Modesta diosa del final del día,
Tarde consoladora, amiga grata,
Tiende el velo de plata
Por la llanura inmóvil y sombría,
Que ya el soberbio sol en su agonía
Hunde en el mar la frente de escarlata.
¡Qué murmullo tan suave
Se oye en el bosque y en el verde soto!
Aquí levanta el ave
La querellosa voz, allá remoto
Resuena por el valle entristecido
El lánguido balar de las ovejas,
Y el viento conmovido
Llora en las ramas sus dolientes quejas.
¡Ay! ¡cómo los sentidos adormece
Y llena el corazón de dulce encanto
Este vago rumor! Allí do crece
El silencioso pino
Suspende el ruiseñor lloroso canto,
Hasta que llega de la noche en tanto
La sombra misteriosa,
Y tiende el ala suave y sigilosa
Hacia el bosque vecino
Donde se pierden ruiseñor y trino.
Y allá distante, de la mar en calma
Escucho el tenue murmurar; las olas
Cuando se arrastran en la parda arena
Exhalan un suspiro lastimero
Como lo exhala el alma
Que está abatida por doliente pena,
Ó cual de un arpa que en la noche suena
Acento gemidor y plañidero.
Yo amo el tranquilo son de la floresta,
Y en apartada selva
La voz de la calandria quejumbrosa,
El blando susurrar de palma enhiesta
Que finge melancólica plegaria,
Y el arrullo que tórtola medrosa
Entona enamorada y solitaria.
¡Cuántas veces tus célicos rumores
Buscó el amante Young en sus querellas!
Y de tus tibias flores
El perfume aspiró; de tus estrellas
Amó la luz benigna y azulada;
El ebúrneo laúd pulsó á tu sombra
Que un eco eterno de dolos encierra,
Y el gemido de su alma desgarrada
Por largos años asombró á la tierra.
¡Cuántas veces tu lumbre macilenta
Á más de un triste corazón consuela,
Tarde doliente, de la noche hermana!
Porque tu brisa, que amorosa vuela,
La densa bruma del pesar ahuyenta,
Como ahuyenta á la sombra la mañana;
Y la nube liviana,
Y el agua que serpea,
Y tu dormido rayo que flamea
En monte y en collado,
Alivian el espíritu cansado,
Y todo, ¡oh tarde! al corazón recrea.