En el umbral de una suntuosa casa
Un pobre anciano tembloroso está,
Absorto contemplando la moneda
Que el rico avaro con desdén le da.
Soberbio el potentado se encamina,
Con mirada insolente y paso audaz,
Á la morada donde altivo sube
Sus bastardas pasiones á saciar.
Y ni siquiera piensa el insensato
Que ese pobre que implora su piedad
Tiene afecciones que su pecho agitan
Y hambrientos hijos que le piden pan!
Cual arbusto nacido en tierra estéril
No puede ni crecer ni prosperar,
Del pobre así los haraposos hijos
Descarnados y exánimes están.
Vuelve el mendigo á la insegura choza
Donde le aguardan con doliente afán
Esos endebles, diminutos seres,
Objetos de su amor y su piedad.
Al umbral llega... y á sus hijos mira...
Y siente sus entrañas palpitar,
Y con despecho la moneda arroja
Que el avaro le dió por caridad!
Ávidos ellos del metal preciado,
Á recogerlo presurosos van;
Y en tanto aguarda el infeliz mendigo
Una caricia del amor filial.
Mas, ¡ay! es vano que anhelante espere
Que vengan su dolor á mitigar;
Que en esas almas que nacieron puras
El instinto del bien muriendo está!
El pobre anciano en su aflicción suprema
Al suelo inclina la angustiada faz,
Y con acento desgarrante exclama:
«¿Quién, de mis hijos compasión tendrá?...
» Mis ateridos miembros desfallecen...
» Ya no puedo, ¡mi Dios!... no puedo más!...»
El himno cesa del sagrado coro,
La plegaria del pobre al escuchar:
Despliega el ángel del amor sus alas,
Hiende las nubes con su vuelo audaz,
Y en nombre del Espíritu Divino
Viene el llanto del pobre á consolar!
Entonces inspirado canta el justo:
«Gloria al que gime demandando el pan!
» Sea maldito en el cielo y en la tierra
» El que ultraja del pobre la orfandad!»
Y se oye en los espacios melodiosa
La voz de ángel que diciendo va:
«Los que sois poderosos en el mundo,
» Los lamentos del pobre al escuchar,
» No olvidéis que el que gima á vuestras puertas
» Es vuestro hermano que os implora el pan!»