadme, y no un frenesí de veros feliz me prive. Quien ya para mí no vive... no debe morir por mí.
¿Queréis acaso que yo viva para ser vil ludibrio de un hombre execrable... Antes de una hora sabréis que uno de los dos ha muerto. (Va á partir; Elisa da un grito, y le detiene cayendo á sus pies.)
¡Ah Federico!
(Cerca de la puerta.) ¡Dejadme!
¿Sangre... ¡Ah! ¡Caería gota á gota sobre mi corazón!
(Con esfuerzo.) Dejadme... ¡Vos me engañabais!
(Levantándose, y acercándole al proscenio.) ¡No, Federico! ¿Qué queréis que diga? ¿Qué queréis que haga...? Siempre os he amado: os lo juro..., ¡como os amo ahora!
Pero ¡esta carta...
¿Podía yo acaso impedir que me la escribiese...? Ese hombre me solicita..., está zeloso... ¿Cómo evitar...
Pero... ¿Cómo os trata con tanta familiaridad?
Su audacia... (Federico hace un movimiento.) ¡Oh! ¡Deteneos! Estoy tranquila: nada temo... (¡Estoy muerta!) (Lee.) "Mi amada Elisa..." — ¡Fátuo! — "Ahí va mi ramillete." — ¡Buen caso hice yo de su ramillete! ¿Me lo prendí por ventura? — "Él os recordará la promesa..." — ¡Mentira! Nada le habia yo prometido.
(Señalando en la carta con el dedo.) "Si queréis evitar una campanada que os perdería..." ¿Qué quiere decir esto?
¿Qué sé yo? Para perder á una infeliz muger poco necesita un hombre perverso y corrompido. Le basta producir una sospecha... ¿Y qué mucho cuando por una simple carta..., que ni siquiera he recibido, vos me acusáis; ¡vos, ingrato! ¡Ah! Vos no sabréis jamas cuánto he sufrido por vos; vos no comprendéis que este horrible tormento es la mayor expiación para el alma de una muger. Si tanto amor no consigue acrisolar la mia, si aun no es digna de vos,... ¡fuerza es morir!
(Tomando la carta de mano de Elisa.) Basta. Vos me habéis dicho que me amais. Si yo lo dudase, cometeria una vileza en volver á veros; pero este niño que Alfredo desprecia, este escolar sería un hombre con bastante energía para olvidaros, y con sobrado valor para tomar venganza de él. — Hablad. Solo á vos os quiero creer. ¿No sois culpable? ¿No me habéis engañado? ¿No me habéis escarnecido? Responded.
(Sollozando.) ¡Oh! ¡Jamas!
¿Ni en este momento me engañais tampoco? ¡Responded! ¿Habéis dado pie á Mr. Alfredo para que os escriba esta insolente carta?
¡No! ¡No!
(Rasgando la carta.) No hablemos mas de ella. ¡Yo os creo! Tengo necesidad de creeros.
(¡Perdonadme, Dios mio, perdonadme...! Debo salvarle.)
Ahora, yo veré á ese infame...
¡Federico! ¡Ah! Quedaos... Ya le he castigado yo...
Yo también le escribí..., pero fue para prohibirle que vuelva á presentarse á mis ojos; para decirle que le desprecio, y que no me intimida su despecho...
¡Qué! ¿Ya no le veré en vuestra casa, á vuestro lado... ¿No hay ya esperanza para él? ¿Yo solo reinaré en tu corazón? ¡Oh, Elisa! Eso redobla mi valor. ¡La victoria es mia!
¡Por piedad...
No temas, prenda querida. Soy dichoso, soy amado... Si me viese despreciado no defendiera mi vida; mas la esperanza perdida renace halagüeña en mí. Vuelo y vencedor..., ¡ah, sí!, vencedor he de volver. Para tí vivo... ¡Oh placer! — Debo ya triunfar por tí. (Va á tomar el sombrero.)
¡Desgraciado...! ¿Y vuestro padre?
ESCENA VII
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
FLORESTAN, que á las últimas palabras entra sin ser visto.
(En voz baja á Elisa.) Mr. Alfredo...
¡Ah...
¿Qué?
Nada..., nada.
Abajo está. Pregunta por mí.
Con tal de que no sepa...
¿No podré saber...
(^Interrumpiéndole.') ¿Vais á salir?
Sí, Elisa... ¡Valor! Confiad en mí.
Bien... Ya que es forzoso... Tendré valor... ¿Pero no os despedís siquiera de vuestro padre...
¡Mi padre... {^Se apercibe de una seña que hace Elisa á Florestan.)
