Una gentil, brillante mariposa
Su habitación tenía
En la fresca corola de una rosa
Que al soplo de la brisa se mecía.
Cierta vez, del trabajo fatigada
Á la hora de la siesta,
Acercóse á la espléndida morada
Una abejita tímida y modesta.
—¡Ay! ¿no quieres, gallarda mariposa,
Que descanse un momento,
Dijo la abeja, en tu mansión hermosa,
Pues ya para volar me falta aliento?
Desde la aurora estoy fuera de casa
Miel buscando en las flores,
Y ya no puedo más, la sed me abrasa
Y me queman del sol los resplandores.
Ten compasión de mí, querida amiga;
Tú debes ser sensible,
Y no querrás que muera de fatiga,
Pues ves que caminar me es imposible.
—¡Yo tenerte á mi lado un solo instante!
Dijo la mariposa,
—¡Yo tan gentil, tan bella y arrogante,
Junto abeja tan negra y asquerosa?
No lo esperes, tan sólo tu contacto
Mis alas mancharía.
No quiero verte aquí, vete en el acto,
Que hablarte una vez más me afrentaría.
—Señora, por piedad, dame un asilo,
Duélete de mi llanto
Y el cielo guarde tu existir tranquilo
Y aumente de tus gracias el encanto.
Cuando el ardiente sol del mediodía
Modere sus reflejos,
Dejaré tu preciosa compañía
Regresando á mi hogar, que no está lejos.
—Ya me canso de oirte, vil mendiga;
Mi risueña morada
A tan sucios insectos nunca abriga,
Y á mi lado sufrirlos no me agrada.—
La pobre abeja, entonces, bajo un pino
La fresca tarde espera,
Y habiendo descansado, su camino
Prosiguió, atravesando la pradera.
Llegó la noche, y tempestad tremenda
Con ímpetu violento
Se desató terrífica y horrenda
Acompañada de arrasante viento.
Son víctimas de su ira furibunda
Las florecillas bellas;
Por donde quiera el agua las inunda
Y el terrible huracán se ceba en ellas.
En la empapada tierra pantanosa,
Deshojada yacía
La flor do la pintada mariposa
Su habitación magnífica tenía.
¡Ay! dijo la infeliz, ¿qué senda sigo?
Y de congoja llena,
Buscó para dormir seguro abrigo
Y á la puerta llamó de una colmena.
Las dueñas de la casa cortesmente,
Abren á la cuitada.
Y le ofrecen un sitio bien caliente
En su espaciosa y cómoda morada.
Entre ellas con rubor la mariposa
Reconoció á la abeja
Que en la mañana despreció orgullosa
Sin querer escuchar su triste queja.
Pasó la noche, y cuando el sol fulgente
Salió á lucir sus galas,
Volvióse á la campiña alegremente
Tendiendo al viento las purpúreas alas.
Y siempre que en el prado paseaba,
Á contar de aquel día,
Á cuantas compañeras encontraba
El caso memorable refería,
Diciéndoles en tono de sentencia:
“No le negueis jamás al desgraciado
Un favor con orgullo y desagrado;
Pues sé por experiencia
Que el servicio que altivos le negamos
Quizá más tarde á demandarle vamos.”