Parece, brilla y pasa la hermosura,
Cual flor que nace y muere en la mañana:
Sombra es el mando, sueño la ventura,
Humo y escoria la grandeza humana:
Las moles de arrogante arquitectura
Con que su nombre en ensalzar se afana,
Voraz el tiempo, que incesante vuela,
Con la huesa del pobre las nivela.
Ceden al peso de su férrea mano
Torres soberbias, cúpulas doradas:
Los monumentos del poder romano
Escombros son y ruinas mutiladas;
De Menfis y Palmira el Polvo vano
No cuenta ya sus glorias olvidadas,
Y de la antigua Grecia los prodigios
Apenas dejan débiles vestigios.
Piélago sin riberas ni reposo,
Hinchado de perennes tempestades,
Sigue su curso eterno, impetuoso,
Siempre tragando y vomitando edades.
Á su impulso cediendo poderoso
Húndense muros, templos y ciudades:
Leyes, altares, púrpura y diadema
Yacen sujetos á su ley suprema.
Así vimos un solio esclarecido
Que exaltación frenética derroca:
De regia sangre un cetro enrojecido
La osada mano de un guerrero toca:
¡Vedle reinando de laurel ceñido!...
¡Vedle morir en solitaria roca!...
Aun el destino impávido se espanta
De tanta dicha y desventura tanta.
Todo sucumbe á la eternal mudanza;
Por ley universal todo perece;
El genio solo á eternizarse alcanza,
Y, como el sol, eterno resplandece:
Al porvenir su pensamiento lanza,
Que con el polvo de los siglos crece,
Y en las alas del tiempo suspendido
Vuela sobre las simas del olvido.
La gloria de Maron el orbe llena;
Aun suspiramos con Petrarca amante;
Aun vive Milton, y su voz resuena
En su querube armado de diamante;
Rasgando nubes de los tiempos truena
El rudo verso del terrible Dante,
Y desde el Ponto hasta el confín ibero
El son retumba del clarín de Homero.
Aun conservan las musas por tesoro
La inspiración de Sófocles profundo;
Ornado de su trágico decoro
Vive Racine, admiración del mundo;
Aun nos arranca Shakespeare el lloro,
Aun nos cautiva Calderón fecundo;
Que la palabra que lanzó el poeta
Á la ley de morir no está sujeta.
Pontífice inmortal, su mano enciende
De la verdad la antorcha peregrina;
Él del olvido á la virtud defiende,
Al mundo ilustra y al poder domina:
Si á lo pasado su mirada tiende,
La noche de los tiempos ilumina,
Y de su siglo un noble monumento
Lega á otra edad su activo pensamiento.
¡Dichoso aquel que la celeste llama
Siente en su pecho, y delicioso aroma
De gloria aspira y de brillante fama!
Fúlgido sol, que en el oriente asoma,
Tesoros dando del calor que inflama
Al llano humilde, á la enriscada loma,
Del mundo por los ámbitos que llena
La palabra inmortal del vate suena.
De cuantos seres, de su ingenio hechura,
Divinizó la griega fantasía,
Y al nombre augusto de Deidad más pura
Desparecieron del Olimpo un día;
Tan sólo el culto inestinguible dura
Del numen excelsa poesía,
En cuyas aras el incienso humea
Por cuanto ciñe el mar y el sol otea.
Yo que en vano le invoco y le bendigo,
No espero que mis votos satisfaga:
No como á ti la musa, ilustre amigo,
Con su sonrisa al despertar me halaga;
Ansiosa, empero, tus pisadas sigo,
Y el eco de tu fama me embriaga....
¡Oh, si fuese partícipe mi lira
Del fogoso entusiasmo que me inspira!