(Á Elodia Hernández.)
Amanece. Refleja el ancho río
Nubes doradas, juncos y palmeras,
Y va á perderse en el boscaje umbrío
Donde fingen unirse las riberas.
En busca de los peces, codiciosas,
A la orilla dirígense las garzas,
Espantando á las tiernas mariposas
Que dormitan aún entre las zarzas.
Rápida la gaviota el aire hiende,
Y el cisne alisa su ropaje blanco,
Bajo el florido múchite que prende
La torcida raíz sobre el barranco.
En la selva, el virsúchil aromoso
Liban ya los sedientos colibríes,
Y el cardenal despierta receloso,
Erizando sus plumas carmesíes.
La pálida laguna se abrillanta,
Y al beso de la onda placentera,
Se entreabre el nenúfar, mientras canta,
Oculta en el bambú, la primavera.
Rasga la aurora el vaporoso velo
Prendido entre los montes y las aguas,
Y Tlacotalpan surge, irguiendo al cielo
El trémulo penacho de sus yaguas.
¡Cuán bella es! La espléndida paleta
De natura en su hechizo se consume:
Cual la mujer amada del poeta,
Tiene el color, la línea y el perfume.
Y hay en su luz destellos sin iguales:
Porque esa luz, Elodia, es la que vimos
Sonreir en el huerto y los portales
De la casita blanca en que nacimos.
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¡Oh, mi tierra adorada! Al contemplarte,
Goza el alma y se eleva agradecida......
¡Quién conquistara un lauro que dejarte
Como una ofrenda, al terminar la vida!