(Impuesto en la seña.) Sí; un billete... dos letras... Ahí en mi gabinelito... Sobre la mesa hay recado de escribir.
(Yendo á la puerta de la derecha.) (¡Ah... esa resignación repentina...)
Entra, y en un santiamén...
Os espero...
Sí; al instante. {Entra en el cuarto de Florestan, y este cierra al momento la puerta.)
(friendo d Alfredo.) (¡Cielos!)
(¡Si viene un minuto antes...)
ESCENA VIII
(ALFREDO, ELISA, FLORESTÁN.)
(Alfredo se detiene en el foro. Elisa, como si no le viera, se vuelve sonriendo hacia Florestan.)
Sí, primo; eso es lo que tenia que decirte: no he venido á otra cosa. La tal Virginia se dejó decir ayer al salir de mi casa que ejerce sobre tí un imperio absoluto.
(Admirado.) ¿Cómo imperio... (¿Creerá esta que nadie nos oye?)
¡Vaya; poquito engreida está ella... Se propone gobernarte como á un chiquillo, y lograr que seas... ¿qué sé yo? (Riéndose.) Su marido tal vez.
¡Su marido! Esas ya son palabras mayores.
Mira lo que haces, porque... la chanza sería pesada.
Te ríes, y no echas de ver que yo me estremezco y me horripilo.
Yo ya te he prevenido: ahora tú...
¿Pero es posible...
No me puedo detener, Á Dios... (Fingiendo ver á Alfredo.) Caballero...
Perdonad, señora.,.
(¡Cáspita! No entrará aquí si yo puedo.)
Mr. Florestan, ¿puedo contar con vos para un asunto...
Gracias. Aprecio mucho vuestra atención..., pero no puedo. Estoy seriamente ocupado. (¡Su marido! Es que... será muy capaz...)
(Deteniendo á Elisa, que se iba.) Señora, os ruego... Hacéis mal en no acompañarme, Mr. Florestan. Se trata de una diversión...
Estimando, caballero mio. Ahora me veo comprometido... á almorzar; y despues... (á buscar á aquella desesperada.) (Vase por la puerta del foro.)
(A Alfredo.) Vámonos de aqui...
ESCENA IX
(ALFREDO, ELISA.)
No os deis tanta prisa; os lo suplico... Ya veis que no me está bien el bajar á vuestra casa. Me lo habéis prohibido, y yo soy muy obediente.
(Sin quitar la vista de la puerta de la derecha durante esta escena.) Os lo agradeceré mucho.
He recibido vuestra carta... ¡Perfectamente! Un destierro en forma; pero tan cortés, tan atento... ¡Pedírmelo por favor... ¡Es mucha fineza!
¡Oh... Hablad mas bajo.
¿Por qué? Parece que me tenéis miedo..., y eso es hacerme una injuria. Ya se ve, han dado en decir que soy un mal hombre, y vos sin duda lo habéis creido. Confieso que no cederia tan fácilmente el campo á un rival...; á un amante quiero decir: confieso que me vengaría de él..., y de vos. Pero un marido... Eso ya es otra cosa.
¡Alfredo...
Aun es muy joven; pero una vez que consentís en darle vuestra mano, os doy mil gracias por haber prevenido mis deseos... y celebraré en el alma que Dios bendiga vuestro matrimonio. (Yéndose)
(Siguiéndole hasta la puerta.) Asi lo espero. (Volviendo á la escena.) ¡Ah! Ya puedo respirar.
(Volviendo.) Se me olvidaba. Me habéis pedido vuestras cartas...
(Sobresaltada.) ¡Hablad mas bajo!
(¡Mas bajo...!) (En alta voz.) Me permitereis que no os las vuelva. ¡Son tan interesantes...! Pero podéis quedaros con las mias.
¡Ah, en nombre de vuestro honor os lo ruego! ¡Volvédmelas!
(Poniéndose la mano en el pecho.) Aqui las llevo. Si recibo el golpe mortal...
¿Qué decis...? Ese combate no se verificará. Vos renunciareis...
De ninguna manera. He sido provocado...
¡Ah! Yo os lo suplico... Os lo suplico de rodillas...
(Va á arrodillarse; aparece Mr. de Ramiere, y sale rápidamente á su encuentro.)
ESCENA X
(ALFREDO, ELISA, MR, MONSIEUR DE RAMIÈRE, LUEGO ALEJO.)
(Él es. No me han engañado.)
¡Ah...
¡Mr. de Ramiére!
Señora... (En voz baja.) ¿Y mi hijo?
(Indicando la puerta de la derecha.) Alli... alli...
{A Alfredo bajando la voz.) Vengo de vuestra casa, caballero.
¿De mi casa?
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Sí; deseaba ver cómo me repetíais cara á cara las lindezas con que me habéis favorecido en mi ausencia.
No sé si alguna vez me he acordado del santo de vuestro nombre. (Elisa los observa apartada.)
Hablad mas quedo.
(¡Calle! Tampoco este buen señor quiere escandalizar la vecindad. ¿A qué viene tanto misterio?)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Parece que en casa de esa señora y delante de mi hijo aventurasteis ayer ciertas espresiones respecto de mí...
Necedades que yo debería despreciar, como desprecio al que las dijo.
¡Caballero...
Pero no estoy de ese humor, y será fuerza que me deis la debida satisfacción, ó diré que sois un villano.
(Elisa se acerca poco d poco.)
¿Vos también? ¡Bravo... Ya nos veremos, puesto que tenéis gusto en ello, pero hasta mas tarde...
Permitidme... Tengo otra cita...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Mi ofensa fue la primera; mi venganza lo será también.
No os haré esperar mucho. Dentro de media hora...
Dentro de media hora... ó vos ó yo habremos existido. Seguidme...
(Entra.) Abajo hay un sugeto que pregunta por Mr. Alfredo de Luzzi...
Alfredo de Luzzi...
¿Por mí?
Dice que tiene prisa. (Vase.)
¡Ah... Mis armas sin duda... Dije que las esperaba aqui... Caballero, estoy pronto á serviros. Esperaré... (Saludando á Elisa.) Señora..., ¡infinitas gracias! (Vase.)
Ya os sigo.
ESCENA XI
(MR, MONSIEUR DE RAMIÈRE, ELISA, ALEJO.)
¡Vos le seguis! ¡Vos!
¡Silencio...! Federico no se batirá.
jDios mió! ¿Qué vais á hacer?
¡salv;u)p!
Pero vos... ¡ah! No. Ni vos, ni él... En ese cuarto está. Os escribe... Nada ha escuchado...; ¡nada! (Bajando la voz.) No partireis... Yo os detendré..., y él me ayudará si es forzoso.
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Mirad que le perdéis... Salvad al hijo, señora... ¡Basta con el padre!
¡Oh cielo!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Dejadme...
(Lanzándose á la puerta de la derecha.) ¡Federico! (Entra.)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Yéndose.) ¡Y partir... sin abrazarle... sin decirle á Dios...
(Dentro, dando un grito.) ¡Ah! (Vuelve á la escena, pálida, desesperada.) ¡Salió! ¡Salió! (Tirando del cordón de la campanilla, que estará sobre el sofá, lo arranca.)
)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¿Qué decis? ¡Mi hijo... (Entra corriendo en la habitación de la derecha.)
¡Ya no está! (Llega Alejo.)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Volviendo.) ¡Mi Federico...! Corramos...
(A Alejo.) Mr. Federico... ¿Dónde está? ¿Adonde ha ido?
Señora..., salió por la alcoba de mi amo... Él es el que llamaba á Mr. Alfredo... Ha desaparecido con él llevándoselo con violencia...
¡Miserable! ¡Y no dijiste...
Me prohibió Mr. Federico...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¿Pero adonde... adonde han ido...
No lo sé. Se han ido precipitadamente..., llevándose á la fuerza á Mr. Florestan...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Infeliz de mí! ¡Se baten..., y no lo he podido evitar!
¡Ah! ¡Por mí..., por mí! ¡Dios mió...!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Sí; por vos..., como en otro tiempo Mr. D'Offely..., como yo... ¡Feliz si entonces hubiera muerto! — (A Alejo.) ¿Pero no habéis oído, no habéis observado qué dirección llevan...
No señor. (Vase.)
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Las fuerzas me abandonan... ¡Yo muero! {Déjase caer en el sofá.)
Yo había creído... Yo esperaba... ¡Me ha engañado! — Pero... volverá. ¡Oh! Sí... ¡Decidme que volverá!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Con voz ahogada.) ¡Oh! ¿Qué os importa á vos? j A vos, por quien le es odioso el mundo y su padre mismo! ¡A vos, que le habéis hecho demasiado infeliz para que pueda amar la vida!
¡Señor conde...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡A vos... que le habéis sacrificado... cómo á mí!
¡Oh! ¡No! Hemos hablado... Vos no sabéis... Esa culpa de que vuestro hijo me acusaba... Yo me he sincerado de ella. Aquí mismo, aquí..., hace pocos instantes... ¡Creedlo! Él se dió por satisfecho. Rompió la carta...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Dejadme, dejadme morir de dolor!
Federico me ama: os lo puedo jurar; me ama mas que nunca... ¡Él volverá!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Hé aquí vuestro fatal imperio sobre un infeliz cuyo corazón se rinde indefenso á vuestros encantos, á vuestros caprichos... ¡Ah! ¡No lo estraño, que harto me es conocido ese poder que le avasalla! Pero si tan fácil os ha sido el recobrarle, ¿por qué no habéis detenido á mi hijo? ¿Por qué no le habéis forzado á esperarme? — ¡Él viviría! (Mirando en derredor con desesperación.) ¡Oh! Y no saber siquiera... ¡Miradme! ¡Gózaos en mi llanto! ¿Estáis contenta de vuestra obra? El padre y el hijo son víctimas de vuestra perfidia. Quizá no existe ya esa pobre criatura...; y yo ¡pronto le seguiré al sepulcro! Pero el cielo es justo, Elisa. Sobre esa frente están escritos nuestros infortunios. ¡Sobre ella caerán la sangre del hijo y la maldición del padre!
(Arrodillada.) ¡Ah! ¡Perdón... perdón...! Él vivirá... Anhela ver cumplidas sus esperanzas de ventura..., que yo no he destruido... Perdonad. Era deber mío el detenerle...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Oh! ¡Mas que él os amase; mas que os diera su mano...
¡Qué oigo!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
¡Que viva! ¡Que vuelva á mis brazos... Lo demás..., ¿qué importa?
Escuchad... ¡Él es! Siento pasos...
¡Mi hijo... (Florestan abre la puerta, y aparece solo.) ¡No! ¡No!
¿Y Federico...? ¿Qué es de él...
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Cayendo en una silla.) ¡Ha muerto! (Aparece Federico.)
(Con un grito de alegría.) ¡Ah!
ESCENA XII
(LOS MISMOS, FEDERICO, FLORESTÁN.)
(Precipitándose en los brazos de su padre, que está como exánime.) ¡Padre mio!
¡Ya estamos de vuelta!
¡Padre mió! Yo soy... ¡Volved en vos!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
(Mirándole con ansia.) ¡Oh! Habla..., habla... ¡Eres tú...! ¿No estás herido...? ¡Ah! ¡Hijo de mi alma!
(Le estrecha en sus brazos.)
Abrazadle; apretad... que bien lo merece. ¡Dios poderoso, qué brio, qué pertinacia! Se rompe una espa-
¡Á la pistola! ¡Pronto! — ¡Qué... Ni un leopardo... Yo qucria poner paz, porque, aunque no blasono de cobarde, tenia una especie de pavura... ¡Y cuando vi caer á ese pobre Mr. Alfredo...
(Con un grito ahogado.) ¡Cielos...
(A Florestan, desprendiéndose de los brazos de su padre.) ¡Silencio...! (Se acerca á Elisa.)
(A Mr. de Ramière.) Habiais de verle precipitarse sobre él... (Mr. de Ramiere le impone silencio, y observa con inquietud á Elisa y Federico.)
(Dando la mano á Federico.) ¡Federico...
(Tomándola con violencia, y hablándola á media voz.) Tranquilizaos, señora. Vivirá: lo espero... Pero le he arrancado la prenda del combate. Aquellas pruebas que os podian perder..., que esperabais ocultar para siempre bajo un velo sagrado..., ¡vedlas aqui! (La da un paquete de cartas.)
Estas cartas... (Turbada.) Yo...
(Muy conmovido, y mostrando la puerta de la derecha.) Yo estaba alli, señora.
¡Ah..t
Él..., venturoso amante, se alejaba por un marido; ¡y yo... yo... (Con un esfuerzo de valor pone las cartas en manos de Elisa.) ¡Tomad! ¡Estas... sí son vuestras, señora! — (Echándose nuevamente en los brazos de su padre.) ¡Partamos, padre mio! ¡Partamos!
MONSIEUR DE RAMIÈRE.
Partamos, sí... ¡Oh dicha! ¡He recobrado á mi hijo!
(Vanse, y al desaparecer mira Federico á Elisa por la última vez. Elisa se cubre la cara con las manos, y cae desolada sobre la poltrona.)
Haber sido mi cuarto teatro de una escena tan... Y Dios quiera que otra peor... (Suena un campanillazo.) ¡Cielos...! ¡Virginia! ¡Soy perdido! (Cae el telon.)